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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 76

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  4. Capítulo 76 - 76 Capítulo 76 — La reunión del destino
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76: Capítulo 76 — La reunión del destino 76: Capítulo 76 — La reunión del destino A campo abierto, entre dos colinas bajas, se alzó una tienda improvisada de lona parda.

No había estandartes romanos ni banderas germánicas.

Solo una llanura, el susurro del viento y dos escoltas a caballo esperando en los márgenes.

César entró primero, rodeado de jóvenes jinetes galos, orgullosos de ser su escolta.

Ariovisto llegó poco después, montado en un enorme caballo oscuro, con un manto de piel sobre los hombros y los ojos de un hombre que no había nacido para obedecer a nadie.

Dentro de la tienda, no se ofrecieron saludos.

Solo una mirada larga.

Evaluadora.

Ninguno de los dos era hombre de fingimientos.

—Has cruzado el Rin con miles de hombres —empezó César—.

Te reconoció el Senado, es cierto, pero no para esto.

Ariovisto respondió con una voz ronca, grave, con un latín tosco pero claro.

—El Senado me reconoció porque yo gané lo que ellos no pudieron.

No fue un regalo.

Fue miedo.

César entrecerró los ojos.

—Y sin embargo, actúas como rey de tierras que no te pertenecen.

Tomas rehenes.

Cobras tributos.

Tus hombres saquean a los aliados de Roma.

—Mis hombres toman lo que ganan con la espada —replicó Ariovisto—.

¿O no hacéis vosotros lo mismo?

—Nosotros defendemos a nuestros aliados.

Respondemos a su llamada.

Roma no permite que ningún caudillo extranjero gobierne en Galia por la fuerza.

Ariovisto sonrió.

Fue una sonrisa sin alegría.

—¿Roma?

¿Tú hablas por Roma?

Estás aquí porque te conviene.

Porque quieres gloria.

Porque los galos te temen tanto como a mí.

César se mantuvo firme, su voz dura como el mármol.

—Estoy aquí porque tú has roto el equilibrio.

No dejaré que el Rin se convierta en una puerta abierta a cada tribu germana que quiera cruzar con espadas.

No con mis legiones tras de mí.

Ariovisto dio un paso adelante.

—Tus legiones morirán igual que cualquier otra si me provocas.

—Entonces prueba —dijo César—.

Pero no digas después que no te lo advertí.

Durante un instante, solo se oyeron los cascos inquietos de los caballos fuera.

Ninguno de los dos hombres bajó la mirada.

—No devolveré rehenes —sentenció Ariovisto—.

No cesaré mis tributos.

No abandonaré lo que gané.

—Entonces ya has decidido —dijo César, y giró sobre sus talones.

Salió sin esperar más palabras.

Detrás de él, los jinetes galos tensaron las riendas.

Al otro lado, Ariovisto salió también, con la expresión de un hombre que sabía que el viento cambiaría pronto.

La guerra ya no era cuestión de “si”, sino de “cuándo”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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