Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 23

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL)
  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo XXII Sangre de mi sangre
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

23: Capítulo XXII: Sangre de mi sangre 23: Capítulo XXII: Sangre de mi sangre El eco de los pasos de Kael resonó en la piedra fría del salón del trono.

El estandarte de Tharavos aún ondeaba en el patio como una daga clavada en el corazón de Dravena, y cada latido suyo parecía recordarle que estaba a punto de perderlo todo.

La vio allí, de pie frente al dosel, rodeada por sus guardias vestidos de acero negro.

No necesitaba corona para imponer respeto: la mirada de Lyeria era filo y promesa al mismo tiempo.

—Hermano… —su voz no fue altiva ni distante, sino extrañamente cercana, como si esa palabra hubiera dormido años y recién despertara—.

Al fin.

Kael no respondió de inmediato.

Su garganta ardía con una mezcla de miedo y rabia.

—¿Hermana…?

—apenas un murmullo, como si temiera conjurar un espectro.

Ella dio un paso hacia él, y el séquito tharoviano se tensó, pero no alzó lanzas.

Era un encuentro de sangre, no de ejércitos.

—Lyeria —susurró Kael, y al pronunciarlo sintió que la sala entera se hundía bajo sus pies.

Ella inclinó apenas el rostro, sin sonrisa.

—Os habrán dicho que morí.

Que fui llevada lejos.

No fue mentira: me arrancaron de estas tierras en medio del fuego y de la huida.

No volví a ser hija de Dravena.

Me volví loba entre lobos, y ahora soy Emperatriz de Tharavos.

Kael se irguió, aunque el corazón le martillaba.

—Entonces, ¿qué hacéis aquí?

¿A reclamar lo que llamáis vuestro?

¿Venís por mi trono?

—No —contestó ella sin pestañear—.

No he venido a arrancaros nada, Kael.

Quiero que me miréis, que sepáis que vuestra sangre no se extinguió conmigo.

Vine a mostraros lo que el mundo me obligó a ser.

Kael guardó silencio unos segundos, hasta que la pregunta brotó sola, amarga, imposible de callar.

—¿Y por qué, si sois mi sangre, apoyasteis a Kaedric contra mí?

¿Por qué armas Tharovianas marcharon bajo su nombre para arruinar Karvelia?

Los ojos de Lyeria se endurecieron.

Hubo un destello de dolor antes que la respuesta.

—Porque en aquel entonces yo aún no reinaba.

El Imperio jugaba sus propias cartas, y Kaedric fue solo una pieza en su tablero.

Yo estaba allí, sí… pero no con el poder de decidir.

Kael sintió un escalofrío.

Ella hablaba como emperatriz, pero también como hermana que buscaba que él entendiera lo imposible de su camino.

—Y ahora —continuó Lyeria, avanzando un paso más, hasta quedar a unos metros de él—, ahora sí decido.

Y no he venido a destruiros, Kael.

He venido a escuchar cómo mantuvisteis vivo este reino cuando todo lo quería muerto.

El joven rey apretó la empuñadura de su espada, sin desenvainarla.

Se sentía dividido entre la necesidad de abrazarla y el temor de que todo aquello fuera un juego de sombras.

—Sangre de mi sangre —murmuró, como si quisiera convencerse de que esas palabras aún tenían peso.

Lyeria lo observó en silencio, y por un instante sus ojos dejaron de ser acero para volverse memoria.

—No sabéis cuánto me aferré a esas mismas palabras cuando era niña —dijo al fin, con un hilo de voz que poco a poco se templó en firmeza—.

Cuando me sacaron de Dravena, yo no entendía nada.

No sabía por qué huíamos, ni a quién temíamos.

Solo recuerdo el frío, los caballos, y el olor a humo.

Kael bajó la mirada, como si la culpa le perteneciera, aunque él apenas fuera un niño entonces.

—Fui llevada de escondite en escondite —prosiguió ella—, cuidada por manos extrañas que cambiaban con cada luna.

Nadie me llamaba princesa.

Nadie me llamaba hija.

Yo era solo una carga, una sombra incómoda de un reino que se desangraba.

Y cuando al fin crucé las fronteras de Tharavos, ya no quedaba nada de Dravena en mí, salvo un nombre que nadie pronunciaba.

Kael apretó la mandíbula.

No podía imaginar a esa mujer que tenía delante como una niña perdida, llorando en noches desconocidas.

—En Tharavos aprendí lo que aquí jamás me habrían enseñado.

Aprendí que la compasión no protege, que el honor es un lujo y que solo sobreviven los que muerden antes de ser mordidos.

Me usaron, Kael.

Fui pieza en matrimonios, en pactos, en banquetes donde sonreír significaba salvar la vida.

Y cada vez que creí tener un lugar, me lo arrancaban.

Se detuvo, respiró hondo, y su voz se endureció otra vez: —Hasta que comprendí que nadie me daría poder, que debía tomarlo yo misma.

Y lo hice.

Kael levantó los ojos, incrédulo.

—¿Cómo llegasteis tan alto?

Un leve destello de ironía cruzó los labios de Lyeria.

—Con paciencia, hermano.

Convirtiéndome en aquello que temían, pero necesitaban.

Cuando fui entregada como esposa al Emperador, todos pensaron que sería un adorno en su mesa, una extranjera más.

Pero escuché, observé, aprendí cada grieta en aquel trono.

Y cuando la corona quedó vacía… no esperé a que otro la reclamara.

Fui yo quien la tomó.

El silencio se extendió, denso como la escarcha que colgaba de las almenas.

Kael apenas respiraba.

—Así que… —susurró, con un nudo en la garganta—.

Ahora sois Emperatriz de Tharavos.

Lyeria asintió, sin jactancia.

—Soy la mujer que sobrevivió a perderlo todo y que ahora gobierna sobre los mismos lobos que me quisieron devorar.

Y no os lo digo para que me temáis, Kael.

Os lo digo para que entendáis que no sois el único que carga un reino sobre los hombros.

Kael tragó saliva, incapaz de soltar la espada.

Tenía frente a él a su hermana, la niña perdida de Dravena, convertida en Emperatriz de un imperio enemigo.

Y no sabía si debía verla como una aliada, un recuerdo, o la condena que algún día vendría por su corona.

Lyeria, como si adivinara sus pensamientos, se acercó lo suficiente para que solo él escuchara.

—No he venido a arrebataros el trono, hermano.

Vuestra lucha es la mía también.

Vos defendisteis Dravena cuando todos la daban por muerta.

Yo hice lo mismo con mi destino.

Y aquí estamos, vivos, contra todo pronóstico.

Por primera vez, Kael sintió que el miedo se mezclaba con un extraño orgullo.

Pero la desconfianza no se apartó de su pecho.

—Entonces decidme, Lyeria… —susurró con un temblor de rabia contenida—, ¿cómo explicáis que Tharavos apoyara a Kaedric?

¿Cómo justificáis que lanzas de vuestro imperio marcharan contra mí?

Los ojos de Lyeria se oscurecieron.

—Porque antes de que yo decidiera, otros decidieron por mí.

El Imperio jugó su juego, y Kaedric fue una pieza barata en ese tablero.

No negaré que portaron nuestras banderas, pero no lo hicieron por mi voluntad.

Y creedme, hermano, si hubiera sido así… no estaríais respirando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo