Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo XXI La herencia de hierro
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22: Capítulo XXI: La herencia de hierro 22: Capítulo XXI: La herencia de hierro Había pasado un mes desde la caída de Kaedric.
Los muros de Sarnavel ya no mostraban cicatrices de fuego ni olor a sangre; el comercio había regresado, los talleres abrieron sus puertas, y las campanas del puerto sonaban con un ritmo casi normal.
Pero bajo aquella aparente calma se extendía una herida silenciosa, aún abierta en los corazones de muchos.
Fue en una mañana gris, con las aguas del Golfo de Karvelia agitadas por un viento frío, cuando los vigías anunciaron la llegada de una flota imponente: veinte naves con los estandartes azules y dorados de Lorimar, la tierra natal de los reyes caídos.
En la proa del buque insignia, erguida con la solemnidad de los viejos tiempos, se encontraba Selvara de Lorimar , madre de Aelyne, de Deryan y del malogrado Kaedric.
Su figura, aunque marcada por la edad, conservaba la dignidad de una reina veterana.
Sus ojos eran hondos y sabios, cargados de un duelo que no mostraba con lágrimas sino con el temple de hierro que la había hecho temida y respetada en el pasado.
Cuando puso pie en el puerto de Sarnavel, el silencio de la multitud fue absoluto.
Nadie osaba vitorearla, nadie se atrevía a rechazarla: todos sabían que, aunque ya no ostentaba la corona, Selvara aún controlaba la flota de guerra , y eso era poder suficiente para inclinar cualquier balanza.
El virrey Varengar fue el primero en recibirla, inclinando apenas la cabeza con cautela.
Pero Selvara lo miró con una mezcla de desprecio y cansancio.
—Así que vos os alzaste como guardián de mi hija —dijo, la voz firme, sin temblor alguno—.
Y aun así permitiste que mi hijo Kaedric encontrara la muerte bajo estas murallas.
Varengar no respondió.
El peso de aquellas palabras lo dejó inmóvil, pero no fue él quien contestó, sino el propio príncipe Deryan, que había corrido a recibir a su madre con un gesto de sincera devoción.
—Madre… no culpe al virrey.
Yo mismo vi a Kaedric, vi lo que se había convertido.
No había paz posible con él.
Los ojos de Selvara se posaron en su hijo menor, y por un instante el hierro de su mirada se quebró, mostrando un resplandor de ternura.
Lo abrazó, como si aún lo viera como el niño que alguna vez corrió por los jardines de Lorimar.
—Siempre fuiste el más noble de los tres —susurró—.
Pero incluso la nobleza puede perecer si no sabe cuándo afilar la espada.
Al caer la tarde, Selvara entró en el salón del castillo de Altharys , donde Kael y Aelyne guardaban.
El fuego ardía en la chimenea, y el aire se sentía pesado, como si las piedras mismas de la fortaleza guardaban el juicio que se avecinaba.
Selvara caminó hacia ellos sin prisa, y al detenerse frente a la pareja real, se quitó el manto marino que llevaba al hombro.
Sus ojos, oscuros y penetrantes, se fijaron en Aelyne primero.
—Hija mía… —dijo, con una tristeza profunda—.
Os alzasteis reina en medio del dolor, y ahora vuestro hermano yace bajo tierra.
¿Es esta la gloria que soñamos para Karvelia en los días dorados?
¿Esto es lo que quedó del reino que vuestro padre y yo levantamos?
Aelyne tragó saliva, sin poder sostener del todo la mirada de su madre.
Intentó hablar, pero las palabras se le ahogaron en la garganta.
Fue entonces Kael quien intervino, con tono sereno pero firme.
—Vuestra hija ha salvado Karvelia, mi señora.
Sin ella, vuestro pueblo estaría bajo la tiranía de Kaedric y las cadenas de Tharavos.
Selvara giró hacia él, y sus labios se curvaron en una sonrisa amarga.
—Vos habláis como un conquistador, Kael de la Piedra Rota.
Pero no olvidéis: no sois hijo de reyes.
¿Qué sabéis vos de los años dorados, de un reino que vivió en paz y prosperidad gracias a la diplomacia y al comercio?
Vos habéis traído hierro y fuego, y lo llamais salvación.
El silencio cayó sobre la sala, tenso como una cuerda a punto de romperse.
Aelyne, en un arranque de orgullo, replicó con la voz crujiente: —Madre, no os atreváis a hablar así de mi marido.
Sin él, Karvelia estaría perdida.
Kaedric se vendió a Tharavos, no nos dejó opción.
Selvara la miró largamente, y entonces habló con un peso que retumbó en cada rincón del salón: —Quizás no había opción… pero recordad esto, hija: cada trono ganado con sangre hereda también la sombra de esa sangre.
Y esa sombra os seguirá, a vos ya vuestros hijos.
El fuego crepitó en la chimenea.
Kael, sin apartar la mirada de Selvara, comprendió que aquella mujer no había venido solo a llorar a su hijo, sino a poner en duda lo que estaba construyendo.
Y que su flota, su experiencia y su influencia aún podían torcer el destino de Karvelia.
La reina madre había vuelto, y con ella, las sombras de un pasado que no se dejaría enterrar tan fácilmente.
Selvara se había quedado en el salón de Altharys después de que la comitiva se retirara.
El fuego alumbraba su perfil severo, y en su rostro había cansancio, pero también un brillo firme, el de alguien que no había cruzado yeguas para llamar.
Con Deryan de pie frente a ella, la reina madre apoyó ambas manos en el respaldo de una silla y habló con la calma que antecede a los decretos que no admiten réplica.
—Hijo mío… —dijo, y por primera vez su voz sonó más maternal que regía—.
El destino de Lorimar no puede quedar suspendido en el aire.
Tu hermano mayor está muerto, tu hermana se ha coronado en Karvelia, pero la sangre de nuestra casa no puede extinguirse ni perder su lugar.
Serás vos, Deryan, quien herede el estandarte de Lorimar.
El joven alzó la cabeza, sorprendido.
Sus labios apenas temblaron.
— ¿Yo, madre?
Pero…
la corona está en manos de Aelyne.
Selvara avanzó un paso, y sus ojos se clavaron en los suyos con intensidad.
—No hablo de la corona de Karvelia.
Hablo de nuestra casa, de nuestro linaje.
Lorimar es más que un título, es la raíz de nuestras riquezas y nuestra fuerza en el mar.
Vos llevaréis ese nombre y lo aseguraréis para la próxima generación.
Deryan guardó silencio, respirando hondo.
La reina madre entonces bajó la voz, como si compartiera un secreto que quemaba.
—Para eso, deberéis casaros con vuestra prima.
Es un enlace antiguo, casi previsto desde que erais niños.
Su padre ha muerto, su herencia es vasta, y con vuestra unión no habrá señor en Karvelia que pueda disputar la grandeza de nuestra sangre.
El príncipe frunció el ceño, incrédulo.
—Casarme… ¿con mi prima?
Madre, ¿no es demasiado pronto?
Apenas acabamos de enterrar a Kaedric, y mi hermana apenas sostiene el trono.
Selvara levantó una mano, cortando sus dudas como con un cuchillo.
—Los muertos ya no cambian nada, Deryan.
Son los vivos los que deciden el mañana.
Y os guste o no, el mañana de Lorimar depende de vos.
El muchacho apretó los labios, mirando de reojo a Kael y Aelyne, que escuchaban en silencio.
Aelyne bajó la vista, consciente de que su madre hablaba con la dureza de siempre, mientras Kael la observaba con una mezcla de cautela y respeto: entendía que aquella mujer jugaba con piezas que él aún no terminaba de medir.
Finalmente, Deryan murmuró: —Si ese es tu deseo, madre… lo cumpliré.
Pero no me pidáis que lo haga sin dudar.
Selvara apoyó una mano en su hombro y prominente, cansada, pero con orgullo.
—Las dudas hijo de los jóvenes, hijo.
Las decisiones son de los que gobiernan.
El fuego crujió en la chimenea, y con esa declaración, la dama de Lorimar dejó en claro que, aun entre ruinas y sangre, seguía pensando en el futuro de su casa como si el tablero del poder fuese suyo por derecho.
Los días habían pasado y permitían la marcha.
Kael viajaba con la reina Aelyne, escoltados por Lord Gaerón y una columna de caballeros que se mantenía alerta en todo recodo del sendero.
Atrás quedaban las murallas de Sarnavel reforzadas con hombres dravenianos, y la reina madre Selvara había partido rumbo a Lorimar con el príncipe Deryan.
Era el cierre de un ciclo amargo: la sangre de Kaedric aún manchaba las memorias, y las tensiones de Karvelia no se habían disipado del todo.
El silencio acompañaba al rey ya la reina en gran parte del camino, roto solo por el trote de los caballos.
Una tarde, mientras las sombras del bosque se alargaban, Aelyne habló de improviso.
Tenía el rostro pálido por el viaje, pero en sus labios brillaba una sonrisa apenas contenida.
—Majestad… —dijo con voz suave— creo que mi vientre guarda vida.
Kael frenó el paso, volviendo el rostro hacia ella con incredulidad.
Sus ojos, cansados de tantas batallas, se iluminaron de golpe.
— ¿Decís la verdad?
—preguntó, casi en un susurro.
Aelyne asintió, apoyando la mano en su abdomen.
—No puedo asegurarlo aún, pero lo siento en mí.
No es una sospecha vana, es certeza de mujer.
El rey la observó en silencio durante un instante que pareció eterno, hasta que la sonrisa le brotó al fin.
Tomó la mano de ella, y con una ternura rara en él, respondió: —He peleado guerras, he visto ciudades arder… pero ninguna victoria me pesa en el corazón como esta noticia.
Si es cierto lo que decís, Aelyne, Dravena y Karvelia tendrán un hijo que sellará para siempre lo que hemos construido juntos.
Ella lo miró con los ojos húmedos, pero firmes.
—No penséis que es solo deber, Kael.
Yo también anhelo este hijo, porque será nuestra carne, nuestra sangre… y en él no habrá sombra de rivalidad, sino unión.
El viento frío agitó las capas de ambos, y el rey presionó con más fuerza la mano de su reina.
—Entonces, que los dioses nos den fuerza.
Entre vos y Lady Alessa, Dravena pronto tendrá no solo un heredero, sino dos.
Aelyne bajó la mirada un instante, consciente de aquella comparación inevitable, y murmuró: —Ella lleva ya tres lunas.
Yo apenas lo hago.
Pero créeme, no permitiré que mi hijo crezca a la sombra de nadie.
Kael sonriendo con un dejo de ironía.
—Conociéndoos, Aelyne, no lo dudaba.
Siguieron cabalgando bajo el cielo grisáceo, y por primera vez en mucho tiempo, el peso de las guerras pareció aligerarse en el pecho del rey.
Pasaron tres días de viaje y cansancio.
Cuando Kael por fin cruzó las puertas de Véldamar, pensó que al menos lo recibiría el bullicio habitual de la plaza.
Pero lo que vio lo heló más que el viento del norte: una comitiva de estandartes negros y plateados, las lanzas entrecruzadas del Imperio de Tharavos, flameaban frente a la ciudadela como si fueran dueños del aire.
Los guardias dravenios mantenían el rostro tenso, pero nadie osaba mover un dedo.
Kael descendió del caballo con un nudo en la garganta.
Esa enseña no tenía derecho a estar allí.
No sin permiso del Imperio Piedraferoz.
Y sin embargo, ahí ondeaba, desafiando a todos los dioses ya la ley misma.
El joven rey tragó saliva.
Por un instante pensó que el trono se le escurría de las manos, que lo esperaba un emisario para anunciarle su destitución, o peor, la absorción de Dravena por un Imperio que no necesitaba excusas para engullir tierras.
Pero cuando empujó las puertas del salón del trono, no lo aguardaba un general extranjero ni un diplomático arrogante.
Sentada en el estrado, bajo el mismo dosel que cobijaba su corona, había una mujer de mirada acerada, envuelta en ropajes de invierno bordados con hilo de hierro.
Kael se quedó quieto, con el pecho atrapado entre temor y desconcierto.
La voz le faltó.
Era como mirarse en un espejo roto de la sangre.
—Hermano —dijo ella, y en esa sola palabra Kael sintió un golpe más fuerte que cualquier espada.
El salón entero calló.
Lyeria no necesitó proclamas ni guardias alzando lanzas; le bastó con pronunciar el nombre que él había olvidado, enterrado en los relatos de infancia y en las noches donde su madre jamás habló de esa niña perdida.
—Vos… —balbuceó Kael, más hombre herido que rey—.
Pero…
¿cómo?
Lyeria suena apenas, con esa mueca que no era dulzura ni crueldad, sino certeza.
—No vengo a arrebataros nada, Kael.
Si eso teméis, descansad vuestro corazón.
No me interesa tu trono.
Yo ya tengo el mío.
Avanzó unos pasos, y las sombras de su guardia imperial se movieron con ella, como lobos tras la pastora.
—Vengo a que me veáis tal como soy ahora.
A que sepáis que la niña sacada de Dravena en medio del humo y la guerra no murió, ni quedó olvidada.
Creció en tierras extrañas, caminó entre fieras, y ahora gobierna sobre un Imperio entero.
Kael apretó los puños.
El eco de sus palabras lo llenaba de miedo y de asombro a partes iguales.
—Entonces… sois vos.
La Emperatriz de Tharavos.
—La misma —respondió ella, y por un instante, su voz dejó entrever cansancio humano, un peso que ni la corona más férrea podía aliviar—.
Y pese a todo, sigo siendo Lyeria.
Sigo siendo de tu sangre.
Kael bajó la vista.
No había guiones escritos para este encuentro.
No había consejos que lo prepararan.
Temía que cada palabra pudiera abrir la puerta al fin de Dravena.
Y sin embargo, algo en el tono de su hermana lo desarmaba: no traía la arrogancia de una conquistadora, sino el deseo de ser reconocida.
—Decidme entonces —logró pronunciar, con voz rasgada—.
¿Por qué habéis venido aquí, arriesgándoos a la ira del Imperio de Piedraferoz?
Lyeria respiró hondo.
—Porque no quiero que me recuerden solo como un fantasma perdido, ni que vos me veáis como un estandarte enemigo.
Vine a contaros quién soy, lo que he hecho… y también a escuchar lo que vos habéis logrado para que Dravena siga en pie.
Un silencio espeso cubrió la sala.
Y Kael, por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo no de la guerra, sino del reencuentro con su propia sangre.
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