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Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 103

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  4. Capítulo 103 - 103 Capítulo 102 — La ruta marcada
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103: Capítulo 102 — La ruta marcada 103: Capítulo 102 — La ruta marcada Francia — 24 de enero de 1942 El aire olía a gasoil, cuero y café amargo.

En la sala de mando del cuartel, una carpeta de cuero con sello rojo esperaba sobre la mesa.

Falk la miraba sin tocarla, como si ya supiera lo que contenía.

El mayor Albrecht fue al grano.

—Ritter, ya tienes destino.

Avanzáis hacia el Este.

Objetivo: Kursk.

Directiva directa del Alto Mando.

Guderian quiere una ofensiva de pinza y vosotros seréis el primer puño.

Falk no respondió de inmediato.

Tomó la carpeta, la abrió.

Mapas, itinerarios, objetivos tácticos, puntos de abastecimiento.

Todo al milímetro.

Todo igual que otras veces.

Demasiado perfecto.

—¿Comentarios?

—preguntó Albrecht.

—No sobre el plan —dijo Falk, cerrando la carpeta—.

Solo sobre el lugar.

—¿Kursk?

Falk asintió.

—No me gusta.

Tiene forma de trampa.

Y si lo veo yo, los rusos también lo verán.

—Confían en ti porque tú sabes salir de trampas —dijo Albrecht con media sonrisa.

—También sé cuándo una tiene más dientes que salidas.

El silencio se mantuvo unos segundos.

—Es una orden, Ritter.

—Lo sé.

Horas más tarde, en el hangar, el Tiger II brillaba con el sol bajo de la tarde.

La tripulación lo revisaba antes de la marcha.

Helmut ajustaba la radio, Konrad limpiaba el visor óptico, Lukas hablaba con los mecánicos.

Todo era rutina.

Todo era ritual.

Falk se subió al lateral del Tiger y silbó.

Todos miraron.

—Nos vamos.

—¿Dónde?

—preguntó Ernst, desde dentro.

—Kursk.

Un silencio denso.

—¿Es eso… lo que creo?

—dijo Helmut.

—Sí.

El saliente.

Quieren golpearlo como símbolo.

Un gran espectáculo de poder.

—¿Y tú qué piensas?

—preguntó Konrad, bajando la herramienta.

Falk tardó unos segundos en responder.

—Pienso que es una idea terrible.

Que vamos directos a una boca llena de dientes.Pero también pienso que si alguien puede atravesarla… somos nosotros.

No hubo vítores.

Ni sonrisas.

Solo miradas decididas.

Y una palabra de Helmut, casi un susurro: —Entonces, a romper dientes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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