Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL)
- Capítulo 17 - 17 Capítulo XVI El bastardo y el imperio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Capítulo XVI: El bastardo y el imperio 17: Capítulo XVI: El bastardo y el imperio Año 1, Luna VI — tras el deshielo El invierno había quedado atrás hacía seis lunas, y con la llegada de los primeros brotes de trigo, Dravena marchaba con nuevos bríos.
El rey Kael, fortalecido por sus alianzas y por los ecos aún recientes de sus bodas, miraba hacia el oriente con ambición.
En consejo restringido, con mapas extendidos sobre una mesa cubierta de cera, señaló con firmeza dos nombres escritos en pergamino: Dareth y Nolmir .
—Tierras débiles, partidas en banderías —dijo Kael—.
No poseen ejércitos dignos ni murallas que resistan más de una luna.
Si caen bajo nuestro estándar, duplicaremos recursos y rutas.
Lady Alessa, sentada a su lado, llevaba la mano sobre el vientre, aunque aún callaba el secreto que albergaba.
—Entonces iremos juntos —respondió con serenidad, pero en sus ojos brillaba el filo de una espada—.
Dravena no conquistará con palabras, sino con hierro.
No hubo largas deliberaciones.
La decisión estaba tomada.
En el mes siguiente, los estandartes dravenianos se alzaron sobre las colinas, avanzando con disciplina hacia oriente.
En Dareth , el rey anciano apenas logró convocar a un puñado de caballeros.
La noticia de la fuerza de Kael lo doblegó antes de que las lanzas se cruzaran.
En la sala de su castillo, con las banderas recogidas y la corte temblando, entregó su corona a cambio de conservar la vida de sus hijos.
Kael aceptó, pero con una condición: el trono sería entregado a su sobrino más joven, quien juraría lealtad como barón bajo Dravena.
En Nolmir la historia fue distinta.
Su monarca, un hombre orgulloso y de sangre caliente, quiso resistir.
Reunió a sus milicias campesinas y cerró las puertas de la ciudad.
Pero cuando los dravenianos rodearon los muros y cortaron el suministro de agua, la nobleza interna se quebró.
La propia hermana del rey abrió las puertas durante la tercera luna del asedio.
El rey fue apresado y ejecutado en la plaza, mientras que su heredero, aún adolescente, fue proclamado conde bajo el vasallaje de Kael.
Así, en menos de tres lunas, Dareth y Nolmir pasaron de reinos independientes a señoríos de Dravena.
La corte se celebró con festines y vino derramado sobre las mesas.
Los bardos cantaban el nombre del “rey bastardo que dobló reinos con su estandarte”, y en las aldeas orientales el miedo se mezclaba con respeto.
Pero en los corredores del palacio, cuando la algarabía dormía, Alessa buscó a Kael en privado.
Lo encontré en el balcón, aún con el manto de campaña sobre los hombros, contemplando la luna.
—Amado… —susurró ella, y cuando él giró, tomó su mano y la llevó con firmeza a su vientre.
Kael la miró sin entender de inmediato.
—¿Qué significa…?
—Significa que Dravena no solo tendrá nuevas tierras bajo su estandarte —dijo ella, con una sonrisa suave, pero la voz firme—.
Tendrás un heredero.
Nuestro hijo crecerá bajo estas murallas.
El silencio pesa como un trueno.
Kael, que había hecho temblar a reyes y quebrado coronas, se sintió por primera vez tambalear.
Su mirada buscó el rostro de Alessa, y lo encontró iluminado por la certeza de la vida que germinaba en su interior.
El rey apoyó ambas manos sobre el vientre de su esposa, y la dureza de su expresión se quebró.
—Un hijo…
mío.
—Las palabras escaparon casi en un murmullo, como si no fueran suyas.
Alessa inclinó la frente contra su pecho.
—Sí, Kael.
Y crecerá en un reino que no temerá a imperios ni a usurpadores.
Kael cerró los ojos, y por un instante, todo el peso de Dareth, Nolmir, Karvelia y hasta el mismo Imperio Piedraferoz quedó reducido a ese punto de calor bajo sus manos.
—Entonces que los bardos canten lo que quieran —dijo con voz quebrada, pero firme al final—.
Yo tengo un motivo más grande que conquistar.
El salón principal de Véldamar resplandecía bajo la luz de cientos de candelabros.
El aire estaba impregnado de vino, carne asada y el eco de los bardos que repetían versos en honor al rey que había extendido su estandarte sobre Dareth y Nolmir.
Pero esa noche, las glorias de guerra quedaron eclipsadas por un rumor que corría de boca en boca, como un fuego indomable: la reina Alessa llevaba en su vientre el primer heredero de Kael .
La corte entera acudió a la celebración.
Vasallos, caballeros y damas se inclinaban ante ella con una reverencia distinta, más cargada de respeto que de protocolo.
Alessa sonreía, aunque sus ojos no dejaban de buscar a Kael, que se mantenía de pie al fondo del salón, recibiendo saludos, alzando copas, pero siempre mirando hacia ella.
Cuando la música bajó un instante, fue la reina Aelyne quien se acercó a Alessa.
Sus pasos eran firmes, su vestido plateado arrastraba suavemente por el mármol, y su expresión, aunque radiante, escondía un brillo de orgullo herido.
—Así que por fin decidió decirlo —murmuró Aelyne, inclinándose para besarla en la mejilla.
Alessa la miró con sorpresa.
—¿Lo regs?
Aelyne se acercó con un gesto leve, casi altivo.
—Soy mujer, Alessa.
Lo noté en tu forma de caminar, en tus silencios durante los festines, en esa luz distinta en tus ojos.
—Bajó la voz, para que nadie más las oyera—.
Han pasado dos lunas desde que tu secreto estaba escrito en tu cuerpo.
Alessa abrió los labios, sin palabras.
Aquella certeza la desconcertó más que la propia revelación al rey.
Aelyne la sostuvo por un instante con la mirada, luego sonriendo, pero detrás de esa sonrisa se escondía un destello de amargura.
—Te felicito.
Has dado al rey lo que tanto esperaba… un heredero.
Hubo un silencio breve, roto solo por las risas lejanas de los cortesanos.
Entonces Aelyne, como quien confiesa algo que pesa demasiado, añadió: —Seis lunas han pasado desde mi unión con Kael, y aún mi vientre permanece vacío.
—Sus dedos se apretaron con fuerza en la copa de vino que sostenía—.
Y aunque soy reina de Karvelia, y mi trono se alza firme gracias a su espada, ¿de qué sirve todo eso si no logro asegurar mi linaje?
Alessa la miró, conmovida, pero también cautelosa.
—Los dioses marcan sus tiempos, Aelyne.
No todo depende de nosotras.
La karveliana desvió la vista hacia Kael, que reía con un grupo de lores, la copa en alto.
—Entonces necesito más tiempo con él —dijo en voz baja, con un dejo de súplica disfrazada de determinación—.
Si voy a darle un hijo, no puedo dejar que tú seas la única que lo reclame noche tras noche.
El silencio entre ellas fue denso, casi insoportable.
Alessa apretó los labios, sorprendida por la franqueza.
Nunca había esperado que Aelyne le hablara con tanta desnudez.
Finalmente, la joven draveniana respondió con suavidad, pero sin ceder del todo: —El rey nos pertenece a ambas, Aelyne.
Pero el tiempo…
el tiempo sabrá a quién bendecir primero.
Aelyne se acercó, aunque su mirada ardía con un fuego contenido.
El júbilo del salón parecía ajeno a la tensión que crecía entre las dos reinas.
Ambas sonrieron para las cortesanas que las observaban, ambas alzaron copas juntas en honor a Kael… pero en el fondo de sus corazones, una sombra de rivalidad había nacido.
Kael, desde su lugar, alcanzó un ver ese instante en que sus esposas levantaban las copas una al lado de la otra.
A los ojos del mundo eran un mismo pilar para su reinado, pero él, que las conocía de cerca, supo leer lo que se escondía: orgullo, ambición y un choque inevitable que tarde o temprano se desataría.
El salón brillaba con música y vino, los lores chocaban copas y las damas reían tras abanicos bordados.
Pero entre aquel murmullo festivo, los heraldos hicieron sonar las trompetas.
Las puertas se abrieron y una figura entró con paso seguro.
—¡Lady Serenya de Nolmir, regente de su sobrino, heredero del reino!
—anunció el heraldo.
La mujer avanzó sin titubear, su manto gris arrastrándose sobre el mármol.
Los murmullos crecieron entre los invitados; pocos esperaban verla en una corte que apenas digería la anexión de Nolmir.
Serenya no parecía intimidada.
Hizo una reverencia justa, sin sumisión exagerada.
—Majestad —dijo al inclinarse ante Kael—, me uno a la celebración por vuestro heredero.
Que su nacimiento sea un augurio de estabilidad, algo que mi pueblo anhela tras tantas sombras.
Kael ascendió, observándola con curiosidad.
—Sois bienvenida en Véldamar, Lady Serenya.
Vuestro sobrino, ¿cómo se encuentra?
Ella mantuvo la mirada sin titubear.
—Joven, asustado y con demasiadas preguntas.
Los niños no entienden de coronas manchadas con sangre, pero Nolmir aún tarde en sus manos.
Vine a asegurarme de que Dravena no lo olvide.
Un silencio breve siguió a sus palabras.
Alessa, que estaba a la derecha de Kael, tensó la mandíbula, mientras Aelyne, con fría compostura, se permitía una sonrisa enigmática.
—Vuestro sobrino tendrá un lugar en mi corte cuando llegue su hora —dijo Kael con voz grave—.
Nolmir será recordado no como un reino sometido, sino como aliado que entregó su fuerza al mar bajo mi estandarte.
Serenya inclinó levemente la cabeza.
—Entonces, Majestad, mi pueblo construirá barcos para vuestra causa.
No pedimos clemencia, sino propósito.
Y si el mar debe ser nuestro camino, que así sea.
Las copas volvieron a alzarse, la música retomó su fuerza, y las cortesanas fingieron que nada disruptivo había ocurrido.
Pero en el corazón de aquella sala, Kael sabía que una nueva pieza acababa de entrar al tablero.
Serenya no era una regente pasajera.
Era una mujer con voz y carácter, capaz de inclinar el rumbo de un reino entero.
Él lo vio claro: Dravena había conquistado a Nolmir con espadas, pero requeriría algo mucho más complejo.
Horas después, cuando el bullicio de la fiesta comenzó a apagarse y los músicos guardaban sus instrumentos, Kael hizo llamar a Lady Serenya.
La recibió en una cámara lateral, iluminada por antorchas y con un ventanal que dejaba ver la luna entera bañando los techos de Véldamar.
Ella entró erguida, sin el menor rastro de nervios.
Se quitó el manto gris, dejando ver un vestido sencillo, de telas finas pero sin adornos exagerados.
Parecía saber exactamente la impresión que quería dar: sobriedad, firmeza, respeto.
—Majestad —saludó con una inclinación breve.
Kael, de pie junto a la ventana, la observó un instante antes de responder.
—Hablad con libertad.
Aquí no hay oídos de cortesanos ni ruido de copas.
Serenya dio un paso adelante.
—Vengo en nombre de mi sobrino, pero también en nombre del pueblo de Nolmir.
No os pediré indulgencia, ya sabéis que no vine a llorar derrotas.
Vine a preguntar… ¿qué lugar ocupará Nolmir bajo tu corona?
Kael la midió con la mirada.
—Vuestro rey se alzó contra mí.
Nolmir perdió.
El precio de la derrota lo habéis visto.
Pero no soy hombre que busque desangrar lo conquistado.
Quiero que Nolmir produzca, que prospere, que dé frutos bajo Dravena.
Ella frunció el ceño, sin bajar la vista.
—Y ¿qué de mi sobrino?
¿Será solo un adorno, un título sin poder?
Si me pides que lo crie bajo tu sombra, debo saber qué futuro le espera.
Kael se cruzó de brazos, reflexivo.
—Cuando llegue a la edad justa, vuestro sobrino será nombrado conde de sus tierras, bajo el estandarte de Dravena.
No reinará como monarca, pero tampoco será un fantasma.
Tendrás voz en mi consejo cuando lo merezca.
Un destello recorrió los ojos de Serenya.
—Entonces no lo habéis condenado a la oscuridad… aún.
Kael arqueó una ceja.
—Habéis hablado como mujer de temple.
Y eso me hace preguntarme… ¿qué buscáis vos?
Serenya lo miró fijamente, con una calma que helaba más que cualquier vendaval.
—Lo que busco es que Nolmir no se convertirá en simple botón.
Quiero garantizar que su gente sea respetada, que no sean tratados como esclavos de un reino conquistador.
Y si he de ser franca, Majestad, mi sobrino aún es niño.
Mientras tanto, alguien debe velar por él, por sus tierras, por su nombre.
Kael comprendió en ese momento lo que ella estaba pidiendo sin decirlo: no renunciaría a su influencia, quería mantenerse en el tablero.
—Os quedaréis como regente —dijo al fin—, hasta que el muchacho alcance la edad.
Pero vuestras decisiones estarán bajo mi escrutinio.
Serenya inclinó la cabeza, con una leve sonrisa.
—Eso es suficiente, Majestad.
A veces gobernar no es tomarlo todo, sino saber qué parte conviene guardar.
Kael no respondió de inmediato.
La miró mientras se retiraba, con la seguridad intacta en cada paso.
Cuando la puerta se cerró, el joven rey salió escapar un suspiro.
Entendió que aquella mujer no sería fácil de doblar, y que si algún día su sobrino decidió rebelarse, sería bajo la sombra firme de su tía.
Por ahora, había ganado una aliada… aunque una que podía convertirse en rival si las circunstancias cambiaban.
Más tarde aquella misma noche, Kael se retiró a sus aposentos.
Allí lo guardaban Alessa y Aelyne, cada una con un semblante distinto: la primera con la mirada encendida, impaciente por saber, y la segunda con la calma tensa de quien mide cada palabra antes de lanzarla.
Kael dejó la capa en el respaldo de una silla, se sirvió una copa de vino y habló sin rodeos: —He visto a Lady Serenya.
Es más astuta de lo que muchos suponían.
Ha exigido garantías para Nolmir, y las tendrá.
Seguirá como regente hasta que el muchacho alcance la edad.
Alessa chasqueó la lengua, con evidente desdén.
—Y vais a confiar en ella?
Esa mujer tiene ojos de loba.
No se resignará a ser sombra de un niño.
Gobernará como si fuese reina, aunque no tenga corona.
Aelyne intervino con un tono más sereno, aunque no menos incisivo: —Quizá precisamente eso la hace útil.
Mientras su sobrino crece, ella mantendrá el orden en Nolmir.
No todos los nobles aceptan de inmediato un cambio de estándar.
Si Serenya se ocupa de calmar a su pueblo, podéis centraros en la expansión sin encender más hogueras.
Kael bebió un sorbo y dejó la copa en la mesa.
—No niego que me inspira cautela.
Pero prefiero tenerla cerca y atada por la palabra que dejarla moverse en la oscuridad.
Alessa dio un paso adelante, clavando sus ojos en los de Kael.
—Atada por la palabra… ¿y qué pasa cuando la rompa?
Ya hemos visto cómo termina la indulgencia con los que se creen dueños de su propio destino.
Aelyne esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Vuestra espada es afilada, Alessa, pero no siempre es la mejor respuesta.
A veces la paciencia rinde frutos más duraderos que la sangre.
Kael levantó la mano, cortando la réplica que se avecinaba.
—Basta.
No os traje aquí para pelear entre vosotras.
Serenya es regente, no reina.
Y mientras yo viva, ninguno de mis vasallos olvidará esa diferencia.
El silencio se extiende un instante.
Alessa se giró hacia la ventana, conteniendo su ira.
Aelyne, en cambio, inclinó levemente la cabeza hacia Kael.
Finalmente, Alessa habló sin volverse.
—Solo recordad, Majestad, que las serpientes se arrastran en silencio antes de morir.
Alessa había partido a sus aposentos, dejando tras de sí un rastro de incomodidad apenas disimulado.
Aelyne, en cambio, permaneció junto a Kael en la cámara silenciosa, iluminada apenas por el fuego de la chimenea.
Se acercó con la cadencia medida de quien no duda de su poder y, posando la mano sobre el hombro del rey, habló con voz baja, casi un susurro: —Majestad… vos sabéis que mi deber como reina no está completa.
El pueblo espera que mi vientre os dé un heredero, y yo no aceptaré que se diga que mi hermana de corona me ha vencido en ese deber.
Dadme más de vuestro tiempo, más de vuestra atención… Kael la miró, cansado pero consciente del filo de aquellas palabras.
Antes de poder responder, un golpe seco retumbó en la puerta.
“¿Quién osa interrumpir a estas horas?
—gruñó Kael.
La hoja se abrió con cautela y un soldado entró, con el yelmo aún puesto, respirando agitado como si hubiera corrido por todo el castillo.
Se arrodillo sin levantar la vista.
—Majestad…
traigo un mensaje urgente del virrey Varengar, desde Karvelia.
El aire parecía helarse.
Kael frunció el ceño.
—Habla.
El soldado tragó saliva, y su voz tembló al pronunciar las siguientes palabras: —La ciudad de Karvelia ha sido sitiada… El príncipe Kaedric ha regresado con un ejército mercenario de veinte mil hombres.
El silencio fue brutal, como una daga hundida en el pecho.
Aelyne se levantó de inmediato, la mano aún crujiente sobre el respaldo de la silla.
Sus labios palidecieron, pero sus ojos ardieron con una furia contenida.
—¡Imposible!
—exclamó, la voz quebrada entre incredulidad y rabia—.
¡Kaedric no pudo reunir semejante fuerza por sí mismo!
Kael se levantó con brusquedad.
—Entonces Tharavos le abrió las puertas y las arcas —dijo, apretando los puños—.
Solo ellos tienen el oro suficiente para pagar veinte mil espadas.
El soldado inclinó la cabeza aún más, como si temiera la reacción de su rey.
—El virrey pide instrucciones inmediatas, Majestad.
Dice que los muros resisten, pero el enemigo bloquea las rutas.
El tiempo no juega a nuestro favor.
Aelyne avanzó hacia Kael, con su respiración agitada.
—¡Debéis marchar!
¡Debéis salvar mi reino, vuestro reino aliado!
¡No permitiré que ese usurpador robe lo que me pertenece!
Kael la sostuvo con la mirada, el corazón golpeándole en el pecho.
Sabía que la decisión que tomaría en ese instante marcaría el rumbo no solo de Karvelia, sino del destino de Dravena entero.
El silencio se volvió a caer en la estancia, interrumpido solo por el crepitar del fuego.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com