Legio XIII: Memento mori - Capítulo 97
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97: Capítulo 97 – El nombre del enemigo 97: Capítulo 97 – El nombre del enemigo Wulfgar avanzaba entre los cuerpos como un lobo entre ramas quebradas.
El barro le cubría hasta las rodillas, y la sangre —romana y germana— le resbalaba por el pecho desnudo.
Su aliento era fuego.
Su brazo derecho, entumecido de tanto alzar el hacha.
Y sin embargo, no se detenía.
Esta era su hora.No había vuelta atrás.
Cada paso que daba era un paso más lejos del muchacho que había sido.
Cada enemigo que caía, un golpe más hacia el derecho que aún no le habían concedido: el tatuaje del cuello, el que marcaba a los verdaderos guerreros, a los que los dioses no olvidaban.
No lo había ganado aún.
Pero iba a ganarlo ahora.
Los romanos resistían como muros vivos.
Se encajaban unos contra otros como piedra tallada.
Eran fríos, silenciosos, disciplinados.
Los odiaba.
Pero en su odio, había respeto.
Lo que más odiaba de ellos era que no huían.
Y entonces, lo vio.
A él.
El mismo que había encontrado semanas atrás, en el bosque, liderando una patrulla.
El mismo que había combatido como si naciera para la guerra.
El que, con un solo gesto, había hecho que su grupo retrocediera entre la niebla.
Ahora luchaba en el centro.
Su armadura estaba rota, su rostro sucio, los brazos cubiertos de sangre.
Pero su mirada era la misma.
Serena.
Precisa.
Peligrosa.
Wulfgar se detuvo un instante.
El mundo giraba a su alrededor, pero él no lo oía.
No lo sentía.
Solo existía ese romano.
Su enemigo.
Su pulso se aceleró.
No por miedo —se decía a sí mismo—, sino por la furia que quemaba en su pecho.
Y sin embargo, una voz, la del anciano del clan, volvía a su mente: “El verdadero guerrero no busca venganza.
Busca victoria.
La venganza es del corazón.
La victoria es de los dioses.” Wulfgar apretó los dientes.
¿Y si fracasaba?
¿Y si moría allí, ante él, sin haber sido aún marcado, sin honor, sin nombre en la historia de los suyos?
No.
No podía.
Tenía que matarlo.Tenía que hacerlo delante de todos.Tenía que hacerlo con las manos.Sin truco.
Sin ayuda.
Sin cobardía.
Se abrió paso entre sus propios hombres, esquivando cuerpos, esquivando lanzas.
Avanzaba como guiado por algo más antiguo que el odio.
Más profundo que el orgullo.
No conocía su nombre.Pero no lo necesitaba.
Lo encontraría.
Lo enfrentaría.
Lo mataría.
Y entonces, los dioses le verían.
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