Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 90
- Inicio
- Todas las novelas
- Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV
- Capítulo 90 - 90 Capítulo 89 El eco en la guarida del lobo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
90: Capítulo 89: El eco en la guarida del lobo 90: Capítulo 89: El eco en la guarida del lobo Cuartel General del Führer — Rastenburg, Prusia Oriental31 de enero de 1943, 20:22 horas El gran salón de mapas estaba en silencio.
Solo el tictac del reloj de péndulo y el crujido ocasional del fuego mantenían un leve murmullo bajo los focos.
Adolf Hitler estaba de pie, las manos cruzadas tras la espalda, mirando un punto sin definir sobre el tablero del Este.
Frente a él, sentados en torno a una larga mesa, estaban sus hombres de confianza.
Keitel.
Jodl.
Himmler.
Goebbels.
Bormann.
Speer.
Y, de pie junto a un auxiliar, un joven oficial de transmisiones con un legajo de informes en la mano.
—¿Está usted seguro de todo lo que dice ahí?
—preguntó Himmler, con tono seco.
—Confirmado por radio, por el general Von Paulus en persona, y respaldado por informes de Dietrich y Manstein —respondió el oficial, sudando.
Goebbels le arrebató uno de los documentos.
Lo leía con creciente intensidad.
—Un solo Tiger —murmuró—.
Un Panther destruido, dos Panzer IV fuera de combate… y sin embargo resistieron tres oleadas soviéticas, más de una docena de blindados y compañías enteras de infantería.Cinco hombres.Y luego… sin combustible, sin munición, salieron y combatieron a pie.
¿Es esto real?
—Sí, señor Ministro —respondió el oficial—.
La 6.ª División de Infantería cercada rompió su pasividad y atacó al verles combatir.
Fue lo que mantuvo la brecha abierta.
Speer se pasó la mano por la barbilla.
—¿El nombre del comandante?
—Falk Ritter.
Panzerführer de la Leibstandarte SS Adolf Hitler.
Veterano desde Polonia.
Fue ascendido a mando de pelotón tras África.
Hay antecedentes… —¿Qué clase de antecedentes?
—interrumpió Bormann con suspicacia.
El oficial tragó saliva y sacó una hoja adicional.
—Ha protagonizado varios incidentes de indisciplina menor: enfrentamientos verbales con agentes de seguridad del SD, informes de cuestionamiento de órdenes en el frente, incluso… una amenaza directa con arma de servicio a personal médico por no atender a su conductor herido.
—¿Amenazó a los médicos?
—espetó Keitel, escandalizado.
—Sí, pero…
logró salvarle la vida.
El conductor sigue en activo.
Goebbels se recostó en su silla, los ojos brillando.
—¿Y tenemos imágenes?
¿Nombres de los miembros del pelotón?
¿Cartas?
¿Testimonios?
Esto…
esto es una mina.
—Todo en curso, señor Ministro.
Las unidades en el frente están recopilando el material.
Himmler cruzó los brazos con expresión sombría.
—Un hombre que desobedece, que desafía la autoridad…
¿y queréis elevarlo como símbolo?
Goebbels sonrió.
Una sonrisa depredadora.
—No.
No como símbolo.
Como mito.Un comandante de tanque que resiste solo.
Que pelea hasta el último aliento.
Que incluso cuando su blindado calla, él sigue disparando.Una máquina y un hombre.
Frente al bolchevismo.Falk Ritter y su tripulación contra las hordas rojas.
Hitler no se había movido.
Seguía mirando el mapa.
Luego, muy despacio, giró la cabeza.
—¿Aún están en el frente?
—No, mein Führer —respondió el oficial—.
Han sido retirados para descanso y reequipamiento.
Hitler bajó la mirada.
Permaneció en silencio unos segundos.Y entonces dijo, con voz clara, firme, sin mirar a nadie: —Llamadlos.
A todos.
Quiero verlos aquí.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com