Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 100
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- Capítulo 100 - 100 Capítulo 99 — Fuego en tiempos de calma
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100: Capítulo 99 — Fuego en tiempos de calma 100: Capítulo 99 — Fuego en tiempos de calma Francia — Enero de 1942 Los motores rugían bajo el cielo nublado del campo de instrucción de Mérignac.
No era un campo de batalla, pero la tensión flotaba en el aire como si lo fuera.
El barro salpicaba las orugas mientras los cinco tanques del pelotón de Falk maniobraban sobre el terreno preparado para simulacros de combate.
—Panther, flanco derecho, formación en cuña —ordenó Falk por radio.
Los tanques respondieron.
Primero el de Metzger, meticuloso y preciso, ejecutó la maniobra sin errores.
Detrás, el Panther de Brunner se colocó en posición con un leve retraso, apenas medio segundo, pero suficiente para que Helmut lo notara desde el Tiger.
—Tiene entusiasmo, pero le falta pulso —murmuró.
—Lo que le falta es tiempo —replicó Falk—.
Lo que no nos sobra.
Los Panzer IV siguieron.
Klein se movía como si aún estuviera en Polonia: recto, firme, sin perder ni un metro.
Wegener, en cambio, parecía más contenido, casi silencioso incluso a través de la radio.
Su tanque era el menos llamativo, pero también el más constante.
La primera fase del ejercicio terminó con una simulación de ataque frontal.
Los objetivos eran estacas de madera pintadas de rojo, que representaban posiciones antitanque enemigas.
—Fuego controlado.
Alternancia de disparo —ordenó Falk.
El cañón del Panther de Metzger rugió primero.
Impacto limpio.
Luego el de Klein, con igual precisión.
Brunner disparó… pero su proyectil cayó bajo, golpeando tierra a cinco metros del objetivo.
—Rectifica.
Respira antes de apretar —dijo Falk por radio, sin dureza.
—Sí, señor.
Una pausa.
Luego un segundo disparo.
Esta vez dio en el blanco.
No perfecto, pero eficaz.
Más tarde, ya en la zona de descanso, los jefes de carro se reunieron junto al Tiger.
Algunos técnicos revisaban niveles de aceite, otros desmontaban los protectores del visor óptico del Panther de Brunner.
—¿Así enseña el frente?
—preguntó Klein, cruzado de brazos, mirando a Brunner—.
¿Con dibujos y firmas?
El comentario cayó como plomo.
Brunner bajó la vista.
—Eso está fuera de lugar —dijo Ernst, seco.
—Lo que está fuera de lugar es jugar a ser soldado entre hombres que ya saben lo que cuesta serlo.
Falk apareció en ese momento.
No dijo nada.
Solo se colocó entre ambos y encendió un cigarro.
Observó los tanques en silencio durante varios segundos.
El viento agitaba la lona colgada del hangar.
—Klein, ¿cuántas veces te falló el cargador en Rusia?
—Dos, señor.
—¿Y Brunner, cuántas veces ha tenido que cubrir una retirada con su tripulación?
—Ninguna, señor.
—Entonces estamos en paz.
Aquí nadie es mejor que nadie.
No hasta que los veamos sangrar juntos.
O morir juntos.
Klein agachó la cabeza, tenso.
Brunner respiró por la nariz, contenida la rabia, o quizá la vergüenza.
Falk dio una calada lenta.
—Aprended a convivir.
Porque el enemigo no va a darnos el lujo de elegir compañeros.
Se alejó sin añadir más.
Helmut le alcanzó a medio camino.
—¿Demasiado blando?
—No.
A veces lo que necesitan no es gritarles… es recordarles dónde están.
Esa noche, en los barracones, Brunner volvió a dibujar.
Esta vez no era un tanque en marcha, sino cinco: alineados, cubriéndose unos a otros, envueltos en fuego.
Y en la torreta central, la silueta de un hombre de pie.
Quieto.
Sin necesidad de hablar.
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