Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo XI Sombras de sucesión
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12: Capítulo XI: Sombras de sucesión 12: Capítulo XI: Sombras de sucesión Año 1, Día 22 – Véldamar La cámara real en Karvelia olía a hierbas secas y medicinas viejas.
El rey Altharion yacía en su lecho, con la respiración entrecortada y la piel perlada de sudor.
La princesa Aelyne permanecía a su lado, sosteniendo una copa de metal que brillaba a la luz mortecina de las lámparas.
—Padre… —susurró, acercando el vaso a sus labios agrietados—.
El médico dice que la dosis aliviará vuestro dolor.
El viejo rey apenas asintió, confiado en la devoción de su hija.
Bebió sin sospecha, mientras la muchacha sostenía el recipiente con pulso firme.
La pócima sabía amarga, y pronto la tos le arrancó un hilo de sangre.
Aelyne no apartó la vista.
Minutos después, el monarca se desplomó entre almohadones, con los ojos velados.
Antes de que expirara, la princesa inclinó su rostro sobre el suyo y susurró en voz clara, lo suficiente para que los presentes escucharan: —Por voluntad del rey Altharion, yo, Aelyne Karvel, seré su heredera legítima.
Que el reino sepa su decisión.
El silencio se quebró con el sonido de trompetas en la lejanía.
En los muros de Karvelia flameaban estandartes oscuros: el ejército del duque Varengar, aliado de Aelyne, había cerrado las entradas con diez mil hombres.
El duque en persona entró en la fortaleza, su armadura bruñida y la espada al cinto.
Se inclinó levemente ante la princesa, pero su sola presencia era el verdadero sello de la proclamación.
Los gremios de Karvelia, convocados al salón, intercambiaban miradas de desconcierto.
El viejo rey había muerto sin testamento público, y la voz de su hija sonaba como un decreto improvisado.
Pero la visión del duque y sus tropas sitiando la ciudad era suficiente para callar cualquier duda.
Comprendieron, en ese instante, que la sucesión no era una cuestión de papeles, sino de poder.
El mensajero entró tambaleante en la sala del consejo.
Tenía la capa cubierta de nieve, los labios agrietados, y la voz apenas le alcanzaba para anunciar: —El rey Altharion… ha muerto.
La princesa Aelyne fue proclamada en su lecho como heredera.
El duque Varengar y diez mil soldados resguardan la ciudad.
Los gremios dudaron, pero al final se inclinaron.
El silencio llenó la sala.
Kael permaneció inmóvil, con el rostro endurecido, mientras Amelia a su derecha dejó escapar un suspiro leve, apenas audible.
—La niña no perdió el tiempo —dijo ella, con tono sereno—.
Tiene al duque como espada y a los gremios doblegados por miedo.
Seris, que hasta entonces había guardado silencio, se inclinó hacia adelante.
Su voz sonaba crispada, más humana que calculadora: —Si los gremios obedecen solo por temor, pronto buscarán otro estandarte.
Majestad, no confundáis sumisión con lealtad.
Kael asintió despacio, los ojos fijos en el suelo de piedra.
—El príncipe Kaedric no tardará en reclamar lo suyo.
Amelia se adelantó un paso, sus palabras firmes como hierro.
—Cuando lo haga, no debéis cerrarle el paso.
Permitidle viajar con escolta reducida, lo justo para aparentar imparcialidad.
En secreto, esos hombres deberán entregarlo a su hermana.
Kael giró hacia ella con gesto sombrío.
—Eso es condenarlo.
—Es impedir que arrastre a Karvelia hacia otra guerra —replicó Amelia—.
Si logra alzarse con ayuda extranjera, vuestra alianza con Aelyne se volverá humo y Dravena quedará atrapado.
Kael guardó silencio.
El fuego de los candelabros chisporroteaba como si esperara su veredicto.
Finalmente habló: —Así será.
Cincuenta hombres.
Ni uno más.
Y Lord Gaeron marchará cerca.
Si Kaedric sobrevive al camino y logra reunir apoyos, será Gaeron quien resuelva.
Amelia inclinó la cabeza con gravedad.
—Entonces habéis elegido, Majestad.
Aelyne tendrá vuestro respaldo.
Kaedric partió de Véldamar al amanecer del tercer día, con el resentimiento marcado en su mirada.
La escolta draveniana avanzaba en silencio, cincuenta hombres que sabían más de lo que decían.
El príncipe, en su interior, se sentía humillado: un heredero con guarda reducida, como si fuese un prisionero en camino al cadalso.
Pero en los llanos nevados, el destino tomó otra forma.
Estandartes rojos emergieron en la distancia: mercenarios tharavinos, fieros y numerosos.
Atacaron con brutalidad, rodeando la columna en un torbellino de acero.
Los dravenianos pelearon, pero eran pocos.
Caballos caían, hombres gritaban, la nieve se manchaba de sangre.
Kaedric, atónito, entendió en medio del caos: no lo atacaban para matarlo, sino para arrancarlo de manos de su escolta.
—¡Príncipe Kaedric!
—vociferó el capitán de los mercenarios, apartando cadáveres—.
Vuestra corona os espera.
En cuestión de minutos, la escolta fue destrozada.
Apenas diez hombres lograron escapar, llevando la noticia de regreso a Véldamar.
Al anochecer, Kael recibió el informe.
El silencio en la sala era pesado como plomo.
Amelia permanecía de pie junto a él, los brazos cruzados.
—Mercenarios de Tharavos —leyó el escriba—.
Arrebataron al príncipe de manos de la escolta y lo conducen hacia la frontera occidental.
Amelia rompió el silencio con voz gélida.
—Entonces ya no es un simple heredero.
Es la carta de Tharavos en Karvelia.
Kael se llevó una mano al rostro, con gesto cansado pero firme.
—Que Lord Gaeron siga en marcha.
Si el príncipe intenta volver, no llegará a pisar la capital.
Los candelabros parpadearon, proyectando sombras largas en la sala.
Kael supo que el camino que acababa de tomar no tenía retorno.
—Mejor un Karvelia roto —susurró— que un Dravena encadenado.
Año 1, Día 29 – Frontera de Karvelia El príncipe Kaedric cabalgaba con el ceño endurecido.
Tras días de marcha extenuante, los mercenarios tharavinos lo condujeron a las puertas de Karvelia.
Lo que halló no era una ciudad dispuesta a recibirlo, sino una fortaleza dispuesta a negarle paso.
Las murallas se alzaban reforzadas con madera y hierro; en las torres ondeaban los estandartes de la casa real.
Y en los campos, extendidos como un mar de lanzas, estaba el ejército de Lord Gaeron.
Miles de soldados dravenianos mantenían sus líneas firmes, y el reflejo de su acero brillaba como una advertencia imposible de ignorar.
El capitán de los mercenarios detuvo su caballo junto al príncipe.
—Alteza, ahí dentro no hallaréis un trono, sino una tumba.
Vuestros hombres son pocos.
No podéis abrir esas puertas.
Kaedric apretó las riendas con rabia.
—¡Es mi derecho!
Esa ciudad me pertenece por sangre.
—Por sangre o no —replicó el capitán con voz seca—, frente a vos se alzan diez mil del duque y miles de Dravena.
Un muro de hierro y disciplina.
Si avanzáis, os partirán como a leña.
Kaedric miró las filas de Gaeron, la disciplina severa de los soldados que no temblaban ante nada.
Lo entendió: cada paso hacia la ciudad sería un suicidio.
El mercenario se inclinó hacia él, bajando el tono.
—En Tharavos hay quienes buscan un príncipe como vos.
Oro, acero y paciencia no os faltarán si reclamáis su amparo.
Kaedric cerró los ojos por un instante.
La humillación le quemaba la garganta, pero cuando los abrió de nuevo, su voz salió firme: —Entonces me llevaréis allí.
Si no puedo coronarme hoy, lo haré mañana.
Y cuando regrese, no habrá muro ni ejército que me detenga.
Los mercenarios sonrieron, satisfechos, y giraron hacia el oeste.
El príncipe partió con ellos, dejando atrás las murallas de Karvelia, las lanzas de Gaeron y la corona que aún no podía ceñirse.
En Véldamar, la noticia llegó al caer la noche.
El mensajero, cubierto de barro, relató lo sucedido ante el trono.
Kael lo escuchó con rostro impenetrable; Amelia permanecía a su lado, erguida, los brazos cruzados.
—El príncipe Kaedric buscó entrar en Karvelia —explicó el mensajero—, pero no pudo.
Los mercenarios de Tharavos lo sacaron de la emboscada y lo condujeron hacia el oeste.
Un silencio pesado llenó la sala.
Kael apretó los puños sobre el brazo del trono.
—Entonces Tharavos ha hecho su jugada.
Amelia, con voz clara y contenida, añadió: —Y vos, Majestad, ya habéis hecho la vuestra.
Apoyasteis a Aelyne.
El resto es cuestión de tiempo: una reina sostenida por un duque contra un hermano que regresa con espadas extranjeras.
Kael asintió lentamente, mirando las antorchas parpadear en las paredes.
En su interior sabía que el camino tomado no tenía vuelta atrás.
—Que así sea —murmuró—.
Más vale enfrentar un Karvelia en guerra que un Dravena encadenado.
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