Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 111
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- Capítulo 111 - 111 Capítulo 109 — El cielo ruge primero
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111: Capítulo 109 — El cielo ruge primero 111: Capítulo 109 — El cielo ruge primero Aproximación a Kursk — 10 de febrero de 1942 El cielo no esperó a los cañones.
Cuando el pelotón de Falk alcanzó la última línea de árboles antes de la zona de fuego, el suelo temblaba no por los motores, sino por el rugido sobre sus cabezas.
La Luftwaffe llegaba como un puño cerrado.
Primero vinieron los cazas, veloces, puntiagudos, rompiendo el aire como cuchillas.
Luego, más altos y más pesados, los bombarderos en formación, docenas de ellos.
Dornier.
Heinkel.
Junkers.
Sus siluetas oscurecían el sol invernal.
—Mira eso… —susurró Helmut, asomado desde el Panther—.
Parece 1940 otra vez.
Falk levantó la mirada desde la escotilla del Tiger.
Brunner hizo lo mismo desde su Panzer IV.
—Es la última vez que vamos a verlos volar tranquilos —dijo Falk.
Entonces empezaron los estallidos.
Desde el otro lado del horizonte, los soviéticos abrieron fuego con baterías antiaéreas.
Puntos negros se alzaron como puños de humo.
Las explosiones rodeaban a los bombarderos en pleno descenso.
—Dios mío… —dijo Lukas—.
Están volando directo al infierno.
Uno de los Dornier fue alcanzado.
Giró en espiral antes de estrellarse más allá del bosque, envuelto en llamas.
Otro se mantuvo en el aire pese a los agujeros en sus alas.
Un Heinkel soltó su carga justo antes de que una columna de fuego lo devorase.
—¡Ahí caen las bombas!
—gritó Ernst.
El suelo lejano se levantó en lenguas de tierra y humo.
Las defensas soviéticas ardían, pero no desaparecían.
Por cada búnker alcanzado, parecía emerger otro.
El polvo lo cubría todo.
Los aviones que sobrevivieron dieron la vuelta.
Algunos volvían humeantes, otros con escotillas abiertas, con impactos en el fuselaje.
Pero volvían.
Los soldados en tierra los miraban con una mezcla de admiración y amargura.
—No ha sido suficiente —murmuró Brunner—.
Siguen ahí.
Se están moviendo… Desde la posición elevada del Tiger, Falk alzó los prismáticos.
En el horizonte, entre el polvo y las ruinas, los soviéticos seguían ahí: reorganizándose, reforzando, esperando.
—Han sangrado, pero siguen ahí.
Como nosotros.
Guardó los prismáticos, cerró la escotilla.
El rugido del cielo ya se alejaba.
Pronto llegaría el rugido del acero.
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