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Legio XIII: Memento mori - Capítulo 79

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  4. Capítulo 79 - 79 Capítulo 79 — Ecos de hierro
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79: Capítulo 79 — Ecos de hierro 79: Capítulo 79 — Ecos de hierro El bosque lo tragaba todo.

Luz, sonido, orientación.

Solo los que habían nacido para la guerra podían avanzar entre esos árboles sin perderse en ellos.

Sextus lo sabía.

Iba al frente, la mirada fija, el gladius aún enfundado, los sentidos tensos como cuerdas de arco.

Diez hombres marchaban con él.

Algunos curtidos en la Galia.

Otros, jóvenes que aún confundían el valor con el silencio.

A su izquierda, Atticus no dejaba de observar el dosel del bosque.

A su derecha, Titus caminaba con la lanza baja y los labios apretados.

—No hay pájaros —murmuró Atticus.

—Ni viento —respondió Sextus, sin detenerse.

A cientos de pasos, en otra línea de sombras, Wulfgar avanzaba con siete guerreros germánicos.

Llevaban lanzas largas, escudos endurecidos al fuego y el rostro pintado de guerra.

El silencio no los inquietaba.

Era su hogar.

Pero algo en Wulfgar no encajaba del todo.

Una inquietud extraña se agitaba bajo la piel.

No miedo.

No aún.

Solo… una señal.

Y entonces, como si la tierra respirara, los dos mundos chocaron.

No hubo aviso.

No hubo tiempo.

Un crujido de ramas.

Un grito en latín.

Otro en una lengua gutural.

Y luego, acero.

Sextus desenfundó y se lanzó hacia el primer enemigo.

Un tajo limpio, una rodilla girada, una puñalada bajo el brazo del escudo.

Preciso.

Letal.

Silencioso.

Atticus bloqueó una lanza y hundió la suya en un vientre abierto.

Titus embistió con todo el cuerpo, tirando al suelo a uno de los germanos y aplastándole el cráneo contra una raíz con su escudo.

Wulfgar vio morir a uno de sus hombres con el cuello partido.

Respondió con un rugido, arremetiendo con su lanza contra un legionario que no alcanzó a levantar su escudo.

El impacto lo lanzó contra un árbol.

Sangre y corteza volaron juntos.

Y entonces lo vio.

Sextus.

Moviéndose con una calma terrible, como si el caos a su alrededor no le rozara.

Luchaba como si su cuerpo no pesara.

Como si cada golpe del gladius obedeciera a una lógica más antigua que el miedo.

Wulfgar alzó su lanza, pero no la lanzó.

Durante un segundo eterno, lo observó.

Y por primera vez en su vida, dudó.

Dudó de la victoria.

De los espíritus de sus antepasados.

De las historias que lo habían criado para creer que los germanos eran invencibles y que Roma solo era arrogancia con sandalias.

Dudó de sí mismo.

Ese hombre no era un enemigo cualquiera.

Era otra cosa.

El combate lo sacó de su trance.

Otro romano cargó contra él.

Wulfgar lo derribó de un solo tajo, pero ya no miraba a su alrededor como antes.

Sextus había desaparecido entre las sombras.

El suelo estaba lleno de sangre, gritos y cuerpos que ya no volverían a levantarse.

Wulfgar inspiró con fuerza.

—¡Atrás!

—gritó entonces—.

¡Todos atrás!

¡Retirada!

Sus hombres se detuvieron.

Titubearon.

Un germano no se retira.

Pero Wulfgar ya retrocedía, cubriendo a un compañero herido con su escudo.

No por cobardía.

No por miedo.

Sino por algo más profundo.

Algo que no sabía si era respeto… o el presentimiento de que, al otro lado del bosque, había nacido una leyenda.

Y así se fueron.

Dejando atrás la muerte… y la duda.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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