Leibstandarte: Moscú a vida o muerte Libro IV - Capítulo 95
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- Capítulo 95 - 95 Capítulo 94 Tormenta en el Pacífico Tokio
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95: Capítulo 94: Tormenta en el Pacífico Tokio 95: Capítulo 94: Tormenta en el Pacífico Tokio — 8 de diciembre de 1941 — 08:00 horas (hora local) Transmisión especial de Radio Tokio —¡La flota imperial japonesa ha lanzado un ataque preventivo contra las bases estadounidenses en el Pacífico!
Pearl Harbor está en llamas, docenas de barcos hundidos, cientos de aviones destruidos.
¡La victoria es total!
¡Japón se alza!
El mundo contuvo el aliento.
Lo que venía a continuación cambiaría la historia.
Berlín — 8 de diciembre — 01:12 horas En el Cuartel General del Führer, Adolf Hitler caminaba en círculos frente al mapa del mundo.
Los informes no dejaban lugar a dudas: los japoneses habían actuado sin previo aviso a sus aliados.
—¿Qué significa esto?
¿Por qué no fuimos informados?
—rugió, mientras golpeaba la mesa con un puño cerrado.
—Mein Führer, aseguran que fue una operación autónoma, en caso de ruptura diplomática total con EE.UU.
—explicó un oficial.
—¡Nos han arrastrado a una guerra total sin consultarnos!
—bramó Hitler, pero al cabo de unos segundos bajó la voz—.
Muy bien.
Entonces declararemos la guerra a los Estados Unidos.
Veremos si pueden luchar en dos frentes…
y contra dos mundos.
Goebbels, en silencio, ya pensaba en cómo convertir la ira en epopeya.
Roma — 01:45 horas Mussolini recibió la noticia medio dormido.
Su secretario leyó los primeros teletipos.
—Pearl Harbor ha sido bombardeado.
Los yanquis se dirigen al Congreso.
Están furiosos.
—¿Y los japoneses no nos avisaron?
—musitó Il Duce, frotándose la frente—.
Idioti giapponesi… Se sirvió una copa de Chianti y suspiró: —Habrá que responder.
Italia no puede quedarse atrás.
¡Declararemos la guerra a América!
Madrid — 02:03 horas Franco escuchó la noticia en su despacho del Pardo.
Junto a él, Serrano Suñer.
—¿Lo veis?
Esto no es solo Europa —dijo el Caudillo con voz grave—.
Esto ya es mundial.
—¿Y si nos piden tropas para el Pacífico?
—aventuró Suñer, nervioso.
Franco sonrió apenas: —Entonces hablaremos…
de compromisos.
Pero España no se moverá…
hasta que Berlín lo exija.
Y si lo exige, no diremos que no.
Washington D.C.
— 13:00 horas (hora local) El presidente Roosevelt, ante el Congreso: —”Ayer, 7 de diciembre de 1941 —una fecha que vivirá en la infamia— los Estados Unidos de América fueron atacados por el Imperio de Japón…” Los aplausos retumbaron como tambores de guerra.
EE.UU.
se unía al conflicto, con una determinación como nunca antes.
Londres — 18:00 horas Winston Churchill alzó su copa de whisky frente al fuego de su despacho en Downing Street.
—Por fin —susurró—.
Los americanos han despertado.
—¿Y ahora, señor?
—preguntó su secretario.
—Ahora, lucharemos codo con codo.
El mundo libre se acaba de ganar un nuevo ejército.
Que se preparen los fascistas.
Moscú — madrugada del 8 al 9 de diciembre Stalin se encontraba reunido con Zhúkov cuando llegó el informe.
—¿Los japoneses atacan a los americanos?
—preguntó con incredulidad.
—Sí, camarada Stalin.
Pearl Harbor ha sido devastado.
—Entonces…
los yanquis se unirán.
—Una pausa—.
Bien.
Que sangren todos.
Cuanto más se desgasten entre ellos… mejor para nosotros.
Zhukov no respondió.
Pero sus ojos eran dos cuchillas.
Tokio — Palacio Imperial El primer ministro Tojo celebraba con los mandos de la Armada: —¡Hemos destruido la moral estadounidense en un solo golpe!
—Y pronto Alemania e Italia se unirán —dijo otro general—.
El mundo se inclina.
Berlín — 9 de diciembre — Declaración del Eje Una transmisión conjunta sacudió al planeta: —”El Imperio Alemán, el Reino de Italia y el Japón Imperial declaran el estado de guerra con los Estados Unidos de América.”
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