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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 75

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  4. Capítulo 75 - 75 Capítulo 75 — En la frontera de los dioses
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75: Capítulo 75 — En la frontera de los dioses 75: Capítulo 75 — En la frontera de los dioses La Legión XIII marchó durante dos jornadas más.

Ya no quedaba rastro de aldeas galas ni caminos romanos.

Solo campos abiertos, bosques densos y el rumor cada vez más fuerte de un enemigo que aún no se veía, pero que se sentía en los huesos.

Las órdenes eran claras: mantener el paso, vigilar los flancos, no romper formación.

Pero aun así, algo era distinto.

Nadie hablaba más de la guerra como una posibilidad.

La guerra ya estaba allí, respirando al otro lado del bosque.

Cuando el estandarte del águila se detuvo al fin, el campamento fue erigido con más rapidez de la habitual.

Las estacas se clavaron con rabia.

Las zanjas se cavaron sin necesidad de órdenes repetidas.

Era como si cada legionario quisiera sentirse útil, fuerte… o simplemente distraído.

A mediodía, corrió el rumor: César se reuniría en persona con Ariovisto.

—¿Él solo?

—preguntó Atticus, mientras ajustaba su gladius.

—Irá con escolta —dijo Sextus—.

Pero sin tropas.

Es parte del acuerdo.

—¿Y quién demonios hace acuerdos con alguien que clava niños en postes?

—murmuró Titus.

Scaeva, que observaba en silencio la preparación del campo, habló sin girarse.

—César sabe lo que hace.

Titus soltó una risa seca.

—Sí.

También sabía lo que hacía cuando cruzó el Saona con cuatro legiones en fila india.

Casi nos parten por la mitad.

—Y aquí estamos —replicó Scaeva.

Un poco más allá, unos jóvenes soldados hablaban en voz baja, con ojos brillantes.

—¿Has oído lo que hizo César en Hispania?

Dicen que venció a tres ejércitos con la mitad de hombres.

—Dicen que nunca duerme dos noches en el mismo sitio.

Que tiene sueños donde Marte le habla.

—Dicen que si Ariovisto le toca un pelo, el cielo se abrirá.

Titus escuchó y se alejó, sacudiendo la cabeza.

—Fanáticos… —murmuró—.

Se creen que marcha con rayos en la túnica.

Sextus, que lo seguía, no respondió.

Pero sus ojos miraban al horizonte, donde el general se alejaba con su escolta de caballería, rumbo al punto de encuentro.

Un jinete cruzó el campamento al galope, llevando un mensaje al siguiente destacamento.

El polvo de sus cascos se mezcló con el aire denso de la tarde.

Todos sabían lo mismo sin que nadie lo dijera: César estaba negociando, sí.

Pero también estaba poniendo su cuello en la mesa.

—¿Crees que volverá?

—preguntó Atticus en voz baja.

Scaeva no dudó.

—Sí.

Volverá.

Y si no… —miró su gladius—, entonces haremos que el nombre de César arda en sus bosques durante generaciones

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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