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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Capítulo IX La codicia de las montañas
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10: Capítulo IX: La codicia de las montañas 10: Capítulo IX: La codicia de las montañas Año 0, Día 89 – Salón del Consejo, Véldamar El salón estaba frío, pese al fuego encendido en la chimenea.

Los consejeros llegaron uno a uno con semblantes tensos.

Sobre la mesa central, extendido como una herida abierta, estaba el informe de los exploradores: oro, hierro y plata en abundancia, ocultos en las sierras de Akaroth.

Kael permanecía de pie al inicio de la mesa, con la carta aún en sus manos.

No habló.

Dejó que fueran ellos quienes empezaran.

Hildar Murne, siempre el primero en romper silencios, golpeó la mesa con su mano ancha.

—Majestad, no hay que pensarlo dos veces.

¡Esa veta debe asegurarse de inmediato!

Si no enviamos hombres, Tharavos o incluso el Imperio pondrán su bandera allí antes de que podamos reaccionar.

Seris Talen entrelazó los dedos, con una calma casi insultante.

—¿Y con qué dinero, Hildar?

Apenas tenemos para pagar a las tropas que ya están en el Paso de Lira.

Si enviamos un destacamento, ¿qué comerán?

¿piedras de oro crudo?

—¡El ejército no se alimenta de excusas, señora Talen!

—gruñó Hildar—.

Si esperamos a tener bolsillos llenos, será demasiado tarde.

—Y si nos lanzamos a ciegas, Majestad, será la ruina —replicó Seris, con voz cortante—.

El oro de esa mina aún no es nuestro.

Ni un gramo.

¿Qué haremos si Tharavos lo reclama ante el Imperio?

¿Acaso tenemos la fuerza para resistir a dos gigantes?

Ilen Ostar, que había estado removiendo una taza de infusión como si estuviera en una taberna y no en un consejo, soltó un bufido.

—Bah, siempre la misma cantaleta de números.

¡El suelo no espera!

He visto minas perderse porque nadie se atrevió a meter la pala.

Propongo enviar colonos, familias enteras, no solo soldados.

Que planten estacas, construyan chozas y levanten un poblado antes de que los otros se enteren.

Una comunidad vale más que cien lanzas a la hora de reclamar tierras.

—Una comunidad que morirá de frío en pleno invierno —lo interrumpió Seris.

Padre Ebron carraspeó, inclinando la cabeza hacia Kael.

—Majestad, no olvidemos la dimensión espiritual.

Esa tierra aún no está bendecida ni por Veyra ni por las viejas tradiciones de Dravena.

Si mandamos gente a extraer riquezas sin consagrar el lugar, traeremos desgracias sobre todo el reino.

Naeryn, hasta entonces en silencio, dejó caer sus palabras como cuchillos.

—La mina no está vacía.

No lo está nunca.

Tharavos no la ha visto, pero tarde o temprano lo hará.

Y cuando lo hagan, el Imperio también lo sabrá.

Lo que os pregunto, Majestad, es: ¿preferís que la noticia llegue por nuestras manos… o por las de espías ajenos?

Kael la miró fijo.

—¿Qué proponéis?

—Silencio —contestó ella sin vacilar—.

Que ningún vasallo lo sepa aún.

Que solo Dravena controle la información.

Mientras tanto, enviad a un destacamento pequeño, discreto, para asegurar la zona.

Hildar resopló como un toro.

—¡Discreción!

Lo que necesitamos son mil hombres y un estandarte ondeando sobre la montaña, no ratas escondidas.

—Si desplegáis mil hombres, el Imperio sabrá antes de que terminéis de cavar la primera zanja —respondió Naeryn con frialdad.

El choque de miradas entre ambos casi incendiaba la sala.

Amelia, que había escuchado en silencio, alzó la voz con calma firme.

—Majestad, todos tienen razón en parte.

Pero no podemos perder de vista lo esencial: esa mina es un regalo envenenado.

Puede salvarnos de la miseria… o arrastrarnos a una guerra que no podemos ganar.

Kael, que hasta entonces había escuchado, dejó la carta sobre la mesa y se levantó despacio.

—Decidme, consejeros… ¿qué haríais cada uno si llevarais mi corona?

Hildar golpeó la mesa.

—¡Tropas, Majestad!

Tropas y fortificaciones.

La montaña se toma con acero.

Seris negó con la cabeza.

—Control fiscal.

Enviaré inspectores, fundaré un monopolio estatal y limitaré cualquier extracción hasta tener un cálculo claro de la rentabilidad.

Ilen se encogió de hombros.

—Yo mandaría colonos y agricultores.

Que se vea que es tierra habitada, no solo militarizada.

Naeryn entrecerró los ojos.

—Yo ocultaría la mina tanto como pudiera.

Que los imperiales y los tharavosianos crean que en esas montañas no hay más que viento y piedras.

Padre Ebron levantó las manos.

—Y yo enviaría sacerdotes, Majestad.

La tierra debe ser purificada.

Un reino sin fe en sus cimientos está condenado, por más oro que tenga.

El murmullo volvió a llenar la sala.

Kael permaneció callado, escuchando, mirando a cada uno como si intentara adivinar no solo sus palabras, sino los hilos que tiraban detrás.

Finalmente, habló.

—Todos queréis Dravena viva.

Pero cada uno la imagina de un modo distinto.

El oro no nos hará libres si no sabemos usarlo.

Y yo no pienso que este reino vuelva a ser botín de nadie.

Se dejó caer en su asiento.

La decisión aún no estaba tomada, pero el peso de la mina ya estaba sobre la mesa, y ninguno en esa sala dudaba de que el futuro de Dravena dependía de lo que hicieran en Akaroth.

La sesión se había extendido más de lo previsto.

El aire estaba cargado de humo de antorchas, y en la mesa aún reposaba el pergamino con la noticia de la veta de oro en las sierras de Akaroth.

Kael había escuchado pacientemente cada postura: Hildar reclamando acero, Seris contando monedas, Ilen soñando con aldeas, Naeryn pidiendo silencio, y el Padre Ebron suplicando rituales de fe.

El rey, joven aún pero con el rostro endurecido por las últimas semanas, se incorporó y apoyó ambas manos sobre la mesa.

Su mirada recorrió a todos, y cuando habló, lo hizo con tono firme, sin alzar demasiado la voz, pero con esa cadencia que obliga a escuchar.

—He considerado lo que habéis dicho.

Y mi decisión será la siguiente: seguiremos el consejo de Naeryn.

Enviaremos un destacamento pequeño, discreto, de hombres leales que sepan guardar silencio.

No quiero estandartes ondeando en las montañas ni proclamas que despierten sospechas.

Hildar frunció el ceño, dispuesto a interrumpir, pero Kael levantó la mano y continuó.

—No obstante, no será solo un puñado de espadas.

También enviaremos colonos, familias escogidas entre aquellos que deseen nuevas tierras.

Que levanten chozas, que planten huertos, que enciendan fuegos.

Si los de Tharavos llegan a mirar hacia esas sierras, encontrarán un poblado vivo, no un campamento militar.

Ilen sonrió, satisfecho.

—Sabia decisión, Majestad.

Nadie puede reclamar como suyo un suelo donde ya crecen raíces.

Kael asintió.

—Y si las cosas marchan bien, si los informes son ciertos y la tierra responde, enviaremos más hombres, soldados esta vez.

No para llamar la atención, sino para proteger a los nuestros.

El Padre Ebron inclinó la cabeza.

—Que entonces también viajen sacerdotes, Majestad.

La tierra debe ser bendecida antes de que sea excavada.

—Así será —respondió Kael con seriedad—.

Pero recordad todos lo que voy a decir: esto quedará entre nosotros.

Ni una palabra debe salir de esta sala.

Si el Imperio o Tharavos saben antes de tiempo lo que tenemos, estaremos muertos antes de empezar a cavar.

Los consejeros asintieron en silencio.

Incluso Hildar, aunque a regañadientes, aceptó la orden con un golpe seco de su puño sobre el pecho.

Kael se enderezó y recogió el pergamino con la mina descrita.

Lo guardó en un cofre cerrado con sello real.

Después se volvió hacia el mensajero que aguardaba en la puerta.

—Id a Puerto Estrella —ordenó—.

Decidle a Lady Alessa Morvend que su rey la requiere en Véldamar.

Quiero escuchar de su propia voz cómo piensa sostener a su casa y a nuestro puerto en estos tiempos.

El mensajero inclinó la cabeza y salió apresurado.

El eco de sus pasos se perdió por el pasillo.

El rey respiró hondo, cansado pero sereno, y miró una vez más a su consejo.

—Si no hay otro asunto de que ocuparme, por ahora nos disolvemos.

El reino necesita silencio, no ruido.

Uno a uno, los consejeros se pusieron de pie y se retiraron, dejando el salón cada vez más vacío.

Amelia fue la última en marcharse, dedicándole a Kael una mirada que mezclaba aprobación y cautela: sabía que cada decisión que tomaba lo alejaba más del muchacho que había sido.

Cuando la sala quedó en silencio, Kael apoyó la frente en sus manos por un instante, recogiendo fuerzas.

Sabía que lo que venía no sería fácil: Alessa con su petición, Aelyne con sus ambiciones, y ahora una mina que podía cambiarlo todo.

Año 0, Día 91 – Fortaleza de Sarnavel, Karvelia En Sarnavel, la princesa Aelyne recibió una carta con el sello de la torre rota al final de la tarde.

El viento marino agitaba las cortinas de su estancia mientras la abría con dedos temblorosos.

Leyó cada palabra con cuidado: Kael aceptaba su mano, estaba dispuesto a apoyarla en su ascenso al trono, pero le imponía condiciones claras.

El primero: que fuese ella misma quien resolviera el destino de su hermano Kaedric.

Dravena no intervendría en una disputa fratricida.

El segundo: que aceptara que Kael tendría otra esposa, Lady Alessa de Morvend.

La princesa cerró los ojos, respiró hondo, y dejó que la carta descansara sobre la mesa.

Durante un momento, su rostro no mostró nada.

Luego, muy despacio, una sonrisa apareció en sus labios.

No de alegría, sino de determinación.

—Así que, bastardo… ¿me das el reino si tengo la fuerza para tomarlo?

—susurró, más para sí que para los criados que aguardaban cerca.

Levantó la vista hacia el horizonte, donde el mar golpeaba contra los muros de Karvelia.

Sabía que el juego apenas había comenzado, y que ahora debía mover sus piezas con cuidado.

El fuego en su mirada decía lo que sus labios no: estaba dispuesta a aceptar esas condiciones, pero a su manera.

Y Kael, en Véldamar, pronto descubriría que había sellado un pacto con alguien que no conocía la palabra rendición.

Año 0, Día 96 – Patio alto de Véldamar El sol de la mañana se filtraba entre las nubes, dejando franjas doradas sobre el empedrado húmedo.

Tras varios días de marcha desde Puerto Estrella, Lady Alessa Morvend llegó a la capital.

Su comitiva era pequeña: un carruaje modesto, algunos guardias y un par de criadas.

No tenía los lujos de antaño; las deudas habían devorado su casa.

Pero aun así, cuando descendió del carruaje, lo hizo con una gracia serena que hizo callar a más de uno en la plaza.

Su vestido era sencillo, color azul profundo, sin joyas salvo un colgante de plata con forma de estrella.

El viento le movía el cabello oscuro y en su rostro había cansancio, pero también dignidad.

Entre los curiosos que observaban la llegada se encontraba el príncipe Kaedric de Karvelia, quien había salido al patio acompañado de dos guardias.

Apenas la vio, sus ojos se abrieron como si la hubiese esperado sin saberlo.

Kaedric, siempre tan frío en el consejo, quedó un instante desconcertado.

La siguió con la mirada hasta que decidió acercarse.

—Milady —dijo, inclinando la cabeza con corrección—, bienvenid a Véldamar.

Soy Kaedric de Karvel, huésped de Su Majestad el rey Kael.

Alessa lo miró con cierta sorpresa.

No esperaba que alguien ajeno a Dravena la recibiera, mucho menos un hombre de porte regio.

—Un placer, señor… —respondió con cautela, midiendo sus palabras—.

Lamento mi ignorancia, pero no conocía vuestra presencia aquí.

Kaedric sonrió con un leve dejo de ironía.

—Pocos lo saben.

Mi llegada fue discreta, como corresponde a un invitado que aún no sabe qué papel jugará en esta corte.

Ella arqueó una ceja, intrigada.

—Entonces, ¿sois noble de estas tierras?

—No exactamente —replicó él, sin apartar la mirada—.

Vengo de Karvelia, al norte.

Hijo del rey Altharion.

Los ojos de Alessa se agrandaron.

Por instinto, dio un paso atrás.

—¿Sois príncipe?

—Príncipe sin corona, por ahora —dijo Kaedric, encogiéndose de hombros—.

Pero no os preocupéis, Milady.

Aquí soy solo un huésped más.

El silencio se alargó un instante.

Ella lo observaba con mezcla de recelo y curiosidad.

Había en él un aire seguro, calculador, muy distinto a los hombres vacilantes que solía ver en su puerto.

Alessa tomó aire y habló con una leve sonrisa.

—Entonces permitidme devolver el saludo, alteza.

Soy Alessa Morvend, señora de Puerto Estrella.

—Lo sé —contestó Kaedric al instante—.

He oído de vuestra costa, de vuestras naves… y de vuestras dificultades.

La joven lady frunció el ceño, algo herida.

—No todo se mide en monedas, señor.

Puerto Estrella aún respira, aunque cueste.

Kaedric la sostuvo con los ojos, serios ahora.

—Eso es lo que me sorprende, Milady.

Que en medio de la ruina, vos sigáis de pie.

Ella lo miró en silencio, sin saber si era un halago o una daga.

Y antes de poder responder, un heraldo anunció con voz firme: —¡Lady Alessa de Morvend, convocada por Su Majestad el rey Kael!

La tensión se rompió.

Alessa inclinó apenas la cabeza hacia Kaedric.

—Debo irme.

—Nos veremos pronto —dijo él con calma, y en sus palabras no había duda, sino promesa.

Mientras la joven avanzaba hacia el salón del trono, Kaedric se quedó mirando cómo el azul de su vestido se perdía en los pasillos.

Una mueca apareció en su rostro, mezcla de interés y cálculo.

“Así que esta es la mujer que busca salvar a Dravena desde un puerto en ruinas…”, pensó.

Y por primera vez desde que llegó a Véldamar, el príncipe sintió que el tablero se había complicado todavía más.

—¡Lady Alessa de Morvend, convocada por Su Majestad el rey Kael!

El heraldo anunció con voz solemne, y las puertas del salón del trono se abrieron lentamente.

El sonido de bisagras viejas resonó como un eco en la sala.

Alessa se irguió, respiró hondo y avanzó con pasos firmes, dejando atrás a Kaedric, que la observaba todavía con la misma mezcla de fascinación y cálculo.

El corredor que conducía al salón estaba iluminado por antorchas altas, y las sombras se alargaban sobre las paredes de piedra.

A cada paso, Alessa sentía el peso de lo que iba a ocurrir.

Sabía que no era una simple audiencia: aquello marcaría el destino de su casa y de su futuro.

Dentro, el salón del trono imponía con sus bóvedas altas y los estandartes de Dravena colgando a los lados.

En el centro, sobre la tarima de piedra, Kael la esperaba, sentado en el trono del Cuervo de Piedra.

Vestía túnica oscura con bordes plateados, la corona modesta pero pesada sobre su frente.

A su derecha, Amelia permanecía erguida, con las manos unidas, observando todo con mirada calculadora.

Hildar Murne se mantenía de pie como una muralla, mientras Seris Talen hojeaba un pliego de cuentas, siempre con gesto crítico.

Alessa avanzó hasta el centro del salón y se inclinó.

—Majestad.

—Lady Alessa —respondió Kael, levantándose del trono y descendiendo un par de escalones—.

Bienvenida a Véldamar.

Ella levantó la cabeza y sostuvo su mirada.

Por un instante, ambos se observaron como si el mundo alrededor hubiese desaparecido: un joven rey al que muchos llamaban bastardo, y una noble al borde del abismo, pero orgullosa aún.

Kael rompió el silencio.

—He reflexionado sobre lo que pediste y sobre lo que necesita Dravena.

Hoy quiero darte mi respuesta.

Un murmullo recorrió a los presentes.

El rey alzó la mano y el silencio volvió.

—He decidido que serás mi esposa —dijo con voz clara—.

Tu casa se unirá a la mía, y tu puerto será parte de la corona.

Pero debes saberlo: también me uniré a la princesa Aelyne de Karvelia, cuando ella reclame su trono.

Alessa sintió que el aire se le apretaba en el pecho, pero no dejó que su rostro flaqueara.

Dio un paso al frente.

—Entonces, Majestad… decidme, ¿qué lugar ocuparé yo en este palacio?

¿Reina consorte de Dravena, con deberes y voz en el consejo?

¿O solo una concubina que se esconde tras los muros?

La sala contuvo el aliento.

Kael descendió el último escalón y quedó frente a ella.

—Serás reina consorte de Dravena —declaró con firmeza—.

No serás sombra ni adorno.

Tendrás asiento en el consejo, tu voz será escuchada en asuntos del puerto, de la flota y de las rutas de mar.

Este verano, cuando regrese de Karvelia, celebraremos nuestra unión aquí, en Véldamar.

Alessa bajó la mirada un instante, procesando.

Después alzó el rostro con renovada determinación.

—Si acepto, Majestad, quiero garantías.

Que mi gente en Puerto Estrella reciba el socorro necesario, que se prohíban las cadenas en mi costa, y que mi autoridad no quede a merced de quienes me desprecian por mi juventud o mis deudas.

—Tendrás esas garantías —respondió Kael sin dudar—.

Habrá edicto real para proteger tus tierras y un plan para restaurar tus muelles.

Nadie en esta corte se atreverá a tratarte con desdén, porque yo mismo lo impediré.

Amelia dio un leve paso adelante.

—La carta de consorte ya está preparada, Majestad.

Con sello y cláusulas claras.

Kael asintió y volvió a mirar a Alessa.

—No puedo prometerte amor inmediato, Lady Alessa.

Pero te prometo respeto, alianza y un lugar en esta casa.

Y si el tiempo lo permite, quizá más que eso.

Alessa respiró profundo.

Por primera vez desde que entró al salón, una leve sonrisa cruzó su rostro.

—No vine buscando amor, Majestad.

Vine buscando futuro para mi pueblo.

Si respeto y alianza son lo que ofrecéis, entonces acepto.

Kael extendió la mano.

Ella la tomó con firmeza.

La sala entera murmuró ante el gesto.

El bastardo de la Piedra Rota y la dama del puerto en ruinas habían sellado un destino compartido.

Desde el pasillo, Kaedric observaba aún, oculto tras una columna.

Sus labios esbozaron una sonrisa fina.

El tablero se complicaba más con cada día, y él pensaba mover sus piezas con paciencia.

El eco de la promesa resonó bajo las bóvedas del palacio, mientras Véldamar, sin saberlo, despertaba a un nuevo capítulo en su historia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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