Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo XIX Sombras sobre el Asedio
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20: Capítulo XIX: Sombras sobre el Asedio 20: Capítulo XIX: Sombras sobre el Asedio El séptimo día del asedio amaneció gris, con el cielo cubierto de nubes bajas y pesadas.
El humo de las hogueras se mezclaba con la neblina, creando un velo espeso que olía a hierro, sudor y ceniza.
En el bastión improvisado de los aliados, los hombres murmuraban, cansados, esperando la orden de un desenlace que no llegaba.
Dentro del pabellón de mando, el ambiente era aún más denso.
Varengar, el virrey de Karvelia, caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, los nudillos blancos sobre el pomo de su espada.
Gaerón, en cambio, permanecía erguido, las manos detrás de la espalda, como un muro que no cede.
Entre ambos, el príncipe Deryan, con su juventud marcada por una compostura más firme de la que solía mostrar, intentaba mantener la calma en la sala.
—¡Le tuve bajo mi espada!
—bramó Varengar, clavando la mirada en Gaerón—.
¡Ese maldito cachorro habría muerto y todo esto ya estaría terminado!
Gaerón respondió sin alzar la voz, pero cada palabra cayó como una piedra.
—El rey fue claro: Kaedric debía ser tomado con vida.
No soy yo quien dicta su destino.
Varengar golpeó la mesa con tal fuerza que las copas temblaron.
—¡Destino!
¡Su destino debería ser la tumba!
Mientras respire, seguirá atrayendo a hombres necios que crean en su derecho.
Deryan alzó la mano, con voz firme, aunque el temblor se le escapara en las sienes.
—Basta.
No es momento de arrancarnos la garganta entre aliados.
Mi hermano sigue vivo, y el peligro que representa no desaparece con nuestras disputas.
El silencio que siguió fue tenso.
El joven príncipe respiró hondo antes de continuar: —Os lo digo como karveliano y como hermano: si Kaedric vuelve a levantarse, no será por la fuerza de sus mercenarios, sino porque encuentra fisuras entre nosotros.
Varengar bufó, pero no replicó.
Se dejó caer en la silla con un gruñido.
Gaerón lo miró de reojo, sabiendo que la herida entre ambos no cerraría pronto.
Mientras tanto, en el otro lado del campamento, Kaedric descargaba su rabia sobre sus oficiales.
La tienda apestaba a vino agrio y cuero mojado, y los capitanes mercenarios evitaban su mirada.
—¡Sois ratas cobardes!
—vociferó Kaedric, arrojando una jarra contra la lona—.
¡Veinte mil espadas y no sois capaces de doblegar unos muros podridos!
Uno de los oficiales, curtido en mil guerras y con la paciencia gastada, se atrevió a responder.
—No son los muros, alteza… sois vos.
Los hombres no siguen a quien duda.
Y vos dudáis, una y otra vez.
El príncipe se giró hacia él con el rostro desencajado.
—¡Cierra la boca antes de que te la corte!
Los demás oficiales intercambiaron miradas rápidas, murmurando en voz baja.
Había descontento en el aire, y Kaedric lo notaba como un cuchillo en la espalda.
Al octavo día, el horizonte se cubrió de estandartes dravenianos.
Kael había llegado con su ejército, al frente marchaba junto a la reina Aelyne, que apretaba los labios con rabia contenida.
Entraron al patio de Altharys con el frío metiéndoseles por las capas.
El viaje había sido tenso; la marcha rápida, con estandartes levantados pero el corazón en la garganta.
Aelyne bajó del caballo con las manos aún temblando —no por el viaje, sino por la furia contenida—.
Kael se quitó el yelmo y dejó que el aire del bastión le golpeara el rostro; se veía cansado, pero firme.
Nada más pisar la piedra, Varengar apareció entre los guardias, con la capa manchada de lodo y la mirada tensa.
No hubo saludos largos; la urgencia mandaba.
—Majestad —dijo el virrey, inclinándose primero ante Aelyne y luego ante Kael—.
Informo de la situación en Sarnavel.
Las murallas aguantan, los hombres resisten, pero el asedio ha costado mucho.
Kaedric ha reunido una fuerza enorme; si no actuamos con decisión, el desgaste nos hará mella.
Aelyne lo miró sin parpadear.
Su voz, cuando habló, estaba contenida pero afilada: —¿Y qué hacéis aquí entonces, Varengar?
¿Cómo resistís si dicen que la ciudad podría ser tomada?
Varengar tragó saliva.
Se acercó un paso más, y por un instante pareció un hombre que pide perdón por algo que lo quema por dentro.
—Majestad… debo disculparme.
Tuve a Kaedric a mi alcance en un momento crítico.
Pude haber acabado con él.
Pero Lord Gaeron lo impidió.
Fue… fue arriesgado, y lo siento.
Si hubiera sido por mí, no habría dado esa oportunidad.
El silencio se tensó.
Aelyne cerró los ojos un segundo, respiró hondo y, cuando los abrió, su voz salió como una cuchillada: —¿Qué queréis decir con que lo dejó escapar?
¿Acaso debo agradecerle por regalarme la muerte de mi hermano?
Antes de que Varengar pudiera responder, Kael dio un paso al frente.
No levantó la voz, pero sus palabras tenían peso: —Aelyne, detente.
Escuchadme.
Ella lo miró, roja de ira.
—¿Escuchar qué, Kael?
¿Que preferiste que mi sangre no pagara por su traición?
Kael apoyó las manos en el respaldo de una silla, buscando el equilibrio, y habló con calma forzada: —No fue un capricho.
Di la orden de que lo tomaran con vida.
Sé lo que pensáis —miró a Varengar, luego a Aelyne—: que un reino necesita justicia.
Pero escuchadme por un momento.
Si lo matábamos allí, lo convertíamos en un mártir.
Si lo traían muerto a la plaza, su nombre alimentaría a los mercenarios y a Tharavos.
Un prisionero, sin embargo, es una pieza que podemos usar.
Tiene valor político.
Puede servir para negociar, para doblegar a aliados suyos, o para mostrar a las cortes que no buscamos sangre por gusto, sino estabilidad.
Aelyne apretó los labios.
Sus ojos brillaban, mezcla de dolor y cálculo.
—¿Y si se levanta otra vez?
¿Si su nombre vuelve a provocar levantamientos?
—preguntó, y por primera vez la rabia dejó filtrar miedo—.
¿Cómo me aseguráis que no volverá?
Kael la miró con tristeza y decisión: —No lo aseguro.
Pero preferí ese riesgo a provocar una guerra que devorara Karvelia y Dravena por igual.
Creí que era el camino menos cruel.
Lord Gaeron actuó según mi mandato.
Varengar se dejó llevar por la cólera; lo entiendo y no lo culpo del todo.
Varengar, todavía con el orgullo herido, inclinó la cabeza: —Si hubiese sabido que era la voluntad del rey, habría… —calló, buscando palabras—.
Hice lo que creí justo en la furia del momento.
Pido perdón por la descoordinación.
Aelyne lo miró, la mandíbula apretada; la culpa no la calmó, pero la cuestión necesitaba resolución, no solo reproches.
—¿Qué proponéis ahora?
—dijo, la voz baja—.
¿Esperar a que ese hombre vuelva con más apoyos, o buscarlo y arrancar la amenaza de raíz?
Kael respiró profundo.
—Prepararé una respuesta que no sea solo sangre.
Reforzaremos Sarnavel, sí.
Mandaré patrullas para cortar a los jinetes mercenarios y cortar sus líneas de pago.
Pero también abriré canales: espías, sobornos, deserciones inducidas.
No todo se resuelve por la punta de la espada.
Y, Aelyne… —la miró directo— confío en que entiendas que tomé esa decisión pensando en vos y en vuestro reino, aunque no lo parezca ahora.
Ella lo miró largo rato; la rabia luchó con la razón dentro de ella.
Al final, asintió con lentitud, amargo el gesto: —Lo haré por Karvelia.
Pero no olvidéis: si mi hermano vuelve y nos arrastra al abismo, no perdonaré esa indulgencia.
Kael no respondió con promesas vacías.
Sabía que le costaría ganar su lugar cada día.
Varengar, apretando la garganta, hizo una última advertencia: —Si el príncipe reúne otra vez mercenarios… necesitaremos que Dravena nos acompañe con fuerza.
No podremos resistir solos para siempre.
Kael asintió, y la decisión se selló en miradas y pasos apurados: refuerzos, estrategias, y la sombra de la posibilidad de venganza que pendía sobre todos.
En el campamento rebelde, la noticia de la llegada de Kael y sus tropas cayó como una maldición.
Los capitanes miraban al príncipe con desconfianza, algunos incluso con desprecio.
Kaedric, en un arrebato de desesperación, reunió a sus hombres más cercanos y finalmente lo dijo: —Si mi hermana sigue viva, el pueblo la seguirá viendo como reina legítima.
¡Quiero su cabeza!
El que me la traiga recibirá un castillo y un lugar a mi lado cuando reclame el trono.
Hubo silencio en la tienda.
Algunos bajaron la mirada, otros sonrieron con codicia.
Las semillas de la traición habían sido sembradas.
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