Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 19
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19: Capítulo XVIII – Las murallas de sangre 19: Capítulo XVIII – Las murallas de sangre El fragor de la guerra llevaba ya tres días devorando las murallas de Sarnavel.
El humo de los incendios manchaba el cielo y el olor a hierro y carne chamuscada impregnaba cada calle del bastión.
El príncipe Deyran no había dormido más que breves instantes, siempre armado, siempre en movimiento.
Desde lo alto de la muralla oriental, gritaba órdenes con la voz ronca por el cansancio.
—¡Alzad los escudos!
¡No dejéis que rompan la línea!
A su lado, los jóvenes soldados lo miraban con un respeto que iba creciendo con cada carga rechazada.
La sangre le manchaba la armadura, pero sus ojos ardían con la misma firmeza que el primer día.
En el bastión central, el virrey Varengar dirigía la defensa con fría estrategia.
Había dividido a los trece mil hombres entre los accesos principales, guardando siempre una lista de reserva para tapar cualquier brecha.
Su voz grave retumbaba en la sala de mando, mientras los mensajeros entraban y salían jadeando.
—El tercer portón aguanta.
Los ballesteros en la torre norte deben mantener el fuego constante.
Nadie abandona su puesto sin mi orden.
Frente a ellos, el ejército mercenario de Kaedric, veinte mil hombres al servicio del oro de Tharavos, parecía interminable.
Campaban como langostas en torno a la ciudad, hospedando los muros día y noche, enviando oleadas de asaltos que desgastaban poco a poco las defensas.
Al anochecer del tercer día, los estandartes negros de Kaedric se agitaron con más fuerza.
Comenzó una nueva carga, más organizada, más brutal.
Deyran alzó la espada, jadeante, y miró hacia el bastión donde sabía que Varengar observaba.
—¡Hoy no caerá Sarnavel!
—rugió, y sus hombres respondieron golpeando las lanzas contra los escudos, un eco metálico que resonó como un desafío contra el mar de enemigos.
Varengar, desde lo alto, apretó los puños.
Sabía que resistir era posible… pero no para siempre.
Y mientras el fragor llenaba el aire, en el corazón de la ciudad se corría un rumor: que Kael de Dravena marchaba ya con sus huestes para romper el sitio.
El tercer día del asedio ardía con furia.
La ciudad de Sarnavel estaba envuelta en humo y gritos, el cielo ennegrecido como si los dioses hubieran abandonado Karvelia.
En la línea occidental, donde los muros eran más antiguos y las torres más bajas, los mercenarios de Kaedric se arremetían con furia renovada.
Escaleras de asalto golpeaban contra la piedra, y oleadas de lanzas buscaban abrir brechas en la defensa.
Los hombres de Deyran ya se hallaban exhaustos, algunos apenas podían sostener el escudo.
—¡Resistió!
¡Aguantada los portones!
—gritaba Deyran, aunque sabía que estaban a punto de ceder.
En ese instante, un cuerno retumbó desde la retaguardia.
Los defensores giraron la vista incrédulos: una columna de jinetes atravesaba la puerta interior de Sarnavel, cargando con el polvo del camino aún en sus capas.
En su frente, con la armadura abollada y sangre seca en el rostro, cabalgaba Lord Gaeron.
—¡Abríos!
¡Abríos, mar maldita!
—bramó, alzando la espada.
Tras él, su regimiento entró en tromba, golpeando contra los mercados que habían logrado ganar terreno dentro de la línea.
El choque fue brutal: el acero de Dravena contra los contratados de Tharavos.
La línea occidental, que se tambaleaba al borde del colapso, recobró el aliento con el rugido de Gaeron y sus hombres.
Deyran, desde lo alto de la muralla, vio la irrupción con los ojos encendidos.
Bajó de inmediato al portón, espada en mano, y se unió a la refriega.
—¡Señor Gaeron!
¡Llegáis en la hora justa!
El veterano río entre dientes, pese a la sangre que le manaba de una ceja abierta.
—He visto muros caer más firmes que estos, príncipe.
Pero no hoy.
No mientras respiras.
Juntos empujaron la línea, golpe a golpe, hasta recuperar el control de la brecha.
Los mercenarios retrocedieron entre gritos, arrastrando heridos y cadáveres, mientras los defensores alzaban un clamor de victoria momentánea.
En el bastión, Varengar observaba la escena y permitió que, por primera vez en tres días, un atisbo de esperanza cruzara su semblante.
—El rey Kael eligió bien a su perro de guerra… —murmuró.
Pero aunque la línea occidental resistía, el ejército de Kaedric seguía intacto, veinte mil hombres aún cercando la ciudad.
Y todos en Sarnavel sabían que aquella victoria era solo un respiro, no la salvación.
El amanecer del cuarto día llegó teñido de humo y ceniza.
Los estandartes rojos de los mercenarios ondeaban aún frente a Sarnavel, pero algo había cambiado: los muros resistían, y en las laderas occidentales se veían los cuerpos de cientos de hombres de Tharavos que yacían sin vida.
Desde la colina, el príncipe Kaedric apretaba los dientes al contemplar el caos.
Había pagado veinte mil lanzas, pero en cada embestida encontraba un muro más firme que el anterior.
Sus capitanes murmuraban, algunos ya descontentos, señalando que los soldados de Dravena peleaban como si no conocieran el miedo.
—Son demonios entrenados por Piedraferoz… —escupió Kaedric, con rabia contenida—Claro que saben resistir.
Su orgullo no le permitió permanecer sentado más tiempo.
—¡Ensillad mi caballo!
—rugió.
Los hombres a su alrededor lo miraron sorprendidos, pero el príncipe continuó—: ¡Hoy no será un espectador!
¡Hoy probarán que la sangre de Karvelia aún gobierna!
Los heraldos repitieron su orden, y pronto Kaedric montó con la armadura bruñida y la capa ondeando tras de sí.
El ejército lo vitoreó, pero muchos sabían que aquel gesto era tan desesperado como arriesgado.
Dentro de Sarnavel, el virrey Varengar contemplaba la escena desde la torre más alta del bastión.
Reconoció de inmediato la arrogancia en la figura de Kaedric avanzando hacia la línea de batalla.
Un destello de odio cruzó su mirada.
—¡Que preparen mis armas!
—ordenó, con voz dura como el hierro.
Un capitán, sorprendido, dio un paso adelante.
—Mi señor, no podéis arriesgar vuestra vida en esta nevera… Varengar lo interrumpió con un grito.
—¡Basta de consejos de cobardes!
Ese bastardo engreído ha traído el caos a mi reina ya mi ciudad.
¡Juro que yo mismo cortaré su cabeza y la pondré en una pica frente a los muros!
La determinación del virrey prendió fuego en los defensores.
Sonaron los cuernos, y la guarnición de Karvelia cargó desde la puerta occidental para unirse a Lord Gaeron y sus hombres de Dravena.
El aire vibraba con los gritos de guerra, el estruendo de acero contra acero, y el hedor de sangre recién derramada.
Deyran, desde el adarve, observaba con creciente preocupación.
Quiso bajar, pero un guardia lo detuvo.
—¡Vuestra Alteza, el virrey ha dado orden de que os retireis a la ciudadela!
— ¿Qué decís?
—exclamó Deyran, con el rostro encendido—.
¡Mis hombres luchan ahí abajo, no me esconderé como un niño!
El guardia se arrodillo ante él, casi suplicando.
—Mi príncipe… si algo os sucede, no habrá nadie de tu sangre que pueda unir el reino en ausencia de la reina.
¡Por los dioses, obedeced!
Deyran, con los puños cerrados, pasó a regañadientes.
Mientras se retiraba hacia la seguridad de la fortaleza, podía escuchar el rugido del combate creciendo.
Allí, en el campo abierto, Varengar había cumplido su palabra: montó con furia desbordada, espada en mano, atravesando el frente como una tormenta humana.
Sus ojos solo buscaban a un hombre.
Y Kaedric, con la lanza baja y la mirada fija, también había decidido que ese día debía probar quién era el verdadero rey de Karvelia.
El campo se tiñó de rojo.
Tres días de asedio habían soportado a los defensores, pero la entrada de Lord Gaeron desde el oeste y el arrojo del virrey habían encendido la batalla como nunca.
El rugido de los hombres de Dravena, junto al acero karveliano, retumbaba por todo el valle.
Entre ese infierno de lanzas y escudos, Kaedric se alzó como un estandarte vivo.
Su juventud, la arrogancia que siempre lo acompañaba, se transformó en furia.
Avanzó con un grupo de guardias mercenarios, derribando a cuanto soldado encontró a su paso, y pronto su nombre se repetía en los gritos de guerra.
—¡El príncipe!
¡El príncipe lucha con nosotros!
El fervor lo rodeó.
A cada tajo, a cada embestida, más hombres se volcaban a su causa.
Pero esa notoriedad, ese brillo que por un instante lo hizo parecer un rey en ciernes, atrajo también la mirada que nunca hubiera deseado.
Varengar, el virrey, se abrió paso entre la multitud como una tormenta de hierro.
Su armadura estaba cubierta de sangre enemiga y su caballo relinchaba como un demonio.
Al verlo, Kaedric sintió un nudo en el pecho: no era un capitán cualquiera, era el mismísimo señor que defendía a Karvelia en nombre de su hermana.
—¡Kaédrico!
—bramó Varengar, su voz como un trueno que se impuso al fragor de la batalla—.
¡Hoy pagarás por tu traición!
El príncipe apretó los dientes, bajó la visera y alzó su lanza.
—¡Soy el rey legítimo, y vos no sois más que un perro guardián!
El choque fue brutal.
La lanza de Kaedric pasó rozando el hombro del virrey, mientras la espada de este cortaba el aire con tal fuerza que quebró el asta en dos.
Kaedric rodó por el suelo, recuperándose de inmediato, blandiendo ahora la espada corta que llevaba al cinto.
El duelo se volvió un espectáculo.
Mercenarios y dravenianos detuvieron su lucha solo para abrir un círculo en torno a los dos hombres.
El joven príncipe se movía rápido, veloz como un halcón, lanzando tajos precisos.
Su fuerza era la de la ambición y el fuego de la juventud.
Pero Varengar era otra cosa.
Sus pasos eran firmes, su guardia impenetrable, y cada golpe de su espada era un juicio.
Era la experiencia hecha carne, un hombre forjado en decenas de campañas, un dios de la guerra que no conocía el miedo.
—¡Vuestros juegos de nobleza no os salvarán, muchacho!
—gruñó, desviando un tajo y contraatacando con una fuerza que casi partió el escudo de Kaedric en dos.
El príncipe retrocedió, jadeando.
Intentó un rápido giro, una estocada baja, un corte alto, pero nada atravesaba la defensa de su rival.
Y cuando por fin creyó encontrar una apertura, la espada del virrey descendió como un rayo, golpeando con tal fuerza que lo lanzó al suelo de rodillas.
El silencio fue inmediato.
Los soldados miraban con expectación: el joven príncipe, bañado en sudor y polvo, temblando bajo la sombra de Varengar, cuya espada descansaba ahora sobre su cuello.
El filo de Varengar estaba a un respiro de la garganta del príncipe cuando un rugido interrumpió la sentencia.
—¡Deteneos, Varengar!
—gritó Lord Gaeron, abriendo paso con su caballo entre la muchedumbre, su armadura abollada y cubierta de barro—.
¡El rey lo quiere vivo!
El virrey apenas giró el rostro, con la mirada encendida por la furia de la batalla.
—¡Este muchacho merece morir aquí mismo!
—escupió, apretando el arma contra el cuello de Kaedric, que jadeaba bajo el peso de la hoja.
Gaeron desmontó de un salto, su propia espada aún goteando sangre enemiga.
Se acercó sin titubear, interponiéndose entre el virrey y el príncipe.
—Vuestra espada no decide hoy.
El mandato de nuestro rey es claro: Kaedric debe ser llevado prisionero, no muerto como un perro en el fango.
Por un instante, los dos veteranos se miraron con odio contenido, como si todo el campo guardara la chispa de una lucha entre ellos.
Varengar respiraba con fuerza, los músculos tensos, la voz como un gruñido: —El rey no está aquí para ver cómo este traidor intenta arrancarnos la corona.
—Pero yo sí —respondió Gaeron, firme, su mano sobre el pomo de la espada—.
Y no pienso desobedecer a mi señor.
Ese segundo de vacilación fue suficiente.
Kaedric, jadeando, con los ojos llenos de rabia y la frente ensangrentada, rodó hacia atrás con un movimiento desesperado.
Golpeó el suelo, derribó a un soldado despistado y, antes de que pudiera cerrarle el paso, montó en uno de los caballos de sus guardias aún vivos.
—¡Protegido al príncipe!
—vociferó uno de los mercenarios, arrojándose contra los dravenianos para abrirle camino.
El círculo se quebró en un caos súbito: espadas chocando, gritos, lanzas cayendo.
Varengar rugió con furia, lanzándose hacia adelante, pero Gaeron lo detuvo con un empellón violento.
—¡Basta!
—tronó—.
¡Ya escapó, maldición!
En la distancia, la figura de Kaedric se desvanecía entre el polvo y el humo, escoltado por un puñado de jinetes mercenarios.
El campo volvió a rugir en violencia, pero la tensión entre virrey y general permaneció, clavada en los ojos de todos los que habían presenciado la escena.
Varengar bajó la espada a regañadientes, respirando con furia contenida.
—Le habéis regalado su vida… y con ella, la posibilidad de que regrese a mordernos la mano.
Gaeron lo sostuvo con la mirada, severa.
—No me cuestionéis, Varengar.
He cumplido la voluntad del rey.
Y si Kaedric vuelve, será el propio Kael quien decida su destino.
El virrey bufó, pero no replicó.
El eco de los tambores enemigos ya se apagaba en la distancia: Kaedric había logrado reagruparse, y todos sabían que aquello no era el final, sino apenas un respiro antes de la próxima embestida.
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