Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 101
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101: Capítulo 100 — El mapa del destino 101: Capítulo 100 — El mapa del destino Cuartel General del Führer — Rastenburg, Prusia Oriental15 de enero de 1942 El frío se colaba incluso dentro del búnker subterráneo, donde el calor de los generadores y la tensión de la conversación mantenían el ambiente denso.
Una gran mesa de roble ocupaba el centro de la sala, cubierta de mapas y carpetas marcadas con sellos rojos.
Heinz Guderian, de pie, hablaba sin rodeos.
—El VI Ejército está libre.
El frente está estabilizado.
Tenemos a los Tiger II desplegados, y nuestras divisiones más experimentadas están reagrupadas en el sector central.
Es el momento.
Si queremos aplastar a la Unión Soviética, tenemos que tomar Moscú ahora.
A su lado, Erich von Manstein asintió con gravedad.
—Si aplastamos la capital, Stalin pierde su centro logístico, político y moral.
Sus ejércitos podrían fragmentarse.
Es el único golpe que realmente pondría a la URSS contra las cuerdas.
Hitler, sentado con la mirada fija en el mapa, no levantó la vista.
—¿Y qué dejáis atrás?
¿Un bulto rojo en el sur que amenaza nuestro flanco derecho?
¿Un saliente armado hasta los dientes que puede desangrarnos si lanzan una ofensiva por ahí?
Guderian respiró hondo.
—Kursk es un bulto, no una cabeza.
Se puede contener, se puede aislar.
Moscú, en cambio, es la garganta del oso.
Si la apretamos, todo se viene abajo.
Hitler se giró lentamente hacia ellos.
Su mirada era dura, casi impenetrable.
—Kursk es la oportunidad perfecta para demostrar lo que somos.
Es terreno elevado, una concentración de fuerzas enemigas, perfecta para ser aplastada por nuestra nueva maquinaria.
Quiero una victoria ejemplar.
Una victoria que se vea desde Washington y Tokio.
—¿Una victoria de propaganda?
—preguntó Manstein, sin ocultar su tono ácido.
—Una victoria de superioridad —respondió Hitler—.
Superioridad racial, técnica, moral y militar.
Kursk será la mayor batalla de tanques de la historia.
Y la ganaremos.
Quiero que Falk Ritter y sus Tiger estén al frente.
Guderian apretó los puños.
—Mein Führer, con todo el respeto… si fallamos en Kursk, no habrá segunda oportunidad.
Y no necesitamos demostrar que somos los mejores.
Solo ganar la guerra.
Hitler se levantó de golpe.
—¡Y la ganaremos en Kursk!
¡Con fuego, acero y decisión!
¡Ya basta de tácticas grises y lentas!
La victoria debe ser visible.
Aplastante.
Incuestionable.
Silencio.
Guderian sabía que no había marcha atrás.
No en ese momento.
No en esa sala.
—Entonces —dijo—, que así sea.
Pero al menos dennos los medios.
Déjenos planificarla como debe ser.
Sin improvisaciones.
Hitler se calmó un poco.
Volvió a sentarse.
—Tendréis lo que pidáis.
Speer ya está acelerando la producción.
Goebbels hará su parte.
Y vosotros…
traedme la victoria.
O no volváis.
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