Legio XIII: Memento mori - Capítulo 80
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80: Capítulo 80 — El informe 80: Capítulo 80 — El informe El campamento de la Legión XIII se hallaba en calma tensa.
Se esperaba combate en cualquier momento.
Por eso, cuando los centinelas vieron a una patrulla regresar desde el bosque, con sangre en la ropa y la mirada hundida, la noticia corrió como el fuego.
Sextus entró primero, con Atticus a su lado.
Titus caminaba detrás, herido en el brazo, pero sonriendo como si acabara de ganar una apuesta.
Scaeva los esperaba junto a la empalizada.
No preguntó.
Solo miró.
—Cuatro de los nuestros muertos —dijo Sextus, sin rodeos—.
También cayeron germanos.
Al menos la mitad de su patrulla.
Al final…
se retiraron.
Scaeva parpadeó.
No por la sorpresa, sino por la confirmación de algo que él ya sospechaba.
—¿Se retiraron?
—Su líder… alto, joven, muy bueno con la lanza.
Dio la orden él mismo.
Me miró justo antes.
Como si hubiese visto algo.
Scaeva asintió lentamente.
Luego hizo lo que debía.
Caminó hasta el centro del campamento y se dirigió a su superior, un tribuno que leía junto al fuego.
—Informe urgente.
La patrulla enviada esta mañana entró en contacto con los germanos.
Se enfrentaron.
Bajas en ambos lados.
La patrulla romana resistió.
Los germanos se retiraron.
El tribuno levantó una ceja.
Abandonó el pergamino, tomó una tablilla, y escribió.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Yo mismo lo vi en los ojos de Sextus.
Y no tiembla al hablar de ello.
La tablilla cambió de manos.
Fue llevada por un mensajero de confianza al estado mayor.
César, en ese momento, estaba de pie ante el mapa, marcando posiciones con Labieno.
Cuando el mensaje llegó, lo leyó en silencio.
“Patrulla de la XIII.
Contacto con fuerzas de avanzada enemigas.
Resisten.
Los germanos se retiran.” Durante un instante, nadie dijo nada.
César alzó la vista.
—¿Los germanos huyeron?
—preguntó en voz baja, como si quisiera oírlo en el aire.
—Eso parece —dijo Labieno, sorprendido—.
¿Y la patrulla?
—De la XIII —murmuró César—.
De la XIII… No sonrió.
No levantó los brazos.
Solo se quedó quieto, el rostro impasible.
Pero dentro, algo ardía.
Orgullo.
Fuego.
Certeza.
—Que se corra la voz, pero sin alardes —ordenó—.
Quiero que los nuestros lo sepan.
Y que los suyos lo intuyan.
El bosque ya les ha mostrado a quién se enfrentan.
Y mientras el rumor comenzaba a extenderse entre los legionarios como una ola silenciosa, Sextus, de nuevo junto a su gladius afilado, apenas susurró: —Y esto no ha hecho más que empezar.
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