Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 93
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- Capítulo 93 - 93 Capítulo 92 Los elegidos del acero
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93: Capítulo 92: Los elegidos del acero 93: Capítulo 92: Los elegidos del acero Cuartel General del Führer — Rastenburg, Guarida del Lobo2 de febrero de 1943, 09:18 horas El vehículo oficial se detuvo frente a la garita de acceso.
Los guardias, uniformes grises impolutos, se acercaron con expresión tensa.
Pero uno de ellos, al ver bajar a Falk y a su tripulación, murmuró casi sin darse cuenta: —Son ellos…
El otro guardia lo miró.
—¿Quién?
—Los del Tiger.
Los de Stalingrado.
Ambos se cuadraron al instante.
Uno de ellos, rompiendo el protocolo, incluso saludó con gesto más firme de lo habitual.
Falk devolvió el saludo con un leve movimiento de cabeza.
Esa fue la primera señal.
Habían cruzado una línea invisible.
Ya no eran solo soldados.
Ahora eran los elegidos.
09:27 horas — Entrada del búnker principal Goebbels los esperaba con una sonrisa impecable, traje oscuro, guantes blancos.
A su lado, Guderian, más sobrio, les hizo un gesto de respeto.
En el fondo del pasillo, rodeado de oficiales, estaba Adolf Hitler.
El Führer no se movió hasta que Falk estuvo a escasos pasos.
Entonces, sin saludar formalmente, solo dijo: —Bienvenidos.
Vengan conmigo.
No hubo discursos.
Ni trompetas.
Solo pasos sobre suelo de cemento y un silencio pesado como el acero.
09:31 horas — Sala privada de reuniones Solo estaban ellos siete: Falk, Konrad, Ernst, Helmut, Lukas… frente a Hitler, Goebbels y Guderian.
Hitler los observó durante unos segundos que parecieron eternos.
Luego habló.
—He leído sus informes.
He escuchado las grabaciones.
He visto los mapas.
Se detuvo.
Miró directamente a Falk.
—Si la mitad de mis hombres tuvieran el valor que ustedes mostraron en el sector 9K… esta guerra ya estaría ganada.
Nadie se atrevió a responder.
Goebbels sonreía como un zorro.
Guderian, serio, no apartaba la vista de Falk.
—No solo salvaron un ejército.
Salvaron la narrativa.Y eso, Ritter… en estos tiempos, es casi más valioso que una victoria táctica.
Hitler se giró hacia una mesa.
Sobre ella, una caja negra y cinco documentos.
—Estos son sus ascensos y condecoraciones.Pero eso es papel.
Lo que ustedes han ganado no lo dan los sellos ni las medallas.
Se acercó a Falk.
Le tendió la mano.
—Gracias.
Falk estrechó su mano sin temblar.
Y por un instante, el rugido del Tiger pareció oírse otra vez, resonando en los pasillos de hormigón de la Guarida del Lobo.
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