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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 CapÍtulo XV – Hilos de Lealtad
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16: CapÍtulo XV – Hilos de Lealtad 16: CapÍtulo XV – Hilos de Lealtad El calor del verano se filtraba hasta el salón del trono, sofocante aun con las ventanas abiertas.

Kael había pasado la mañana revisando informes sobre refuerzos en la frontera, cuando un heraldo irrumpió, empapado en sudor, inclinándose torpemente.

—Majestad… el Archiduque Severian, hermano del Emperador, ha llegado con su comitiva.

El murmullo recorrió la sala.

No era un emisario cualquiera, ni un diplomático de segunda línea: era sangre imperial.

Kael dejó la pluma y, por un momento, se quedó quieto, como si hubiera escuchado un veredicto.

Cuando Severian entró, la corte se inclinó.

No hubo trompetas, pero su sola presencia bastaba para llenar la sala.

El archiduque era alto, de rostro anguloso, y vestía con la sobriedad de quien no necesita adornos para mostrar poder.

Tras él marchaban capitanes y un pequeño séquito de escribanos.

Kael bajó del trono unos pasos, en señal de respeto.

No podía permitirse la soberbia frente a alguien así.

—Bienvenido a Véldamar, Alteza.

Mi casa y mi mesa están a vuestra disposición.

Severian lo observó con una leve sonrisa, como quien mide antes de golpear.

—Os honráis con la hospitalidad, rey Kael.

Mas no he venido por banquetes.

Estoy aquí porque hace dos meses vuestra corte mostró… falta de prudencia con un embajador imperial.

Mi hermano, el Emperador, no olvida.

El silencio se volvió denso.

Algunos lores bajaron la vista.

El Archiduque continuó: —No obstante, no es ese el motivo principal.

Vengo a reclamar lo que el Emperador ha pedido expresamente: Amelia Veynar.

Ella debe acompañarme a la corte imperial.

Kael tragó saliva.

Sintió cómo se tensaban los hombros de su guardia, pero no podían hacer nada.

Ni una espada debía moverse allí.

Amelia no alzó la voz; apenas murmuró: —Majestad… Pero Kael levantó la mano para que guardara silencio.

Sus ojos se fijaron en Severian.

—Alteza… sabéis tan bien como yo que Amelia no es solo una consejera.

Ella es la raíz de mi gobierno.

Si se la llevan, mi reino quedará desnudo.

Severian inclinó un poco la cabeza, impasible.

—Entonces decidme, ¿qué pesa más?

¿Una consejera… o la lealtad de un reino?

Kael respiró hondo.

Sabía que cada palabra debía medirse con cuidado.

No podía alzar la voz, ni mostrarse altivo.

La insubordinación sería el principio del fin.

—No pretendo desobedecer al Emperador —dijo, con tono más dócil, casi suplicante—.

Solo ruego que consideréis otra vía.

Dadme otra prueba de lealtad.

Tributos mayores, hombres para las guarniciones, tierras… lo que mi corona pueda entregar.

Pero no a ella.

El Archiduque entrecerró los ojos, observando como un cazador que mide la desesperación de su presa.

—¿Sois consciente, Kael, de que el Imperio podría tomar vuestra negativa como rebeldía?

Bastaría una palabra mía para que os vierais señalado como insubordinado.

Kael asintió, sin apartar la mirada.

—Soy consciente.

Sé que mi corona podría caer con una orden vuestra.

Y por eso mismo os hablo con franqueza: no niego mi deber, solo pido otra carga.

Si me dais opción de demostrar obediencia de otra manera, la tomaré.

Hubo un instante de silencio.

La corte contenía el aire, como si temiera que cualquier respiro rompiera el frágil equilibrio.

Amelia, en voz baja, dio un paso hacia adelante.

—Si es mi partida lo que impide una guerra, lo aceptaré.

Kael giró el rostro con brusquedad, y sus palabras salieron casi como un rugido contenido: —¡No!

Sobre mi cadáver.

Severian alzó una mano, calmando la tensión con un gesto sereno.

—Lo escucharé.

No prometo nada.

El Emperador exige, y yo obedezco.

Pero llevaré vuestras palabras a la corte.

Y creedme, Kael, mi hermano aprecia a los que saben inclinar la cabeza a tiempo.

El Archiduque se giró hacia Amelia.

—Hasta que llegue su decisión, quedaréis en Dravena.

Pero sabed que sois ya parte de los ojos del Imperio.

Con esas palabras, Severian abandonó la sala, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que cualquier amenaza.

Kael se quedó de pie, inmóvil.

Sabía que había ganado tiempo, nada más.

Y que cada paso dado lo acercaba a una línea que, una vez cruzada, no tendría retorno.

—El invierno traerá noticias del Emperador —murmuró Amelia, apenas audible—.

Y entonces, Majestad, tendremos que elegir si vivir bajo su sombra… o arriesgarnos a morir fuera de ella.

El Archiduque Severian no se quedó en la fortaleza real de Véldamar.

Como muestra de que su visita no era un asedio, sino “cortesía”, aceptó hospedarse en las tierras de Lord Velgaard, a media jornada de la capital.

Era un gesto calculado: ni demasiado lejos para parecer desdén, ni demasiado cerca para intimidar.

Sus banderas imperiales ondeaban en los patios del señorío, recordando a todos que, por unos días, Dravena albergaba al hermano del Emperador.

Esa misma noche, el rey Kael convocó a un consejo íntimo en sus aposentos.

No estaban los lores ni los capitanes; solo él, sus dos esposas —Aelyne y Alessa— y Amelia.

Las lámparas de aceite proyectaban sombras largas sobre los tapices, y en la mesa central se mantenían intactos los cálices de vino.

Nadie había bebido.

Kael, sentado en el extremo, rompió el silencio.

—No puedo permitirlo.

No entregaré a mi consejera como si fuese ganado.

Alessa, recostada hacia adelante, con sus dedos sobre el pomo de su daga ceremonial, lo miró con dureza.

—Majestad, un gesto mal dado puede traer la guerra.

Pero también es cierto que sin Amelia os arriesgáis a quedar sin voz propia.

Aelyne, más serena, entrelazó las manos sobre su regazo.

—Tenéis razón, pero no del todo.

Yo ahora soy reina de Karvelia, y mi pueblo obedece vuestra palabra.

Alessa ha restaurado la dignidad de Morvend.

Entre ambas podemos sosteneros.

La corona ya no descansa sobre un solo pilar.

Kael desvió la mirada hacia Amelia.

Ella se mantenía erguida, con la calma de quien ya había tomado una decisión antes de que se pronunciara palabra alguna.

—Majestad… —dijo ella con voz firme—.

Vuestra lealtad hacia mí os honra, pero ya no soy indispensable.

Me crié para servir a un reino quebrado, y os ayudé a ponerlo en pie.

Ahora, con dos reinas a vuestro lado, habéis ganado fuerzas que antes no existían.

Aelyne aporta visión, Alessa arrojo.

Mi ausencia no dejará un vacío.

Kael golpeó suavemente la mesa con el puño, apenas conteniendo la frustración.

—¿Queréis que os vea partir sabiendo que os entrego como tributo?

¡Eso jamás!

Amelia sostuvo su mirada, serena, pero con un brillo de melancolía.

—No lo veáis como tributo, sino como un escudo.

Mientras el Imperio me crea bajo su manto, no pondrá sus ojos con tanta dureza sobre vos.

Yo puedo soportar esa carga.

Vos debéis seguir gobernando.

Alessa intervino con la voz áspera: —Si Amelia se va, que quede claro: no será porque cedéis como un siervo, sino porque movéis una pieza en el tablero.

El Imperio pensará que os doblegáis, pero en verdad solo guardáis fuerzas.

Kael bajó la cabeza, respirando hondo.

Sus ojos se humedecieron, aunque lo ocultó con la sombra de su perfil.

—Os juro que no me resigno.

Habrá un día en que no tengamos que inclinar la frente ante nadie.

Ese día, Amelia, os traeré de vuelta.

Ella sonrió, leve, sin orgullo ni triunfo, como alguien que ya había aceptado su destino.

—Ese día llegará, Majestad.

Pero hasta entonces, debo ir.

El silencio volvió a envolverlos.

Afuera, en las calles, la ciudad dormía sin saber que dentro de aquellas paredes se decidía el rumbo de Dravena: entre el deber hacia el Imperio y la fidelidad a los suyos.

El amanecer de la partida llegó con un cielo gris, cargado de nubes bajas que parecían pesar sobre los tejados de Véldamar.

La comitiva del Archiduque aguardaba en la plaza, con estandartes imperiales desplegados y caballos de guerra relinchando al viento.

Era un espectáculo diseñado para recordar a todos quién mandaba en los confines del mundo.

Amelia descendió por los escalones de palacio sin titubear, envuelta en un manto oscuro, sencilla y digna.

No vestía como consejera ni como noble: su aspecto era el de alguien que se va en silencio, llevando consigo su valor, pero dejando atrás la mitad de sí misma.

Kael la esperaba al pie de los escalones, con las dos reinas detrás.

No hubo discursos ni protocolos.

Solo palabras ahogadas en el aire helado.

—¿No hay nada que os haga cambiar de idea?

—susurró el rey, apenas audible, como si temiera que los muros lo escucharan.

Amelia lo miró con la serenidad que tantas veces había mostrado en las tormentas.

—Si me quedo, seré la chispa de vuestra ruina.

Si me voy, seré el precio de vuestra paz.

No hay otra elección, Majestad.

Kael tragó saliva, forzándose a asentir.

Sus ojos, sin embargo, revelaban una herida abierta.

—Entonces id… pero recordad que vuestra ausencia dejará un vacío en este trono.

Uno que ni dos coronas podrán llenar.

Ella sonrió, apenas, como quien sabe que esas palabras son más verdad de lo que deberían ser.

Después inclinó la cabeza y se volvió hacia el séquito imperial.

El Archiduque Severian, impasible, extendió un gesto cortés, invitándola a subir al carruaje.

En su mirada brillaba algo más que deber: interés, deseo, tal vez ambición.

Nadie osó comentarlo.

Cuando las ruedas comenzaron a crujir sobre el empedrado, un silencio pesado se extendió por toda la plaza.

El pueblo observaba, murmurando, sin comprender por qué aquella mujer que había guiado al rey partía bajo estandartes ajenos.

Kael permaneció quieto, viendo cómo la figura de Amelia se alejaba.

Sintió la sangre arderle en el pecho, mezcla de impotencia y resentimiento.

No contra ella, sino contra el imperio que le arrancaba una parte de sí.

A su lado, Alessa se tensó, como fiera contenida.

Aelyne, más calculadora, lo observó con la calma de quien comprende que el destino de un rey es perder piezas para salvar el tablero.

Pero Kael no podía pensar en ajedrez ni en estrategias.

Solo en la sombra que Amelia dejaba a su paso, una sombra que lo perseguiría en cada decisión y cada noche sin sueño.

—Se la llevan —murmuró con voz quebrada, apenas audible.

—Y conmigo, se llevan algo que nunca debí entregar.

Las campanas del imperio resonaron al fondo, ahogando cualquier otra palabra.

La sala estaba en penumbras.

Las antorchas chisporroteaban contra la piedra, pero su luz no lograba espantar la sombra que había quedado tras la partida de Amelia.

Kael permanecía sentado en su trono, rígido, con la mirada perdida en el vacío.

El silencio era tan espeso que parecía tragarse hasta el aire.

Alessa entró despacio, sin anunciarse.

Sus pasos suaves sobre el mármol apenas rompieron la quietud.

Se acercó, y con un gesto temeroso, posó la mano sobre el brazo del rey.

—Majestad… —dijo en voz baja, casi un susurro—.

No podéis dejar que os carcoma la culpa.

Amelia decidió su camino.

Kael cerró los ojos.

El gesto de su rostro, endurecido, revelaba que no era culpa lo que lo consumía, sino un dolor que no sabía nombrar.

—No fue una elección —respondió con amargura—.

Fue un sacrificio impuesto.

La entregué como se entrega un tributo.

Y aunque la obediencia me salve de la guerra, me siento más siervo que rey.

Alessa, con la juventud que aún vibraba en su sangre, lo miró con una mezcla de compasión y determinación.

—Sois rey, Kael.

Y no estáis solo.

Tenéis a vuestro lado a quienes os han jurado lealtad… y tenéis a mí.

Permitid que sea yo quien cargue parte de ese peso.

No dejéis que su ausencia os rompa.

Por un momento, el rey la observó en silencio.

Había en ella fuego, esa clase de fuego que no se doblega ante tormentas.

Le dolía admitirlo, pero en su pecho seguía ardiendo la sombra de Amelia, y esa herida lo hacía receloso incluso de la ternura.

Kael se levantó de golpe, caminó unos pasos y alzó la voz hacia la oscuridad.

—¡Naerys!

Como una sombra obediente, la maestra de espías emergió de entre las columnas.

No había sorpresa en su rostro, solo espera.

—Majestad.

El rey la miró con ojos enrojecidos por el cansancio y la rabia contenida.

—Manda llamar a Rhenar Valmor.

Lo quiero en Véldamar antes de que termine la luna.

Naerys inclinó la cabeza, entendiendo más de lo que Kael decía.

—¿Con qué propósito, mi señor?

Kael apretó los puños.

—Es hora de mover nuestras propias piezas.

El imperio cree que puede arrebatarnos lo que es nuestro… y yo no pienso seguir arrodillado.

El silencio que siguió no fue de vacío, sino de expectación.

Alessa lo observó, con el corazón dividido entre la preocupación y el orgullo.

Ese resentimiento que lo carcomía estaba tomando forma, y lo que nacía de él ya no era solo dolor, sino un llamado a la guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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