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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Capítulo XII — Entre dos colosos
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13: Capítulo XII — Entre dos colosos 13: Capítulo XII — Entre dos colosos El invierno había comenzado a cubrir Véldamar con su velo pálido.

Las chimeneas humeaban, los muelles estaban repletos de barcos que descargaban trigo y sal, y aun así, el aire en la corte pesaba como una amenaza invisible.

Lady Alessa entró en la cámara real después de la última audiencia.

Vestía de azul profundo, con un velo ligero que apenas cubría su cabello trenzado.

Se inclinó ante Kael, pero no con frialdad cortesana: había en sus ojos una preocupación genuina, un peso que la hacía parecer más reina de lo que aún era.

—Prometido mío —dijo en voz baja, acercándose—, ¿habéis considerado lo que significa que Tharavos respalde al príncipe Kaedric?

Kael levantó la mirada de los pliegos que Amelia le había dejado sobre la mesa.

No era la primera vez que alguien le traía esa pregunta, pero en labios de Alessa sonaba más punzante, más íntima.

—Lo he considerado —respondió con calma—.

Y la conclusión es clara: Tharavos no busca coronar a Kaedric por convicción, sino por utilidad.

Lo ven como un peón con el que incomodar tanto a Karvelia como al Imperio Piedraferoz.

Alessa se sentó frente a él, con los dedos entrelazados sobre las rodillas.

La luz de las velas resaltaba la línea de sus mejillas.

—Eso no calma mi inquietud.

Un vasallo del Imperio que se alía con una corona protegida por Tharavos es una contradicción peligrosa.

Somos un puente tendido entre dos colosos.

Y los puentes, Kael… se rompen primero.

Kael guardó silencio unos instantes, dejando que las palabras pesaran.

Caminó hasta la ventana, desde donde se veía el resplandor de las antorchas en los muros de la ciudad.

—Lo sé.

Piedraferoz podría interpretar nuestra alianza con Karvelia como un desafío.

Pero también sería ingenuo de su parte pensar que Dravena podía rechazar una oportunidad así.

—La ingenuidad no es propia de imperios —replicó ella—.

Y aun menos de Piedraferoz.

Antes de que Kael pudiera responder, se escuchó el eco de pasos firmes en el pasillo.

La puerta se abrió sin preámbulos: Amelia apareció, envuelta en un manto oscuro, el rostro sereno como la piedra.

—Majestad —saludó, inclinando la cabeza apenas—.

Nuestros espías han confirmado que unidades de Tharavos se están movilizando en la frontera norte.

No es un ejército regular, más bien compañías de mercenarios, pero suficientes para encender rumores.

Alessa se volvió hacia Kael y, con urgencia en la voz, le dirigió unas palabras.

—¿Veis?

Esto no es un simple juego de tronos en Karvelia.

Tharavos tantea terreno.

Y si Piedraferoz interpreta esto como una provocación, Dravena quedará atrapada en la tormenta.

Kael cerró los ojos un instante, como quien mide el filo de una espada invisible.

Luego habló con firmeza: —No retrocederemos.

Si Dravena cae de rodillas cada vez que un gigante mueve su sombra, nunca seremos más que un vasallo manso.

Nuestra fuerza está en mostrarnos firmes, aunque nos tiemblen los huesos por dentro.

Alessa lo observó largo rato, como si quisiera grabar esas palabras en su memoria.

Luego, en un gesto inesperado, se acercó y apoyó su mano sobre la de él.

—Entonces yo caminaré a vuestro lado, aunque esa senda nos lleve al borde del abismo.

Kael entrelazó sus dedos con los de ella.

No hubo más palabras.

Solo la certeza de que lo que venía sería más grande que cualquiera de ellos.

El eco de los cascos resonó sobre los adoquines de Karvelia cuando el príncipe Deyran, el menor de la casa real regresó desde la frontera con un ejército que había levantado entre guarniciones dispersas y milicias locales.

No era una fuerza imponente comparada con los diez mil hombres del duque Varengar, pero bastaba para recordar a la ciudad que aún quedaba sangre Karvel en armas.

La reina recién proclamada, Aelyne, lo recibió en el salón del trono.

El aire estaba denso: los gremios aún murmuraban en las plazas, incapaces de aceptar que un rey muriera en un lecho y que su hija fuese coronada al día siguiente.

La presencia del duque, con su estandarte desplegado y sus soldados custodiando las entradas, había sofocado la protesta, pero no la duda.

Deyran se inclinó con una reverencia breve, sin demasiada solemnidad.

—Hermana —dijo, con la voz firme pero contenida—.

Mi lealtad está contigo.

Te reconozco como soberana porque lo juraste sobre la palabra de nuestro padre y porque el duque ha sellado tu trono con acero.

Pero mientras nuestro hermano mayor siga vivo, habrá quienes te llamen usurpadora.

Esa herida no sanará con coronas ni con proclamas.

Aelyne entrecerró los ojos.

—¿Entonces prefieres que el reino sangre en una guerra fratricida?

El joven príncipe negó con la cabeza.

—No.

Precisamente porque amo a mis hermanos, no quiero verme arrastrado a un conflicto que podría destruirnos a todos.

Karvelia ha vivido en paz por generaciones.

Somos un reino mercantil, no guerrero.

Nuestros ejércitos no están preparados para resistir ni rebeliones ni invasiones.

Si se desata una guerra civil, no seremos más que carne de presa para los imperios que nos rodean.

En ese instante, las puertas del salón se abrieron y entró Lord Gaeron, envuelto en su capa oscura, el casco bajo el brazo.

Su andar marcial hizo que hasta los soldados del duque se pusieran rígidos.

—Majestad —saludó con voz grave, inclinándose ante Aelyne—.

Vengo en nombre de mi rey, Kael de Dravena.

Su Majestad me ha encomendado dos deberes: primero, velar por vuestra seguridad durante vuestra coronación; segundo, ocuparme de los gremios que os disputan el poder desde las sombras.

El duque Varengar lo observó con atención, pero no intervino.

La joven reina, sin embargo, arqueó una ceja.

—¿Y qué métodos empleará, Lord Gaeron?

Gaeron esbozó una sonrisa que apenas fue un gesto en la comisura de sus labios.

—Los que sean necesarios.

El rey Kael no tolera rivales internos ni sombras de traición cuando su palabra está comprometida.

El silencio se alargó.

Aelyne se irguió en el trono, sosteniendo la mirada de su hermano menor.

—Deyran, entiendo tus temores, pero el destino ya se ha inclinado.

Karvelia no puede permanecer dividida, y yo no renunciaré a este trono.

El príncipe bajó la vista por un momento, como quien lucha entre la sangre y la razón.

—Entonces que quede claro, hermana.

Si camino a tu lado, lo hago con la esperanza de evitar la guerra.

Pero si la senda lleva al fratricidio, no puedo prometerte mi espada.

El príncipe Deyran recorrió la sala con la mirada.

Vio a los estandartes del duque Varengar flameando en cada arco, a los soldados de Dravena apostados en las columnas como sombras, y en el trono, a su hermana, erguida y coronada, con Lord Gaeron a su lado como guardián enviado desde tierras extranjeras.

Inspiró hondo, y cuando habló, su voz llevaba un matiz de desconfianza que no pasó desapercibido.

—Hermana, hay algo que me inquieta más que la sombra de nuestro hermano mayor.

Esa alianza que has tejido con el rey Kael… ¿acaso piensas que Karvelia puede entregarse tan fácilmente a la voluntad de un monarca extranjero?

Aelyne entrecerró los ojos.

—No es entrega, Deyran.

Es unión.

Kael ha prometido sostenerme contra quienes me llamen usurpadora.

Él ha puesto su palabra y su espada.

El joven príncipe negó con la cabeza, con un dejo de amargura.

—¿Y a qué precio?

Karvelia siempre fue mercantil, siempre libre de tributos imperiales.

Si tu corona se cimenta en la ayuda de Dravena, entonces ya no gobernarás sola.

Tus decisiones estarán atadas a un hombre cuyo reino sirve a Piedraferoz.

Eso no es unión, hermana, es encadenarse.

Lord Gaeron avanzó, con la mirada firme.

—El rey Kael no busca cadenas para vos, Alteza.

Busca alianzas de hierro, porque el mundo no perdona la debilidad.

Deyran lo fulminó con los ojos.

—Vos habláis de hierro, lord de Dravena, pero no sabéis lo que es Karvelia.

No somos forjadores ni conquistadores.

Somos comerciantes, navegantes, constructores de pactos.

Si nos obligan a empuñar la espada, será el principio del fin.

El duque Varengar golpeó el suelo con la empuñadura de su lanza, interrumpiendo el duelo de palabras.

—Basta.

La reina necesita unidad, no reproches.

Los gremios acechan, vuestro hermano mayor conspira desde las sombras, y Tharavos no permanece quieto.

Si os desgarráis entre vosotros, solo les daréis la victoria sin que disparen una flecha.

El silencio volvió a adueñarse de la sala.

Aelyne apoyó las manos en los brazos del trono y, con voz firme, habló a su hermano menor: —Deyran, el tiempo de dudas ha terminado.

Me juraste lealtad, y necesito esa lealtad ahora más que nunca.

No permitiré que me llamen marioneta ni que Karvelia se arrodille.

Kael me ha dado su apoyo, pero sigo siendo yo quien lleva esta corona.

El príncipe respiró hondo, y aunque sus labios no se movieron, en su mirada se leía la tormenta: amor por su hermana, lealtad a su linaje… y miedo a que el trono de Karvelia estuviera cambiando de dueño sin que nadie lo dijera en voz alta.

La reina Aelyne se levantó del trono.

Su silueta, envuelta en el resplandor de los candelabros, se impuso sobre todos en la sala.

El murmullo de los nobles y capitanes se extinguió como si alguien hubiera sofocado una llama.

—Hermano —dijo, con la mirada fija en Deyran—.

Si dudas de mi alianza con Kael, si temes que mi corona dependa de fuerzas extranjeras, entonces te daré la oportunidad de probar tu lealtad a Karvelia… y a mí.

Deyran alzó el rostro, sorprendido.

—¿Qué quieres de mí?

Aelyne descendió un escalón del estrado, sus pasos lentos, cada palabra medida.

—Ve a la frontera de Tharavos.

Preséntate ante sus emisarios y pídeles lo que ningún otro tendría el valor de exigir: la entrega del príncipe Kaedric.

El silencio se tornó pesado.

Lord Gaeron cruzó los brazos, midiendo la audacia de aquella orden, mientras el duque Varengar alzó una ceja, intrigado.

Deyran la miró con incredulidad.

—¿Pretendes que reclame a nuestro propio hermano como si fuera un prisionero de guerra?

—Pretendo —replicó Aelyne con voz firme— que demuestres ante todo Karvelia dónde está tu lealtad.

Si Tharavos retiene a Kaedric, no será por amor fraterno, sino porque quieren usarlo como arma contra mí… y contra Dravena.

Se acercó lo suficiente como para que solo él escuchara el último susurro: —Si ellos lo apoyan, el Imperio Piedraferoz tendrá excusa para mover sus legiones, porque Dravena ya es parte de su sombra.

Y si Dravena y Karvelia arden, Tharavos no tardará en reclamar nuestras ruinas.

Deyran bajó la vista, dividido entre el amor a su sangre y la fidelidad que le exigía su hermana.

—Si voy a Tharavos —dijo lentamente—, puede que nieguen la petición… o peor, que me acusen de traidor por exigirlo.

Aelyne no titubeó.

—Entonces sabremos dónde están sus verdaderas intenciones.

Y tú, hermano, probarás de qué lado estás cuando la guerra toque a nuestras puertas.

El eco de sus palabras quedó flotando en el salón.

Nadie osó hablar.

El joven príncipe entendió, en ese instante, que no había refugio posible: debía elegir entre proteger al hermano que amaba o sostener el reino que necesitaba sobrevivir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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