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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capítulo XIII Tierra de Nadie
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14: Capítulo XIII: Tierra de Nadie 14: Capítulo XIII: Tierra de Nadie El invierno había encerrado a Dravena en un silencio blanco.

Los caminos estaban cubiertos de hielo, los bosques parecían dormidos bajo la escarcha, y aun así, en Véldamar las hogueras no se apagaban y los graneros no estaban vacíos.

Contra todo pronóstico, el reino prosperaba: había pan en las mesas, leña en los hogares y oro en los cofres.

Oro que nacía de las entrañas de la mina de Akaroth, un secreto cada vez más difícil de contener.

En el salón del trono, el rey Kael escuchaba a sus consejeros con gesto severo, cuando las puertas se abrieron de golpe.

Un heraldo, cubierto de nieve, se inclinó hasta casi rozar el suelo.

—Majestad, emisarios de Tharavos han solicitado audiencia.

Vienen escoltados, pero desarmados, y aseguran hablar en nombre de su reino.

El silencio se quebró en la sala.

Las miradas se cruzaron con inquietud: era inusual, casi una afrenta, que enviados de Tharavos hubiesen cruzado tierras del Imperio para presentarse en Dravena sin previo aviso.

Kael, con la mandíbula tensa, asintió lentamente.

—Que entren —ordenó.

Las puertas volvieron a abrirse, y tres figuras avanzaron bajo la luz de las antorchas.

El emisario principal llevaba un manto oscuro adornado con bordados rojos, y sus botas aún goteaban agua del hielo fundido.

Detrás de él, dos guardias lo flanqueaban en silencio.

El aire mismo parecía helarse con su presencia.

Kael apoyó ambas manos sobre los brazos del trono.

—Sois conscientes de que estáis en tierras del Imperio Piedraferoz —dijo con voz grave—.

Exijo saber qué motivo os ha traído hasta aquí, saltándoos tratados y fronteras.

El emisario inclinó la cabeza, apenas lo justo.

—Majestad, no venimos con intención de ofender.

Venimos a reclamar lo que es nuestro por derecho.

La mina en las montañas de Akaroth pertenece a Tharavos desde tiempos antiguos.

El oro que extraéis fluye con sangre tharoviana.

Si deseáis evitar un conflicto, devolved lo que habéis tomado o entregad compensación suficiente.

Un murmullo recorrió la sala.

Fue Amelia quien dio un paso al frente, con el rostro sereno y la voz cargada de firmeza.

—La mina se encuentra en suelo draveniano reconocido por el Imperio —replicó—.

No existe mapa ni registro que avale vuestras palabras.

Reclamáis con la boca lo que nunca habéis defendido con manos ni espada.

El emisario la miró con desdén.

—Los dravenianos prosperan gracias a lo que no les pertenece.

Hoy lo discutimos con palabras, mañana tal vez con ejércitos.

Lady Alessa, erguida junto al trono, cruzó los brazos con gesto altivo.

—No aceptaremos amenazas disfrazadas de diplomacia.

Si vuestra intención fuese el diálogo, habríais venido con pruebas, no con veladas advertencias.

El tharoviano sonrió, apenas mostrando los dientes.

—El Imperio aún no sabe de esta mina.

Pero lo sabrá.

Y cuando lo sepa, no solo os pedirá tributo redoblado: os despojará hasta de las migajas.

¿Preferís entonces pagar a dos amos?

Kael se incorporó lentamente del trono.

La luz del fuego marcaba sombras duras en su rostro.

—No aceptaré que se ponga en duda la soberanía de Dravena.

Si creéis que podéis tomar con la fuerza lo que jamás habéis poseído, intentadlo.

Pero recordad: no seríais solo vosotros contra nosotros.

Seríais vosotros contra la voluntad del Imperio, porque esta mina está bajo su autoridad tanto como bajo la mía.

Un silencio tenso se extendió en la sala.

El emisario bajó la mirada un instante, como quien mide el peso de una respuesta que no puede pronunciar sin consecuencias.

Finalmente, hizo una leve reverencia.

—Transmitiré vuestras palabras a mis señores.

Y sin añadir nada más, se volvió hacia la puerta, escoltado por sus guardias.

El eco de sus pasos resonó largo rato después de que se hubiera marchado.

Lady Alessa respiró hondo, como quien deja escapar una presión contenida.

—El emisario no miente: cuando el Imperio descubra la mina, exigirán más tributo.

Este invierno lo hemos resistido… ¿pero el próximo?

Amelia mantuvo la voz baja, casi un susurro dirigido al rey.

—No podemos esconder la riqueza por siempre.

Pero debemos usarla para fortalecer nuestras murallas, entrenar hombres y asegurar nuestras rutas.

Cuando el Imperio reclame, al menos no estaremos indefensos.

Kael permaneció un momento en silencio, la mirada fija en las brasas que se consumían en el gran brasero de la sala.

No ignoraba la verdad en sus palabras.

Lo que hoy era salvación podía convertirse mañana en el motivo de la ruina.

Finalmente, habló con tono grave: —Que así sea.

Nos preparamos en silencio, mientras el invierno cubre nuestras huellas.

Cuando el deshielo llegue, también lo harán las respuestas.

Y entonces, Dravena deberá estar lista.

El murmullo de aprobación fue leve, contenido, como si cada uno en esa sala comprendiera que lo que acababan de presenciar no era una simple audiencia, sino el preludio de una tormenta.

Tiempo después, el verano había llegado a Dravena con un aire de alivio.

La nieve que había cercado caminos y aldeas se había retirado, dejando ver campos reverdecidos y puertos repletos de barcos.

Pero junto a esa prosperidad naciente, también se abría un escenario mucho más delicado: las bodas próximas del rey Kael, tanto con la princesa Aelyne de Karvelia como con Lady Alessa de Morvend.

El reino se alzaba, al fin, con señales de estabilidad, aunque esa estabilidad tenía raíces frágiles.

Kael había dado órdenes claras de reforzar la frontera norte.

Un comandante de regimiento partió con hombres y provisiones hacia las montañas cercanas a Akaroth, allí donde la mina de oro, secreto a voces, palpitaba como un corazón de riqueza y peligro.

Fue en esos días de preparación cuando un heraldo entró al salón del trono con la voz temblorosa.

—¡Su Majestad!

¡El príncipe imperial Arvorel de Piedraferoz llega con ejército y embajador para visitar vuestra corte!

Las palabras dejaron un silencio pesado en la sala.

Todos comprendían lo que significaba: no era común que un príncipe imperial en persona cruzara sus dominios para visitar a un vasallo.

Que lo hiciera acompañado de un contingente militar, era todavía más revelador.

Horas después, las puertas de Véldamar se abrieron para recibir la comitiva.

Cientos de estandartes con el emblema de Piedraferoz ondeaban al viento.

La disciplina de los soldados imperiales, sus armaduras brillantes y los estandartes púrpura y negros imponían un espectáculo de poder.

A la cabeza, montado en un corcel oscuro, venía el príncipe Arvorel, segundo hijo del emperador, un hombre de la misma edad que Kael.

Kael descendió las gradas del salón exterior para recibirlo.

Y por un momento, entre el peso de la pompa, la memoria venció: ambos habían compartido años en la misma academia, estudiado bajo los mismos maestros, aprendido los mismos ejercicios de espada y estrategia.

Se habían tratado como hermanos de armas en su juventud.

El reencuentro fue breve pero sincero.

Arvorel desmontó y abrazó a Kael con una sonrisa que, aunque solemne, era auténtica.

—Hermano de juventud —dijo en voz baja—.

Has cambiado… pero aún reconozco tus ojos.

Sin embargo, no todos los gestos fueron fraternos.

Junto al príncipe se encontraba el embajador imperial, Lord Varcon, un hombre de lengua afilada, con túnica larga de brocado negro.

Fue él quien tomó la palabra en cuanto la corte se reunió en el salón del trono.

—En nombre del glorioso Emperador Piedraferoz —dijo, inclinándose apenas— transmitimos felicitaciones a Su Majestad Kael por el anuncio de sus futuros matrimonios.

El Imperio celebra la prudencia de sus decisiones, pues con ello no solo asegura estabilidad interna, sino que anexa, por voluntad, a un reino tan próspero como Karvelia bajo el manto imperial.

Las palabras, bañadas en miel, escondían veneno.

Amelia, desde el consejo, lo notó de inmediato.

Sus ojos se entrecerraron apenas, sin interrumpir.

Lord Varcon continuó, midiendo cada palabra: —El Emperador, en su sabiduría, se enorgullece de tener un vasallo tan diligente, que sabe proteger y multiplicar recursos imperiales.

Esa mina en Akaroth, por ejemplo, es prueba viva de que Dravena no olvida quién sostiene su trono.

Un murmullo recorrió la sala.

La mención abierta de la mina era un golpe calculado: el Imperio ya sabía.

Kael no respondió de inmediato.

Antes de que hablara, fue el príncipe Arvorel quien lo interrumpió, levantando una mano.

—Basta de rodeos, Varcon.

—Su voz era firme, y un atisbo de incomodidad le tensaba el rostro—.

No estamos aquí para hablar como contadores de cofres.

Hemos venido a felicitar a un rey que ha logrado lo que pocos: levantar a Dravena de sus cenizas.

El embajador bajó la cabeza, aunque con una sonrisa apenas contenida.

—Por supuesto, alteza.

Solo cumplo con mi deber de recordar los intereses imperiales.

El ambiente se tensó.

La corte draveniana, desde Lady Alessa hasta Seris Talen, percibía el doble filo en cada palabra del emisario.

Unas eran halagos, otras eran amenazas veladas.

Kael, alzando la voz, rompió el silencio: —Agradezco las felicitaciones del Emperador y vuestra presencia, príncipe Arvorel.

Pero permitidme dejar algo claro: Dravena ha prosperado porque ha sabido resistir.

Y aunque mis decisiones busquen fortalecer lazos con el Imperio, no confundiré alianza con servidumbre.

Arvorel lo observó con una mezcla de orgullo y melancolía, como quien escucha a un amigo hablar con la misma fuerza de antaño, aunque bajo cadenas invisibles.

—Siempre fuiste testarudo, Kael —murmuró, apenas audible para él.

Mientras tanto, Amelia se inclinó hacia Alessa, susurrando lo suficiente para que solo ella escuchara: —No son solo felicitaciones.

Es una inspección disfrazada.

Y cada palabra del embajador es un recordatorio de quién sostiene el látigo.

Alessa, con el gesto endurecido, asintió despacio.

—Y, aun así, el príncipe parece más incómodo que nosotros.

La corte entera comprendía: el Imperio se había enterado de la mina, de los matrimonios y de las alianzas.

La visita no era un gesto fraterno.

Era un recordatorio: Dravena podía respirar, pero siempre bajo el peso de la sombra imperial.

La tensión había crecido con cada palabra sobre la mina, con cada alusión velada al oro que el Imperio ya consideraba suyo.

Kael se levantó del trono con la calma de quien carga un peso enorme, pero sin dejar que se note el temblor.

Su voz resonó firme, clara, arrancando el silencio de la sala: —Escuchad bien, señor embajador, y llevad este mensaje al Emperador.

Dravena no anexará reino alguno.

Karvelia es libre y permanecerá libre.

Lo que existe entre nuestros pueblos es una alianza colaborativa, un pacto de mutuo beneficio, no un vasallaje ni una anexión al Imperio.

Un murmullo inquieto recorrió la corte.

Los nobles presentes intercambiaron miradas, incapaces de ocultar su sorpresa por la osadía del rey.

Lady Alessa, erguida a un costado, mantenía la compostura, aunque sus dedos apretaban con fuerza el borde de su vestido.

Amelia, en cambio, observaba cada gesto del embajador con la serenidad de quien mide a un adversario antes de mover su pieza en el tablero.

Lord Varcon alzó una ceja, la mueca de alguien que se sabía dueño del juego, aunque le hubieran arrebatado un movimiento.

—Majestad —dijo con voz sedosa—, las palabras son bellas, pero no cambian la realidad.

Cuando un reino prospera bajo la mirada del Emperador, su prosperidad es prueba de lealtad.

Y cuando un nuevo reino se suma, aunque lo llame “alianza”, no deja de ser parte de la esfera imperial.

Kael avanzó un paso, mirándolo de frente.

—No confundáis colaboración con servidumbre, Varcon.

Karvelia ha elegido caminar junto a Dravena, no bajo el látigo del Imperio.

Por un instante, las palabras quedaron flotando como acero desenvainado.

Fue entonces cuando Arvorel, con el gesto endurecido, rompió la tensión.

—Lo he dicho antes: basta de rodeos.

—Su voz resonó con fuerza, obligando a todos a callar—.

No estoy aquí para escuchar amenazas disfrazadas de cortesía.

Estoy aquí porque respeto a este rey, a quien considero hermano.

El embajador inclinó la cabeza, cediendo a regañadientes, aunque su sonrisa amarga no desapareció.

Amelia aprovechó el silencio.

Dio un paso al frente, con una leve inclinación hacia el príncipe y el embajador.

—Dravena es un reino leal al Imperio, eso nadie lo discute.

Pero no confundamos lealtad con sometimiento.

Mi señor el rey ha sido claro: aquí no se entregan coronas, se forjan alianzas.

Y en esas alianzas, la voluntad de los pueblos no puede ser ignorada.

Varcon la miró con desdén, pero no replicó.

La posición de Kael había quedado marcada como una línea en la arena.

El Imperio escuchaba, sí, pero también observaba, anotando cada palabra, cada atisbo de independencia.

Kael se volvió hacia el príncipe Arvorel y, con voz más baja, pero no menos firme, concluyó: —Mientras yo ocupe este trono, Dravena jamás entregará a un aliado como si fuera moneda de tributo.

El salón quedó en silencio.

La visita había comenzado como una felicitación, pero ya todos sabían que aquel encuentro era, en realidad, una partida de ajedrez: el Imperio sonreía, pero contaba sus piezas; Dravena se alzaba, pero aún bajo la sombra de un coloso.

Las antorchas del salón mayor crepitaban bajo los tapices imperiales.

El vino corría en las copas, pero nadie lo probaba.

La visita de un príncipe imperial ya era un hecho extraordinario; que viniera acompañado de un embajador con rostro de piedra y sonrisa seca, era señal de que el banquete escondía veneno.

El príncipe Arvorel ocupaba un lugar de honor junto a Kael.

Ambos reían de cuando en cuando, recordando sus días en la academia de armas del Imperio, pero bajo la superficie había un hilo tenso que los mantenía alertas.

Detrás de Arvorel, siempre erguido, estaba el embajador Lord Varcon: un hombre enjuto, de mirada afilada, que parecía disfrutar del silencio antes de la emboscada.

Lord Varcon se puso de pie lentamente, como si disfrutara de que todos aguardaran el momento.

Se ajustó la capa, dejó que su mirada recorriera la sala y luego golpeó una vez el suelo con su bastón.

—Majestad, nobles de Dravena… —dijo con voz medida, casi ceremoniosa—.

Traigo palabras que no son mías, sino de labios augustos.

Y pido silencio, pues lo que ha de leerse marcará los meses venideros.

La corte contuvo el aliento.

Kael se inclinó levemente hacia adelante en su trono.

El príncipe Arvorel, sentado a su lado, frunció el ceño, incómodo ya por la teatralidad del embajador.

Varcon desplegó un pergamino con lentitud calculada.

—El Emperador, enterado de la prosperidad repentina de Dravena, considera justo ajustar el tributo trimestral.

Desde este verano, será el doble del acostumbrado.

El murmullo se encendió de inmediato.

Amelia apretó los dientes, los ojos clavados en el embajador.

El gesto no pasó inadvertido para él, que sonrió apenas, como quien guarda un golpe más fuerte.

—Y no es todo —prosiguió, su voz subiendo un tono—.

El Archiduque Imperial, hermano del Emperador, solicita que vuestra consejera, Lady Amelia de Véldamar, abandone esta corte y se una a la suya.

Sus talentos, dice, merecen un escenario mayor.

La sala estalló.

Algunos nobles exclamaron con indignación, otros con sorpresa.

Amelia, rígida, alzó la barbilla con dignidad.

—¡Yo no soy pieza que pueda trasladarse a voluntad!

—su voz estaba llena de furia contenida—.

He servido a Dravena y a su rey.

¡No al capricho de un archiduque lejano!

Kael se levantó de golpe.

Los guardias reaccionaron, el acero brillaba como advertencia.

—¿Qué clase de insulto es este?

—tronó su voz, que retumbó contra las piedras del salón—.

¿Un tributo duplicado, y ahora el intento de arrebatarme a mi consejera?

Varcon no se inmutó.

Caminó unos pasos hacia el centro, dejando que el eco de sus botas llenara el silencio.

—Majestad… —pronunció con lentitud venenosa—.

No olvidéis lo que sois.

Un bastardo que juega a ser rey, sostenido por la paciencia del Imperio.

¿De verdad creéis que podéis desafiar sus designios?

Un grito ahogado se escapó de varias gargantas.

Lady Alessa se levantó de su asiento, el rostro enrojecido de ira.

—¡Moderad vuestro lenguaje!

Arvorel también dio un paso al frente, entre Varcon y Kael.

—¡Basta, Varcon!

No permitiré que mancilléis así a un rey que ha hecho más por su gente que muchos vasallos del Imperio.

El embajador lo miró con una calma hiriente.

—Alteza, no olvidéis vuestro lugar.

El Emperador os envió conmigo para que aprendáis.

Vuestra nobleza os ciega… Yo solo cumplo el mandato que vos también debéis acatar.

Amelia se adelantó entonces, su voz atravesando la tensión como filo de cuchillo.

—¿Y el mandato del Archiduque?

¿Soy acaso una esclava que deba ir donde él ordene?

¡Decidle que si quiere una consejera, que se forje una en su propia corte!

Varcon inclinó la cabeza, fingiendo respeto.

—Sería imprudente rechazar tal honor, mi señora.

Y más aún que vuestro rey os aliente a ello.

Después de todo, ¿qué es Dravena sino una piedra rota bajo el cielo imperial?

El insulto cayó como plomo.

Los guardias apretaron sus lanzas, los nobles se alzaron de sus sillas, y Kael, con el rostro encendido, rugió: —¡Dravena no es piedra rota, sino reino vivo!

¡Y no seré yo quien permita que la dignidad de mi pueblo sea pisoteada!

El silencio que siguió fue helado, como si todo el salón aguardara una chispa para desatar el caos.

El salón se quebró en un instante.

Apenas el rugido de Kael se apagó, los guardias imperiales desenvainaron sus espadas como un solo hombre; el sonido del acero llenó la sala, cortante como un trueno.

La guardia real de Dravena respondió con igual ímpetu, los filos apuntando hacia los extranjeros.

Lady Alessa, en un gesto tan fulminante como inesperado, dio un paso adelante.

Su espada salió de la vaina con un resplandor frío, la punta fija en dirección al pecho de Varcon.

—¡Un paso más y caeréis muerto, embajador!

—exclamó con furia que no dejaba lugar a duda.

Varcon, lejos de retroceder, sonrió con desdén.

—¿Veis, Majestad?

Así se revelan los reinos cuando olvidan su lugar: como fieras rabiosas.

El aire se hizo insoportable, los hombres tensos, a un suspiro de lanzarse unos contra otros.

Fue entonces que el príncipe Arvorel alzó la voz, fuerte, firme, intentando imponerse al estrépito.

—¡Bajad esas armas!

—su grito resonó con autoridad—.

¡Bajadlas todos, ahora!

Sus ojos se clavaron en Kael, implorando y ordenando a la vez.

—Kael, hermano… no lo lleves al extremo.

Haz que tus hombres bajen sus armas.

Si la sangre corre aquí, no habrá palabra que pueda salvarnos después.

¡Déjame hablar con mi padre, yo lo arreglaré!

Kael permanecía inmóvil, la mano firme sobre el brazo de su trono.

Sus ojos oscuros ardían de rabia contenida, pero no se movió.

Arvorel continuó, acercándose con pasos resueltos.

—Recuerda quién eres.

No un bastardo jugando a ser rey, como él osa decir, sino el hombre que unió a Dravena cuando todos daban al reino por perdido.

¡No lo eches a perder por la ira de un segundo!

Los guardias miraban a Kael, esperando su señal.

Amelia, desde el costado, murmuró apenas: —Majestad, escúchelo… no es el momento de romper lanzas en vuestra propia sala.

La respiración de Kael era honda, marcada, como si contuviera un rugido que amenazaba con salir.

Finalmente, alzó la mano, despacio.

—Guardias… bajad las armas.

El acero draveniano obedeció, aunque con renuencia.

Los imperiales vacilaron unos segundos más antes de imitar el gesto, no por obediencia a Kael, sino por la mirada severa del príncipe Arvorel, que no dejaba lugar a discusión.

La tensión no desapareció; quedó suspendida en el aire, como humo después de un incendio.

Varcon guardó silencio, pero en sus labios persistía esa sonrisa de quien sabe que ha herido donde duele.

Arvorel se volvió hacia él, con la voz áspera.

—Embajador, habéis venido a cumplir un mandato, no a provocar una guerra en el corazón de Dravena.

Medid vuestras palabras, porque la próxima vez no habrá quien detenga el acero.

Luego se inclinó hacia Kael, en un tono apenas audible para los demás: —Déjame llevar esto a mi padre.

Él necesita escuchar de mis labios lo que realmente ocurre aquí.

Confía en mí.

Kael lo miró en silencio, la mandíbula tensa, y no respondió de inmediato.

Su pueblo había visto su furia y su contención en la misma noche, y aquella lección sería recordada tanto como la amenaza que aún flotaba sobre todos.

Arvorel siguió a Kael fuera del bullicio del salón, buscando con la vista un punto donde hablar sin que las palabras se volviesen veneno en boca ajena.

Cruzaron un corredor largo, las antorchas proyectando sombras que se estiraban como dedos sobre la piedra.

Cuando se detuvieron, el príncipe apoyó la espalda contra la pared y dejó salir el aire con un gruñido contenido.

—Kael —dijo, sin ceremonias—, esto se nos ha ido de las manos.

Varcon ha tensado la cuerda hasta el punto de ruptura.

No quería que llegase a esto.

Kael lo miró: en su rostro había cansancio, ira y el peso de una decisión que ya no era solo suya.

—Tu embajador no vino solo a felicitar, Arvorel.

Ha venido a comprobar cuánto puede apretar el Imperio antes de que reaccionemos.

Y ha nombrado a Amelia como si fuera un lote para subastar.

Eso… duele.

Arvorel bajó la mirada, culpable.

—Lo sé.

Y a mí me duele más.

No esperaba que Lord Varcon usara mi presencia para humillaros.

Yo le dije que aprendiese de mí, no que me convirtiera en su látigo.

Pero —alzó la mano, buscando sostener la mirada de Kael—, prometo que hablaré con mi padre.

Le diré cómo han sido las cosas, le diré que hay líneas que no conviene cruzar.

Kael esbozó una media sonrisa amargada.

—¿Crees que tu padre escuchará la verdad de un hijo y no la versión venenosa de su embajador?

Él ya sabe de la mina, porque Varcon lo dejó caer.

Ahora sólo falta que interprete la prosperidad como desafío.

El príncipe apretó los puños.

—Entonces hablaremos con franqueza.

No delante de las trompetas ni de los escribas.

Te lo prometo, Kael: iré a la corte imperial y le diré al Emperador que no somos piedra inútil a la que exprimir.

Le diré que Dravena ha salvado a su gente.

Antes de que Kael pudiera responder, Amelia apareció en el umbral —no había salido del salón, pero su figura parecía surgir de la oscuridad misma—.

Sus ojos estaban encendidos, pero no por la furia desbocada: había en ellos resolución.

—Si alguien piensa que yo cruzaré los umbrales del Archiducado por un edicto —dijo, la voz firme y sin doblez—, que lo piense dos veces.

Yo no me iré.

Sólo sobre mi cadáver abandonaré esta corte y a este rey.

La frase cayó como una roca y quedó flotando entre ellos.

Kael sintió un nudo en la garganta; Arvorel, por primera vez, pareció desarmado.

Amelia no buscó aplausos ni gestos: su mirada fue directa, sin concesiones.

—Sois leal —murmuró Kael, casi sin voz—.

Lo sé.

Y por eso mi decisión no cambia: no cederé la mina, no entregaré a Karvelia, y no permitiré que nos humillen.

Arvorel apoyó una mano en el hombro de Kael, con la fuerza de los años compartidos.

—Escúchame: yo intercederé, pero no prometo milagros.

Mi padre escucha a Varcon de otra manera.

Si la presión sube, si el Emperador siente que su autoridad se erosiona, vendrán con tribunales y con ejércitos.

No lo digo para asustarte, sino para que midas los pasos.

Kael respiró hondo; la sangre le latía en las sienes.

—Entonces que lo midamos juntos.

Tú hablarás con tu padre —miró al príncipe con un filo de súplica—, pero a la vez reforzaré nuestras defensas.

Lord Gaeron tendrá órdenes de preparar contingentes; Naeryn mallará ojos en los caminos; Seris cuidará que el tesoro no se disipe en pagas inútiles.

Amelia inclinó apenas la cabeza, satisfecha por la lógica de la respuesta.

—Y yo no me moveré de aquí.

Que lo sepan.

Si el archiduque cree que una carta lo convencerá, que venga él mismo y pida mi consejo en persona.

Yo no me vendo.

Arvorel frunció el ceño, luego asintió con pesar.

—Haré lo que pueda.

Y, Kael… cuando hable con el Emperador, le diré que no ha de confundir lealtad con sumisión.

Vos no buscáis quebrantar el orden; buscáis mantener a vuestro pueblo vivo.

Se quedaron en silencio un largo rato, el sonido lejano de la corte todavía acariciando las paredes.

La velada había dejado cicatrices; las palabras de Amelia, como una sentencia, las marcaron.

—Muy bien —murmuró Kael por fin—.

Que la marcha comience, entonces.

Pero sin precipicios sin sentido: que se vea fortaleza, no terquedad suicida.

Si el Imperio insiste en abrir la boca, tendremos que mostrarle lo que una pequeña corona puede defender.

Arvorel apretó su mano, sincero y dolido.

—Hermanos de armas, entonces.

No os fallaré.

Mientras se alejaban hacia la antecámara, Kael lanzó una última mirada a Amelia.

Ella le devolvió un gesto duro y claro: una promesa silenciosa de permanecer, de pelear.

En la penumbra, donde los ecos todavía olían a acero y vino, cada uno comprendió que la guerra ya no era solo posibilidad: era una puerta que podían abrir, o una que podían cerrar con cuidado.

Pero la llave, esa tarde, la tenían en sus manos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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