Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capítulo XIV Tronos Entretejidos
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15: Capítulo XIV: Tronos Entretejidos 15: Capítulo XIV: Tronos Entretejidos El invierno se había marchado dejando tras de sí un aire de deshielo que no sólo ablandaba los caminos, sino que también habría nuevos cauces en la política de Dravena y Karvelia.
Dos meses habían pasado desde el altercado con el embajador imperial en Véldamar, y en ese tiempo el rey Kael había cumplido con lo prometido: viajó a Karvelia, selló su unión con la reina Aelyne y, con ello, afianzó un poder que hacía apenas un año parecía imposible para un bastardo sin corona.
La boda fue celebrada con solemnidad y sin ostentación excesiva, marcada por la presencia del duque Varengar y el peso de diez mil lanzas que garantizaban la estabilidad del trono.
Poco después, la maquinaria del poder se movió con rapidez: los gremios, antaño columna vertebral de la economía karveliana, fueron sometidos bajo la firme mano de Lord Gaeron.
Sus bienes pasaron a la corona, y su influencia quedó quebrada.
Muchos aceptaron en silencio, otros se ocultaron, pero ninguno osó desafiar al nuevo orden.
Fue entonces cuando Aelyne, con voz suave pero firme, propuso a Kael un paso aún mayor: convertir a Karvelia en un reino vasallo de Dravena.
Kael escuchó en silencio, mirando a la mujer que ahora compartía su lecho y su destino.
Había ternura en sus ojos, pero también la fría lucidez de un gobernante.
—No ahora —respondió tras un largo silencio—.
El Imperio ya nos observa con recelo.
No quiero darles excusa para caer sobre nosotros como un martillo.
Dame tiempo.
La reina aceptó, aunque en su mirada quedó grabado el deseo de consumar aquella unión no sólo de sangre, sino de corona.
El duque Varengar, convertido en virrey de Karvelia, quedó al mando del reino en nombre de su reina.
Su presencia era la espada visible que aseguraba obediencia.
Mientras tanto, Aelyne viajó a Dravena junto a Kael, consciente de que su destino estaba ya entrelazado con aquel trono.
Un mes después, en Véldamar, Kael selló también su compromiso con Lady Alessa de Morvend.
Fue una ceremonia más íntima, aunque no menos significativa.
En ella, el pueblo vio no sólo un rey rodeado de mujeres poderosas, sino un soberano capaz de tejer alianzas que reforzaban la estabilidad de su reino.
Las dos bodas, aunque distintas en naturaleza, se convirtieron en símbolos de un poder creciente que empezaba a incomodar a más de un vecino.
La alianza entre Dravena y Karvelia trajo frutos inmediatos: comercio fluido, mercados abastecidos, tributos compartidos.
La prosperidad empezaba a florecer, y las arcas reales se llenaban con oro, trigo y especias.
Sin embargo, Kael no era ingenuo.
La paz mercantil no bastaba: el acero debía acompañar al oro.
A puertas cerradas, en las estancias donde sólo Amelia y un puñado de consejeros tenían acceso, Kael expuso su plan: invertir en milicia, reclutar hombres más allá de las montañas y del mar, traer veteranos de tierras lejanas que pudieran instruir a sus tropas.
—Si queremos sobrevivir a lo que viene —dijo, con la voz grave—, no basta con contar monedas.
Necesitamos espadas.
Espadas que sepan lo que es la guerra.
Mientras tanto, en Karvelia, el joven príncipe Deyran regresaba de su misión con el semblante sombrío.
No había logrado convencer a Tharavos de entregar a su hermano Kaedric.
Al contrario: descubrió que el príncipe destronado contaba ahora con apoyo extranjero, recursos y promesas de restauración.
El fantasma de la guerra civil se cernía sobre Karvelia, y con él, la certeza de que Kael tendría que enfrentar tarde o temprano la sombra del hermano mayor de su reina.
En los muros de Véldamar, bajo el estandarte recién bordado que unía los símbolos de Dravena y Karvelia, Kael sabía que había ganado tiempo, alianzas y riquezas.
Pero cada paso lo llevaba más cerca del filo donde terminaban los pactos y comenzaba la guerra.
Las campanas de Véldamar repicaban lejanas aquella tarde, cuando en los jardines altos del palacio se encontraron las dos reinas.
El viento de verano traía el olor del mar desde Puerto Estrella, mezclado con el dulzor de las flores recién regadas.
Aelyne, aún vestida con el luto de su padre, contemplaba en silencio las fuentes.
Sus manos reposaban sobre la piedra fría, y su porte mostraba la serenidad aprendida en semanas de trono.
Alessa se acercó despacio, con un vestido azul oscuro que resaltaba la dureza de sus ojos.
—Majestad de Karvelia —dijo Alessa, inclinando la cabeza con cortesía—.
Finalmente tenemos ocasión de hablar sin el bullicio de los lores ni la sombra de Kael.
Aelyne giró apenas el rostro, esbozando una sonrisa calculada.
—No sois una mujer fácil de pasar por alto, Lady Alessa.
Vuestra presencia en la corte se siente… como una ola que se alza antes de golpear.
Alessa dejó escapar una risa breve, sin dulzura.
—Me halagáis.
Pero creedme, no soy una ola: soy la espada que se blande cuando el mar se abre.
Kael me escogió porque necesitaba filo, no caricias.
La reina de Karvelia la observó con un brillo agudo en la mirada.
—Entonces sois la espada… ¿y yo qué soy, según vos?
—Vos sois la corona que legitima su ambición —respondió Alessa sin titubeos—.
Tenéis la herencia de sangre, el reino mercantil, el duque que os respalda.
Yo, en cambio, traigo puerto, acero, y un pueblo que aprendió a sobrevivir cuando todo parecía perdido.
Entre las dos, damos a Kael lo que ningún enemigo esperaba: mar y tierra, espada y cetro.
Aelyne entrecerró los ojos.
—Vuestra franqueza es peligrosa, Lady Alessa.
Otros podrían llamarla arrogancia.
Alessa inclinó la cabeza apenas, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Que lo llamen como gusten.
Lo importante es que Kael tenga claro que ambas somos sus aliadas, no sus enemigas.
La joven reina dejó escapar un suspiro leve.
—No será fácil.
Karvelia no es un reino de espadas, sino de monedas.
Y muchos me llaman usurpadora.
Vuestro pueblo quizá lo acepte, pero el mío… aún duda.
Alessa avanzó un paso, su voz firme.
—Entonces dejad que sea mi filo quien disipe esas dudas.
Con vuestro permiso, pondré hombres de Morvend en vuestras rutas comerciales.
Los gremios no se atreverán a levantar la voz si ven que no estáis sola.
Hubo un silencio cargado.
El agua de la fuente parecía acentuar cada palabra no dicha.
Finalmente, Aelyne asintió con lentitud.
—Acepto.
Pero recordad: no quiero que mi reino dependa de vos más de lo que ya depende de Dravena.
Alessa la miró fijo, sus labios curvándose en una mueca serena.
—No temáis, Majestad.
No busco eclipsaros.
Solo proteger lo que también es mío… porque Kael es nuestra espada, y donde él corte, el mundo sabrá que nosotras lo empuñamos.
Aelyne se quedó mirando ese rostro de mujer que no temía a nada ni a nadie.
Por primera vez, entendió que su reinado no se mediría solo en tratados y coronas, sino también en la fuerza de aquella rival-aliada que compartía el mismo lecho real.
El gran salón de consejo estaba iluminado por hileras de antorchas que lanzaban sombras sobre las paredes de piedra.
Los tapices con el emblema de Dravena ondeaban suavemente cada vez que el viento se colaba por las altas ventanas.
Kael ocupaba la cabecera, vestido con un manto oscuro ribeteado en plata.
Sus ojos recorrían a los lores reunidos: hombres curtidos, cada uno dueño de tierras, vasallos y ejércitos que sostenían la corona.
Alessa no estaba presente, pues atendía las cuentas y la administración de su casa.
Amelia tampoco, moviéndose de un lado a otro para mantener la maquinaria del reino en marcha.
Aquella ausencia hacía que el peso de la decisión recayera directamente sobre el joven rey.
Lord Gaeron, firme como siempre, fue el primero en romper el silencio: —Majestad, habéis convocado este consejo con urgencia.
¿Qué asunto os trae con tanta prisa?
Kael se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre la mesa de roble.
Su voz sonó clara, sin rodeos: —Dravena vive bajo la sombra del Imperio, y si bien nuestras alianzas nos han dado respiro, no podemos vivir eternamente como vasallos obedientes.
Tarde o temprano, esa cadena nos ahogará.
Los lores se miraron entre sí, incómodos.
El joven rey prosiguió: —He puesto los ojos en dos reinos menores al oriente, más allá de nuestras fronteras: Dareth y Nolmir.
Tierras débiles, divididas, incapaces de sostener ejércitos sólidos.
Si los tomamos bajo nuestro estandarte, Dravena duplicará sus recursos y rutas.
Lord Serath, de la Casa Velgaard, arqueó una ceja con escepticismo.
—¿Anexión, decís?
Majestad, esos reinos rinden tributo al Imperio.
Atacarlos sería considerado traición abierta.
¿Está dispuesto a provocar la cólera de quien sostiene vuestro trono?
Kael lo miró con dureza.
—No me sostiene nadie, Serath.
El trono es mío porque Dravena me lo dio.
El Imperio cree que somos una herramienta, pero yo no pienso morir esclavizado a sus designios.
Lord Haron de la Casa Noreval, siempre más calculador, intervino con voz grave: —Si tomamos Dareth y Nolmir, no solo será el Imperio quien responda.
Tharavos también buscará ventaja, alegando que los reinos orientales son su esfera de influencia.
Podríais desatar una tormenta en tres frentes.
Lord Gaeron golpeó la mesa con el puño.
—Tormenta o no, al menos sería nuestra tormenta.
Con dos nuevos reinos anexados, podríamos forjar un ejército digno de un rey libre, no de un vasallo.
Estoy con vos, Majestad.
Los murmullos crecieron.
Algunos asentían con fervor, otros bajaban la mirada, temerosos del riesgo.
Kael alzó la mano para imponer silencio.
—No os he reunido para escuchar miedos, sino verdades.
Decidme, lores de Dravena: ¿queréis que vuestro rey espere, sumiso, a que el Imperio nos aplaste con tributos y edictos?
¿O queréis que levantemos un reino que nuestros hijos llamen libre?
El eco de su voz resonó en la sala.
Hubo un silencio denso, cargado de dudas, de cálculos y de ambición.
Finalmente, Lord Serath volvió a hablar, con un deje de ironía: —Si realmente estáis decidido, Majestad, entonces necesitaréis más que la espada de Gaeron.
Necesitaréis oro, barcos y hombres… muchos hombres.
Kael sostuvo su mirada, sin parpadear.
—Y los tendré.
Con o sin vuestro entusiasmo.
El consejo quedó en silencio, dividido entre lealtad y temor, mientras el joven rey dejaba clara su visión: Dravena ya no sería la piedra rota bajo los pies del Imperio, sino el yunque donde se forjaría un destino propio.
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