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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo X La senda quebrada
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11: Capítulo X: La senda quebrada 11: Capítulo X: La senda quebrada Año 1, Día 12 – Véldamar La nieve del invierno se derretía ya en los caminos, y con ella parecía deshacerse la penuria que había marcado los últimos meses.

Las bodegas de Véldamar, alguna vez casi vacías, volvían a oler a grano y pescado seco.

Los mercados abrían al alba, y en Puerto Estrella los muelles resonaban con martillazos de carpinteros y velas nuevas ondeando al viento.

La mina de Akaroth había comenzado a producir discretamente.

No eran aún lingotes ni tesoros, sino sacos de mineral que llegaban de noche, escoltados y ocultos entre caravanas de leña.

Amelia se encargaba de que nada faltara: había convencido a los gremios locales de apoyar el proyecto, había traído escribas para vigilar las cuentas y había distribuido grano a las aldeas más golpeadas por el hambre.

Dravena, al fin, respiraba.

—El oro empieza a calentar nuestras manos —le dijo Seris Talen a Amelia en una de sus reuniones nocturnas—.

Pero recordad: el oro también quema.

Amelia solo respondió con una media sonrisa.

Ella sabía mejor que nadie cuánto costaba mantener a raya las lenguas indiscretas.

Mientras tanto, en Karvelia, el viejo rey Altharion había caído enfermo.

Sus médicos hablaban de fiebres largas y de un cuerpo que ya no respondía.

La sucesión se agitaba como un avispero.

Kaedric, cada vez más visible en Véldamar, parecía acercarse demasiado a Lady Alessa.

En uno de los paseos por los jardines del palacio, el príncipe se inclinó hacia ella, hablando con esa calma fría que lo caracterizaba.

—Milady, sois más fuerte de lo que muchos creen.

Me sorprende que el rey Kael os ate a Dravena cuando vuestro ingenio podría gobernar por sí mismo.

Alessa lo detuvo con una mirada tajante.

—Alteza, estáis cruzando una línea peligrosa.

Soy la prometida de Su Majestad.

Mis deberes y mi lealtad están definidos.

Kaedric arqueó una ceja, sin perder la sonrisa.

—¿Lealtad… o conveniencia?

—Lealtad —replicó ella con firmeza—.

No confundáis mi situación con debilidad.

El príncipe inclinó apenas la cabeza, como quien acepta un golpe sin sangrar.

Pero sus ojos, oscuros, seguían fijos en ella cuando se retiró.

Kael fue informado más tarde de ese intercambio por Naeryn, que ya había puesto hombres a seguir cada paso del karveliano.

El joven rey escuchó en silencio, con el rostro endurecido, pero no dijo palabra.

Por fuera, Dravena vivía un respiro de paz: comida en las mesas, oro en los cofres, barcos en los muelles.

Pero bajo esa superficie, las grietas se ensanchaban.

El trono de Karvelia temblaba con la enfermedad de Altharion; Kaedric jugaba su propio juego en los pasillos de Véldamar; y la mina de Akaroth, ese secreto de montaña amenazaba con atraer miradas que ningún ejército pequeño podría detener.

El rey Kael lo sabía en sus huesos: el sendero estaba abierto, pero no era recto.

Era una senda quebrada.

El bosque de Akaroth olía a humedad y a hierro viejo.

Las copas de los pinos se mecían bajo un cielo gris, y los cuervos sobrevolaban en círculos como si aguardaran el final de una cacería.

Allí, en el claro silencioso, Kaedric esperaba.

El primogénito de Karvelia llevaba la capa cerrada hasta el cuello, ocultando sus ropas de príncipe; no quería parecer un noble distante, sino un hombre dispuesto a negociar en la penumbra de un reino extranjero.

El sonido de cascos rompió el aire quieto.

Tres jinetes surgieron de entre los árboles, con armaduras ennegrecidas y capas rojas que apenas ondeaban en el viento.

Sus rostros, marcados por cicatrices y años de guerra, no mostraban gesto alguno de cortesía.

Desmontaron frente a él sin inclinar la cabeza, como si un príncipe no fuera nada en tierras ajenas.

—Así que vos sois Kaedric —dijo el mayor, un hombre calvo de mirada acerada—.

El heredero de Karvelia que viene a pedir lo que no puede tomar.

Kaedric sostuvo su mirada sin pestañear.

—Soy el heredero legítimo, y Karvelia es mía por derecho.

Pero mi reino se tambalea.

Mi padre se consume en fiebres, mi hermana juega con alianzas peligrosas, y mi hermano menor carece de temple.

Si no actúo ahora, Karvelia caerá en manos ajenas.

El segundo emisario, de barba corta y ojos como brasas, soltó una carcajada breve.

—Decís palabras grandes, príncipe, pero no traéis ejército detrás.

Ni oro.

Ni siquiera un estandarte.

¿Por qué deberíamos tomaros en serio?

Kaedric apretó los labios, midiendo sus palabras como quien afila una espada.

—Porque si Dravena y Karvelia se unen, vuestro tratado con el Imperio dejará de tener sentido.

Seréis presionados desde el este y desde el oeste.

Y cuando eso ocurra, ya será tarde para actuar.

El tercero, un hombre silencioso con cicatrices en los nudillos, dio un paso adelante.

—El Imperio y Tharavos firmaron un pacto.

Vos lo sabéis.

Si movemos una pieza equivocada, habrá guerra abierta.

—Los tratados duran lo que conviene —replicó Kaedric, bajando un tono la voz—.

El Imperio espera un motivo para desgarraros.

Vosotros esperáis uno para traicionarles primero.

Yo os lo doy: ponedme en el trono, y tendréis a Karvelia como escudo y espada.

Hubo un silencio pesado.

Los emisarios se miraron entre sí, y el calvo se adelantó, acercándose tanto que Kaedric pudo oler el cuero húmedo de su armadura.

—Nos pedís confianza, príncipe… pero vuestra voz suena hueca.

No habéis probado aún que podéis mancharos las manos.

Kaedric alzó el mentón, herido en el orgullo.

—¿Queréis una prueba?

La tendréis.

El emisario lo sostuvo con los ojos hasta que su dureza se transformó en una mueca torcida, casi una sonrisa.

—Probadnos que podéis eliminar a uno de vuestros rivales.

Hacedlo, y Tharavos empezará a escuchar.

El viento se llevó sus palabras, helando la piel.

Kaedric cerró el puño bajo la capa.

No respondió de inmediato; dejó que el silencio se alargara, como si el bosque mismo aguardara.

Finalmente, habló con calma: —Volveré con esa prueba.

Y cuando lo haga, no seré un príncipe implorando.

Seré un rey reclamando lo que es suyo.

Los hombres montaron de nuevo y desaparecieron entre los árboles.

Kaedric quedó solo bajo el gris del cielo, escuchando el graznido de los cuervos sobre su cabeza.

El aire parecía más frío, y en su interior, una resolución ardía como brasa oculta.

“Si Dravena cree que puede jugar conmigo… aprenderán que la serpiente también sabe morder.” El primogénito de Karvelia giró sobre sus talones y se internó de nuevo en la espesura.

Allí, entre sombras y raíces, había sellado la primera de muchas traiciones.

Mientras tanto, el rey Kael ya había celebrado su compromiso con lady Alessa.

Días después, Kael mostró cierta inquietud respecto al comportamiento de lady Alessa hacia el príncipe Kaedric, aunque ella aseguró que únicamente buscaba su consejo.

—Mi prometido, no te preocupes, él solo busca orientación para aprender.

Sin embargo, me pregunto por qué continúa aquí con nosotros; ¿no debería estar en su reino preparándose para asumir el trono?

—dijo lady Alessa.

Kael reflexionó brevemente antes de responder: —La permanencia del príncipe en Véldamar no obedece a motivos de aprendizaje ni cortesía —afirmó Kael—.

Su propósito principal es vigilar y evaluar cada uno de nuestros movimientos.

Considero probable que sus comunicaciones sean más veloces que las conversaciones directas.

Lady Alessa aceptó el razonamiento con discreción, en silencio.

La iluminación tenue resaltaba los rasgos de su rostro.

—¿Cuál será su curso de acción, señor?

Si lo confronta abiertamente, existe el riesgo de una reacción adversa por parte de Karvelia.

Por otro lado, si no actúa, el príncipe podría influenciar negativamente la corte mediante insinuaciones.

Kael se dirigió hacia la ventana y observó la ciudad bajo la tranquilidad nocturna.

—No es posible proceder a su expulsión sin justificación, pues ello podría provocar un conflicto prematuro.

Asimismo, ignorar la situación tampoco es viable.

Por el momento, escucharemos sus declaraciones, pero mantendremos reservas respecto a sus acciones.

Alessa acercó su mano a Kael.

—Puede contar con mi apoyo, señor.

No me dejaré influenciar por comentarios ni intrigas ajenas.

Mi lealtad permanece intacta.

Kael asintió, reconociendo la sinceridad y preocupación en la actitud de Alessa.

Era consciente de que su alianza fortalecía su posición, aunque inevitablemente generaba atención y rumores que requerían gestión.

Finalmente, reafirmó con decisión: —Recibirá consejo solo bajo mi supervisión y sin confidencias privadas.

Toda conversación entre usted y Kaedric será transparente ante mí.

El ambiente permaneció solemne tras estas declaraciones, interrumpido únicamente por la expresión de Alessa.

Kael comprendió que el día siguiente presentaría nuevos desafíos y cuestionamientos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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