Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 104
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104: Capítulo 103 — El acero desfila 104: Capítulo 103 — El acero desfila Berlín — 30 de enero de 1942Aniversario de la llegada de Hitler al poder Las calles estaban abarrotadas.
Desde la Puerta de Brandeburgo hasta la avenida Unter den Linden, miles de banderas rojas con esvásticas ondeaban al viento gélido.
Altavoces colgados de postes repetían la misma consigna con voz marcial: —¡En las filas del nacionalsocialismo, el camarada es el obrero!
¡El camarada es el patrón!
¡Todos son uno bajo el Reich!
Carteles gigantes colgaban de los edificios.
En uno, el rostro de Hitler, imponente.
En otro, Göring, con uniforme de la Luftwaffe y gesto orgulloso.
Y junto a ellos, uno nuevo: FALK RITTER, con casco negro, mandíbula tensa y la mirada fija en dirección al Este.
—¡El acero avanza bajo su mirada!
—rezaba el eslogan.
Las orquestas tocaban marchas militares mientras las unidades se alineaban con precisión absoluta.
A la cabeza, como una declaración al mundo, el Tiger II de Falk, con él mismo asomado por la escotilla en uniforme de gala.
A sus flancos, el resto del pelotón: Panthers y Panzer IV.
Detrás, columnas de la Leibstandarte, la Das Reich, la Totenkopf.
El orgullo del Reich.
Desde una tarima frente al Reichstag engalanado con antorchas, Rudolf Hess observaba con solemnidad.
A su lado estaban Goebbels, Himmler y un sonriente Göring, saludando a la multitud.
En el centro del estrado, imperturbable, Adolf Hitler, con los brazos cruzados y la mirada fija en sus tropas.
Hess alzó el brazo.
La música se detuvo.
—¡Pueblo alemán!
—tronó su voz amplificada—.
¡Hoy saludamos a quienes vencieron en Stalingrado!
¡Hoy vemos al nuevo ejército del Reich!
¡A los que marcharán sobre el Este con paso firme y corazón de hierro!
El pueblo respondió como un solo cuerpo: —¡Heil Hitler!
¡Sieg Heil!
¡Sieg Heil!
Falk mantenía la vista al frente.
No sonreía.
No saludaba.
Solo asintió, rígido, consciente de lo que representaba.
Sabía que no era un hombre: era un símbolo.
Una herramienta.
En su Panther, Brunner tenía los ojos brillantes.
Se esforzaba por mantener la compostura, sobrecogido por el momento.
Helmut, al observarlo desde el Tiger, negó con la cabeza, en silencio.
Konrad murmuró algo apenas audible sobre los peligros del exceso de fe.
Tras el paso de los blindados, mujeres lanzaban flores.
Niños agitaban banderas.
Algunos llevaban brazaletes con el nombre “Falk” bordado.
En Berlín, ya no era un comandante.
Era una leyenda.
Esa noche, de vuelta en el cuartel temporal, Falk se quitó los guantes con movimientos lentos.
Se sentó, sin hablar.
—¿Cómo te sientes?
—preguntó Helmut.
Falk tardó en responder.
—Como un estandarte.
Uno que ondea… hasta que se quema.
Y salió de la sala, sin mirar atrás.
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