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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capítulo XVII El Retorno del Príncipe
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18: Capítulo XVII: El Retorno del Príncipe 18: Capítulo XVII: El Retorno del Príncipe Kael permaneció de pie, con la sombra de las llamas dibujándole un rostro endurecido.

Su silencio era más pesado que cualquier palabra.

Aelyne lo observaba con los ojos cargados de expectación, como si en la próxima frase pudiera decidirse la vida o la muerte de Sarnavel.

Finalmente, el rey habló: —Convocad a mis lores… y a Lord Gaeron.

El soldado asintió de inmediato, retrocediendo con una reverencia torpe antes de salir apresurado.

La puerta quedó cerrada, y el murmullo del pasillo se extinguió.

Kael se giró hacia Aelyne, acercándose a ella con paso lento.

—Si marcho con todo mi ejército, Dravena quedará expuesta.

Si envío solo un destacamento, Karvelia podría caer antes de que lleguemos.

Aelyne respiró hondo, clavando la mirada en él como una daga.

—¿Entonces?

¿Dejaréis que mi pueblo muera mientras vos resguardáis las murallas de vuestra piedra rota?

Kael alzó la voz, un rugido que hizo vibrar los muros:  —¡No me provoquéis, Aelyne!

Vuestro pueblo es ahora mi pueblo, vuestra corona está atada a la mía.

Pero un rey que divide sus fuerzas condena a ambos reinos.

En ese instante, la puerta volvió a abrirse, y Gaeron entró, seguido por un par de lores que habían sido despertados de sus camas.

El veterano inclinó la cabeza, serio, y fue directo a la mesa donde yacían los mapas.

—La noticia corre ya por todo el castillo, Majestad.

Sarnavel está cercada, y el príncipe ha regresado con fuego en las venas.

Necesitáis decidir, y pronto.

Kael se acercó al mapa, apoyando las manos sobre la mesa de roble.

—Si partimos mañana con todo el ejército, llegaremos en tres lunas.

Pero eso dejaría a Dravena desnuda frente al Imperio.

Gaeron lo interrumpió con tono seco:  —Entonces enviadme a mí primero.

Tres mil hombres, caballería y arqueros.

Resistiremos lo suficiente hasta que vos lleguéis con la hueste completa.

Los lores intercambiaron miradas turbias, unos aprobando con un murmullo, otros negando con muecas de temor.

Aelyne dio un paso al frente, con el rostro ardiendo de furia.

—¡No es suficiente!

Mi hermano trae veinte mil mercenarios.

¡Tres mil no son más que un sacrificio inútil!

Gaeron le sostuvo la mirada con firmeza.

—Sacrificio o no, Majestad, vuestra ciudad necesita tiempo.

Y eso es lo que voy a daros.

Kael cerró los ojos un instante, sintiendo el peso del hierro en sus hombros.

Cuando los abrió, había decisión en ellos.

—Así será.

Gaeron partirá al amanecer con tres mil hombres.

Yo prepararé la hueste de Dravena y marcharé detrás.

Que Sarnavel resista hasta que lleguemos.

Aelyne maldecía con pasos rápidos, recorriendo la sala como una fiera enjaulada.

Sus manos temblaban, no de miedo, sino de rabia contenida.

—¡No me quedaré de brazos cruzados mientras ese traidor asfixia a mi ciudad!

—exclamó, girándose hacia Kael—.

Marcharé junto a Lord Gaeron, y juntos romperemos el cerco.

Kael se alzó de golpe, con la voz cargada de autoridad.

—¡No lo permitiré!

—el eco de sus palabras retumbó en las paredes de piedra—.

Vos sois reina, Aelyne, y vuestro deber es salvaguardar la corona, no arriesgarla en el campo.

Yo reuniré la hueste de Dravena, pero hasta entonces vos permaneceréis aquí.

Aelyne lo fulminó con la mirada, los labios temblándole por la furia.

—¿Y mientras tanto qué?

¿Ver cómo mi hermano se proclama dueño de Karvelia?

¡No soy una doncella de salón, Kael, soy hija de reyes!

Lord Gaeron intervino con la calma de un soldado curtido.

—Majestad, vuestra presencia en el frente sería un riesgo que el enemigo aprovecharía.

Confiad en mí.

Yo cabalgaré hacia Sarnavel con los míos.

Resistiremos lo suficiente hasta que el rey llegue con la hueste completa.

Kael posó una mano firme en el hombro de Aelyne.

—Tu voz será escuchada, pero tu sitio está aquí, a mi lado.

Karvelia necesita una reina viva más que una mártir en las murallas.

Aelyne cerró los ojos un instante, pero el fuego en su pecho no cedió.

Asintió, aunque su silencio fue más un desafío que una aceptación.

Mientras tanto, en Karvelia, el virrey Varengar y el príncipe Deyran habían reunido lo que podían: diez mil hombres del virrey y tres mil leales a Deyran.

Trece mil en total, apostados en los muros y campamentos alrededor de Sarnavel.

Frente a ellos, en las colinas cercanas, flameaban los estandartes de Kaedric y de los capitanes mercenarios que lo seguían.

Dos fuerzas se observaban con la tensión de una cuerda a punto de romperse.

En el salón del consejo del castillo de Altharys, Varengar golpeó la mesa con el puño cerrado.

—Si atacamos de frente, seremos arrasados.

Necesitamos resistir detrás de los muros, ganar tiempo hasta que Dravena envíe socorro.

Deyran, con el rostro sombrío, replicó:  —Resistir no basta.

Es mi hermano.

Si no lo confronto, la gente creerá que vacilo en reconocer su derecho.

Pero tampoco puedo derramar su sangre sin dividir a Karvelia para siempre.

Varengar lo miró con dureza.

—Si no lo detenéis, no tendréis reino que heredar.

Sed príncipe, no hermano.

Deyran apretó los dientes, consciente de que la decisión pesaba tanto como el filo de una espada.

Afuera, los tambores de los mercenarios marcaban el paso de un enemigo que no había venido a negociar, sino a reclamar un trono por la fuerza.

Mientras tanto en Karvelia, el frío de la mañana caía sobre los muros de Sarnavel cuando Deyran salió a recibir al mensajero de su hermano.

El hombre, montado en un corcel negro, avanzó con arrogancia hasta el foso, desplegando un pergamino sellado con el emblema de Kaedric.

La voz del emisario resonó ante la multitud de soldados reunidos: —Por orden de Su Alteza, el príncipe Kaedric de Karvelia, legítimo heredero del rey Altharion, se exige la rendición inmediata de la ciudad y el reconocimiento de sus derechos al trono.

A quienes depongan las armas se les garantizará el perdón.

A quienes resistan… solo les espera la ruina.

Un murmullo recorrió las filas de los defensores.

El capitán Rhovann, veterano de la guardia de Deyran, dio un paso al frente, la barba tensa y los ojos cargados de dudas.

—Mi señor, ¿no deberíamos considerar esta oferta?

El príncipe Kaedric tiene la sangre del rey.

Su derecho es más claro que el vuestro… y muchos en la ciudad lo recuerdan como tal.

¿Vale la pena resistir si al final solo estamos alargando lo inevitable?

Deyran lo miró en silencio por un instante, con el viento helado agitando su capa.

Después, su voz se alzó firme, sin temblar: —Ser rey no es cuestión de sangre únicamente, capitán.

Es cuestión de fuerza.

Aquí no gobierna el más legítimo, sino el más fuerte.

Rhovann abrió la boca para replicar, pero Deyran lo interrumpió, con el puño sobre el pomo de su espada.

—Si Kaedric llega al trono, Karvelia no será más que una marioneta de Tharavos.

Y bajo un tirano extranjero, ¿qué será de vuestras familias, de vuestros hijos?

El silencio cayó como un manto pesado.

Los hombres asintieron, algunos golpeando sus lanzas contra el suelo en señal de apoyo.

El mensajero, molesto, intentó insistir.

—¿Es esa vuestra respuesta?

Deyran dio un paso adelante, sus ojos fijos en el emisario.

—Sí.

Decidle a mi hermano que Karvelia no se inclina ante quien compra un trono con oro ajeno.

Si quiere la corona, que la arranque con sangre.

El mensajero palideció, dio media vuelta y espoleó su caballo, perdiéndose hacia las colinas donde ondeaban los estandartes de Kaedric.

En lo alto de los muros, Varengar se acercó a Deyran.

—Habéis ganado un día de lealtad de vuestros hombres… pero también habéis firmado la guerra.

Deyran sostuvo la mirada en el horizonte, donde se alzaba el campamento mercenario.

—La guerra ya estaba firmada, Virrey.

Mi hermano la eligió cuando se vendió a Tharavos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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