Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 87
- Inicio
- Todas las novelas
- Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV
- Capítulo 87 - 87 Capítulo 86 Acero y huesos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
87: Capítulo 86: Acero y huesos 87: Capítulo 86: Acero y huesos Brecha occidental — Sector 9K29 de enero de 1943, 18:48 horas El último disparo del Tiger rompió el aire como un trueno de los dioses.
El proyectil impactó en la torreta del T-34 que lideraba la nueva oleada soviética, haciéndolo estallar en una columna de fuego que iluminó el barro teñido de sangre.
Falk no se movió.
Miraba al frente.
Sabía que no vendría otro disparo.
—Eso fue el último —dijo Konrad, en voz baja.
—No queda una sola bala —añadió Ernst, soltando su Kar98 vacío.
—Y el motor… —Lukas suspiró— …está seco.
Helmut arrancó la radio de su soporte.
Solo ruido blanco.
Falk bajó la mirada y la dejó allí unos segundos.
Luego levantó la voz.
Clara.
Firme.
—Todos fuera.
Con armas.
Hasta el final.
18:51 horas Salieron uno por uno.
Konrad con su MP-40 y dos cargadores medio vacíos.Helmut con otra MP-40 colgada del cuello, sangre seca en la manga.Ernst con su fusil sin munición y una bayoneta oxidada en la mano.Falk con su pistola, su daga, y los ojos de quien ha visto el final… y no se ha inclinado.
Lukas cerró la escotilla del Tiger tras ellos, como si pusiera fin a una era.
—Adelante —dijo, encendiendo un cigarro tembloroso—.
Ahora somos infantería.
18:53 horas Los soviéticos no se lo creyeron.
Desde el humo, cinco siluetas avanzaban a pie, armadas, cubiertas de barro y hollín, caminando entre cadáveres como si hubieran nacido en ese infierno.
Los rusos dudaron.
Dispararon.
Los alemanes respondieron con ráfagas cortas.
Precisas.
Falk arrojó una granada que explotó entre dos trincheras improvisadas.
Ernst embistió a bayoneta con un grito.
Konrad disparaba como un poseso.
Helmut lanzó su último cargador y luego blandió el arma vacía como una porra.
Lukas se agachaba, recogía una granada enemiga caída… y la devolvía.
Todo estaba perdido.
Y sin embargo, resistían.
18:57 horas Entonces, desde lo alto de la colina, ocurrió lo imposible.
Gritos.
Pero no rusos.
—¡A ellos!
¡A por ellos, joder!
Decenas de hombres bajaban como sombras: harapientos, sin cascos, con fusiles desvencijados, algunos descalzos, otros con vendas sucias como uniforme.
Cuchillos de cocina, palas de trinchera, hachas improvisadas.
Eran los cercados.
Hombres del VI Ejército que ya no esperaban ser salvados.
Solo querían morir matando.
Y lo hacían por lo que habían visto: por ese Tiger ardiendo de dignidad, por cinco hombres que no se rindieron, por la última chispa de honor en mitad del invierno.
Los soviéticos no pudieron resistir esa locura.Retrocedieron.
Cayeron.
Murieron.
19:05 horas La brecha estaba cubierta de cuerpos.
De humo.
De silencio.
Falk permanecía de pie junto a su Tiger inerte, con la pistola vacía en una mano y la otra manchada de sangre que no sabía si era suya.
Uno de los cercados, un hombre de rostro enjuto y mirada vacía, se acercó.
Temblando, con un fusil colgando del hombro, preguntó en voz baja: —¿Sois… vosotros… los de fuera?
Falk no entendió.
—¿Los de…?
—Los de la Leibstandarte —susurró el soldado, como quien nombra algo sagrado.
Falk lo miró a los ojos.
Asintió.
El cercado soltó el arma.
Casi cae de rodillas.
—Creímos que… que nadie vendría.
—No venimos —dijo Konrad, apoyándose en el lateral del Tiger—.
Nunca nos fuimos.
Ernst se sentó en el suelo, riendo y llorando a la vez.
Helmut se quitó el casco y lo dejó caer.
Lukas, cubierto de barro y pólvora, apoyó la frente contra el acero del Tiger.
Falk alzó la vista.
No quedaban balas.
Ni gasolina.
Ni esperanza.
Solo acero y huesos.
Pero por esa noche… la brecha resistió.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com