Legio XIII: Memento mori - Capítulo 95
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- Capítulo 95 - 95 Capítulo 95 – Hasta la última fila
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95: Capítulo 95 – Hasta la última fila 95: Capítulo 95 – Hasta la última fila El silencio nunca llega en mitad de una batalla.
Pero hay momentos que se le parecen.
Durante unos segundos, la intensidad bajó.
Los germanos retrocedieron unos pasos, y los romanos respiraron como si se arrancaran una piedra del pecho.
Algunos creyeron que era el fin.
Que aquella última embestida había sido todo.
Que el enemigo por fin comprendía que Roma no iba a ceder.
Se equivocaban.
Un cuerno gutural, largo, desgarrado, sonó desde el bosque.
Y con él, como si surgieran de la tierra misma, apareció una nueva oleada de guerreros.
Muchos iban desnudos de cintura para arriba, cubiertos de pinturas de guerra, con los ojos fuera de sí.
Otros golpeaban sus escudos con las hachas.
Venían gritando, no como soldados, sino como manada.
Como desesperados.
—¿Cuántos más quedan?
—murmuró Titus, con el aliento cortado.
—Todos —respondió Atticus—.
O al menos los suficientes para matarnos.
Scaeva rugió órdenes, pero su voz se perdía entre los bramidos enemigos.
La línea ya no estaba perfecta.
Había huecos.
Había sangre.
Había miedo.
Y sin embargo, nadie retrocedió.
Sextus se colocó en posición, aunque apenas sentía los dedos.
Tenía cortes por todo el cuerpo.
Cada respiración era fuego.
Pero alzó el escudo.
No por gloria.
Ni por César.
Ni siquiera por Roma.
Sino por el que tenía al lado.
El impacto fue brutal.
La formación tembló como una torre de madera bajo el hacha.
Varios romanos cayeron.
Los huecos se llenaron a gritos, con cuerpos frescos o medio muertos.
No quedaba nadie en reserva.
Estaban todos.
Hasta los auxiliares.
Hasta los porteadores.
Sextus vio a un muchacho de apenas dieciséis años, un nuevo recluta, caer con el cuello abierto.
Otro trató de cubrirlo y fue arrastrado por dos germanos.
El barro ya no era barro: era sangre, ceniza y carne.
Pero aun así, el muro resistía.
No porque fuera de piedra.
Sino porque no sabía romperse.
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