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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 77

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  4. Capítulo 77 - 77 Capítulo 77 — Palabras de hierro
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77: Capítulo 77 — Palabras de hierro 77: Capítulo 77 — Palabras de hierro El sol ya descendía cuando César regresó al campamento.

No dijo nada al llegar.

Solo desmontó, entregó las riendas de su caballo a un aide y caminó entre sus hombres como si midiera cada sombra, cada mirada.

Sextus lo vio pasar desde su formación.

Iba cubierto de polvo, pero su porte seguía erguido como una estatua viviente.

Titus tragó saliva.

Atticus apretó el puño sin saber por qué.

Scaeva no se movió.

Minutos después, el cuerno sonó.

Las legiones se formaron.

Desde la Primera hasta la Décima, desde la Séptima hasta la Trece.

Hombres endurecidos por el barro y la sangre, ahora callados, atentos.

Algunos creían que vendría un parte.

Otros, un discurso.

Ninguno imaginaba lo que dijo.

César se subió a una pequeña elevación, el viento moviéndole la túnica con la misma gravedad con la que se movían los estandartes.

—Legionarios —empezó—.

He hablado con Ariovisto.

Un murmullo recorrió las filas, pero su mano levantada impuso el silencio.

—Le ofrecí la paz.

Le recordé que fue el Senado quien le reconoció, no el destino.

Que sus derechos terminan donde comienza Roma.

Le pedí que devolviera a los rehenes, que cesara su dominio sobre los pueblos libres de la Galia.

César hizo una pausa.

Miró a cada uno como si hablara solo para él.

—Y lo ha rechazado todo.

Con desprecio.

Con amenazas.

Cree que somos débiles.

Cree que no cruzaremos ese bosque.

Cree que el miedo le dará la victoria.

Entonces alzó la voz.

No era un grito.

Era una espada.

—¡Pues que sepa que está equivocado!

¡No hay poder sobre esta tierra más constante que el acero romano!

¡No hay palabra más firme que la de un legionario en orden de marcha!

Los hombres empezaron a agitarse.

Algunos gritaron.

Otros golpearon con el puño el escudo.

—¡Luchamos por nuestros aliados, sí!

Pero también por Roma, por nuestros hogares, por cada paso que dimos hasta aquí.

Y luchamos por nosotros, por el honor de vestir esta coraza, por el fuego que llevamos dentro.

¡Y porque nadie nos dice hasta dónde llega nuestra frontera!

—¡Nadie!

—gritó un centurión desde el fondo.

César bajó el tono, pero no la intensidad.

—Mis legiones no retroceden.

Mis legiones no olvidan.

Y mis legiones, cuando marchan, cambian el curso del mundo.

Un rugido estalló entre las cohortes.

Cánticos, golpes, aclamaciones.

El nombre de César resonó como un tambor de guerra, como el preludio de algo que ya era inevitable.

En medio del clamor, Sextus respiró hondo.

Titus sonrió, por primera vez en días.

Atticus levantó su gladius al cielo.

Y Scaeva, con los ojos brillando bajo el casco, murmuró: —Ahora sí, que vengan los bárbaros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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