Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo XX Sombras sobre el Asedio - Parte 2
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21: Capítulo XX: Sombras sobre el Asedio – Parte 2 21: Capítulo XX: Sombras sobre el Asedio – Parte 2 Era ya de medianoche cuando el virrey Varengar salió encapuchado del bastión, escoltado apenas por dos hombres de confianza.
En un claro, lo aguardaban dos generales mercenarios.
Intercambiaron palabras rápidas, el aliento de los soldados empañaba la noche helada.
Varengar abrió un cofre: dentro, relucía el oro suficiente para comprar la lealtad de un ejército entero.
—Doble paga —dijo con frialdad—.
Y la condición es simple: que Kaedric no vea otro amanecer.
Los mercenarios se miraron entre sí.
El trato estaba sellado sin más ceremonia.
Antes de marcharse, ordenaron a sus hombres retirarse del asedio; no lucharían una causa perdida cuando podían llenarse los bolsillos.
La suerte de Kaedric había sido vendida por aquellos en los que él confiaba.
Mientras tanto, en el castillo, Aelyne discutía con Kael en sus aposentos.
Iba de un lado a otro como fiera enjaulada, el cabello suelto cayendo sobre su rostro.
—¿Hasta cuándo vamos a esperar?
—le reprochó, la voz cargada de angustia—.
¡Es mi hermano!
¡Cada día que lo dejas con vida, crece el peligro!
Kael, sentado, la miraba con cansancio.
Se pasó una mano por el rostro y contestó en voz baja, aunque firme: —Confía en mí, Aelyne.
No todo se resuelve con la espada.
Hay caminos que requieren paciencia.
Ella lo observó con incredulidad, como si sus palabras fueran un insulto, pero antes de que pudiera replicar, un silencio tenso se impuso.
Kael no añadió nada; sabía que, de hacerlo, solo abriría una herida más profunda.
La madrugada avanzó hasta que, al alba, un estruendo de trompetas y campanas sacudió el castillo.
Un guardia irrumpió en el pasillo gritando alarma.
Kael tomó su espada y salió seguido por Aelyne, el corazón latiéndole con violencia.
Cuando llegaron al portón, el espectáculo los detuvo en seco.
A los pies de la muralla, clavada en una estaca, estaba la cabeza del príncipe Kaedric.
Los ojos aún abiertos, la mueca torcida, como si la muerte misma se burlara de él.
A su lado, un tablón tosco con letras grabadas: “El oro pesa más que la sangre.” Los soldados se miraban unos a otros, murmurando entre alivio y horror.
Aelyne se llevó las manos al rostro y un grito ahogado escapó de sus labios.
No lloraba al usurpador que quiso arrebatarle el trono, sino al hermano que había compartido con ella los días de infancia.
Kael, con el rostro endurecido, apretó los puños hasta que le dolieron.
—¡Cobardes!
—rugió hacia el vacío—.
¡Esto no era lo que ordené!
Su mirada se clavó en Varengar.
El virrey, imperturbable, inclinó apenas la cabeza.
—Majestad… los mercenarios nunca fueron leales a nadie más que al oro.
El destino lo decidió por nosotros.
Kael lo observó con desconfianza.
Había algo demasiado perfecto en esa “casualidad”.
Demasiado rápido, demasiado limpio.
La sospecha se le incrustó en el pecho como una espina envenenada: Kaedric había sido vendido.
Alrededor, las tropas dravenas comenzaron a aclamar la victoria, alzando las armas hacia el cielo.
Pero Kael no compartió ese júbilo.
Para él, la victoria olía a traición.
Aelyne, con lágrimas corriendo por sus mejillas, lo miró fijamente.
—Me prometiste que viviría, que serviría de prenda.
Ahora no es más que un cadáver que pesa sobre mi casa.
Kael dio un paso hacia ella, pero Aelyne retrocedió, fría, quebrada por dentro.
En aquel instante, Kael entendió que la guerra no había terminado: lo que quedaba no eran ejércitos en los muros, sino las sombras que ahora habitaban dentro de su propio hogar.
Aelyne seguía inmóvil, el llanto transformado en un vacío helado en su mirada, cuando la figura del príncipe Deryan apareció entre los presentes.
Caminó firme, con los labios apretados, y se detuvo frente a su hermana.
—¿Acaso no era esto lo que querías, Su Majestad?
—dijo con tono cargado de sarcasmo, casi escupiendo las palabras—.
Hasta aquí te pudo tu ambición.
El aire se cortó como con un cuchillo.
Los soldados desviaron la vista, incapaces de sostenerla.
Aelyne abrió la boca, pero ninguna palabra le salió; la furia y el dolor se enredaban en su pecho.
Varengar dio un paso adelante, la voz dura como el acero: —¡Moderad vuestro lenguaje, príncipe!
Estáis ante vuestra reina.
Kael levantó una mano de inmediato, impidiéndole avanzar más.
Su mirada fue un filo dirigido al virrey.
—¡Esto es un asunto familiar!
—tronó, con una fuerza que resonó en el patio—.
Retiraos… ¡ahora!
El silencio cayó de golpe.
Varengar apretó la mandíbula, ofendido, pero obedeció; inclinó la cabeza y se apartó sin añadir palabra.
Deryan, en cambio, no bajó la mirada.
Se quedó de pie, respirando hondo, como quien decide si seguir desafiando o contener su furia.
Kael, en medio de ambos, sabía que aquella grieta no se cerraría fácilmente.
Y comprendió que la guerra de Karvelia quizá no había terminado en los muros, sino que apenas empezaba dentro de los corazones que debía unir.
Pasó una semana envuelta en luto.
Las campanas de Sarnavel habían repicado cada amanecer en memoria del príncipe caído, y la ciudad parecía cubierta por un velo de ceniza y silencio.
Aelyne, tras noches de llanto y días de ira, acabó resignándose.
Se decía a sí misma que aquello era lo que había querido, que su hermano muerto no era más que el precio de la corona que ahora llevaba sobre su frente.
Pero, en el fondo, una voz en su interior le gritaba que nunca había deseado ese final, que no quería cargar con esa sangre para siempre.
Kael, mientras tanto, no permitió que la ciudad se hundiera en la melancolía.
Recorrió los salones, los patios, incluso las murallas, firmando decretos y ordenando reparaciones.
Las calles fueron despejadas de ruinas, los talleres volvieron a encender hornos y forjas, y el mercado empezó a llenarse otra vez de voces.
El rey no descansaba; su presencia era la de un hombre decidido a devolverle vida a la ciudad, aunque dentro de sí todavía ardiera la desconfianza hacia todo lo ocurrido.
En esos días de transición, Varengar buscaba cada ocasión para estar cerca de la reina.
Cuando por fin la encontró a solas, lejos de la corte y de las miradas, no hubo formalidad alguna entre ellos.
La miró fijo, con la crudeza de un soldado que jamás aprendió a esconder su verdad.
—Decidme, Aelyne… —su voz se quebró apenas un instante—.
¿Por qué no podéis amarme?
Ella lo miró con frialdad, intentando sostener el peso de esa confesión.
—Porque mi deber es hacia Dravena y hacia mi esposo.
Kael hace lo correcto, aunque a veces no lo comprendáis.
Varengar apretó los puños, la rabia y la pasión peleando en su mirada.
—¿Lo correcto?
¡A veces dudo de sus decisiones!
Pero yo… yo estoy aquí para vos, Aelyne.
Yo sí os amo, y no necesito una corona para decíroslo.
Ella apartó la vista, conteniendo un temblor en los labios.
—Vuestro amor llega tarde, Varengar.
Y aunque llegara a tiempo, nunca podría permitirme aceptarlo.
El virrey bajó la cabeza, pero no se retiró.
Se quedó allí, con la amargura de quien ofrece todo y recibe un muro por respuesta, decidido a no ceder del todo, aunque supiera que esa batalla estaba perdida.
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