Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Capítulo XXIII Sangre de mi sangre - 02
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24: Capítulo XXIII: Sangre de mi sangre – 02 24: Capítulo XXIII: Sangre de mi sangre – 02 El silencio volvió a llenar el salón.
Afuera, el viento sacudía las banderas.
Adentro, dos hermanos separados por guerras y secretos se miraban por primera vez como iguales, aunque entre ellos se alzaba un mar de sangre y desconfianza.
Kael respiró hondo, como si quisiera vaciar el pecho de todo lo que cargaba.
—Vos habláis de lobos, de sobrevivir entre dientes y veneno… Yo lo entiendo, Lyeria.
Pero mi lucha fue distinta.
Aquí, cada día parecía el último.
Cuando los Theremir se rebelaron, cuando los Drusk quisieron ver mis huesos colgando de una horca, cuando ni mi propio consejo confiaba en mí… —hizo una pausa, la voz quebrada por un cansancio antiguo—.
Y aun así, sigo aquí.
No porque fuera el más fuerte, sino porque no había nadie más para sostener este reino.
Lyeria lo miraba sin parpadear, y en sus ojos Kael leyó algo parecido a respeto.
—Dravena aún respira porque vos no os rendisteis —dijo ella en voz baja—.
Y eso os hace más peligroso de lo que creéis.
Kael frunció el ceño.
—¿Peligroso para quién?
La Emperatriz avanzó hasta quedar a un suspiro de él.
Sus palabras fueron cuchillo envuelto en terciopelo: —Para Piedraferoz.
Ellos os necesitan débil, obediente, atado a impuestos y cadenas invisibles.
¿O creéis que no sé cuánto oro os han arrebatado?
¿Cuánto os exigen en tributo?
Hasta vuestra consejera os arrancaron de las manos, como si fuerais un niño incapaz de decidir con quién rodearos.
Kael tensó la mandíbula.
Era verdad.
Amelia, arrancada de su lado por voluntad imperial.
Las arcas sangrando cada luna llena con tributos que nunca bastaban.
Y el desprecio oculto detrás de cada emisario.
—Vos sabéis mucho de lo que ocurre aquí… —murmuró, incómodo.
Lyeria asintió, sin ocultarlo.
—Porque os observo.
Porque sois mi hermano, y no pienso dejar que os marchiten bajo ese yugo.
He venido a proponeros algo.
Kael la miró, temiendo la palabra que iba a oír.
—Aliad Dravena a mí, no a Piedraferoz.
Liberad vuestro cuello de esa soga, y dejad que sea Tharavos quien os proteja.
El silencio que siguió fue más pesado que el plomo.
Kael apretó el puño.
La idea era una daga de dos filos: romper las cadenas, sí… pero también poner la cabeza de Dravena en el regazo de un imperio aún más voraz.
Lyeria, sin embargo, suavizó la voz.
—No os hablo solo como Emperatriz.
Os hablo como hermana.
Quiero que estéis conmigo, no bajo ellos.
Para sellar esto, os invito a mi boda con el príncipe heredero.
Que Dravena esté presente, que sea visto no como vasallo de Piedraferoz, sino como aliado de Tharavos.
La palabra boda retumbó en la sala como un trueno.
Fue entonces cuando las puertas se abrieron.
Lady Alessa irrumpió, los ojos encendidos como carbones.
Aelyne la seguía, con la frente en alto, tan pálida como un invierno.
Ambas se detuvieron al ver a la mujer que se alzaba frente a Kael, rodeada de guardias imperiales.
—¿Quién osa…?
—empezó Alessa, con voz cargada de hostilidad, la mano en la empuñadura de su daga.
—¿Una embajadora de Tharavos en nuestro salón del trono?
—añadió Aelyne, sin apartar la mirada de Lyeria—.
¿O debo llamarla amenaza?
Los guardias dravenios tensaron las lanzas, y por un instante todo pudo haberse vuelto un baño de sangre.
Pero Kael levantó la mano.
—¡Basta!
Su voz retumbó más fuerte que el murmullo de las armas.
Caminó hasta quedar entre ellas y Lyeria.
—No es una embajadora cualquiera —dijo, mirando a su reina y a su consejera—.
Es Lyeria.
Mi sangre.
Mi hermana perdida.
El silencio que siguió fue más brutal que un grito.
Aelyne palideció aún más, los labios entreabiertos.
Alessa, en cambio, lo miró con incredulidad, como si hubiera escuchado una mentira absurda.
Lyeria inclinó apenas la cabeza, serena, mientras los ojos de todos ardían sobre ella.
—No soy enemiga, ni sombra —dijo en voz firme—.
Soy la hija de Dravena que el mundo creyó muerta… y ahora soy Emperatriz.
Kael bajó la vista un instante, sintiendo el peso de todas las miradas, de la historia misma que parecía quebrarse en ese salón.
La decisión que se cernía sobre él no era solo de política.
Era de sangre.
Lyeria recorrió con la mirada a las dos mujeres que habían irrumpido en la sala.
Sus ojos, acostumbrados a medir ejércitos y conspiraciones, se ablandaron apenas un instante cuando advirtió lo evidente: tanto Aelyne como Lady Alessa llevaban en su vientre el peso de un nuevo futuro.
—Sois… —murmuró, dejando escapar un suspiro que sonó más cálido que todo lo dicho hasta entonces—, las madres del porvenir de Dravena.
Por primera vez desde que entró, no parecía la Emperatriz de Tharavos, sino la hermana que alguna vez soñó con un hogar perdido.
El gozo le temblaba en los labios, como si por un momento hubiera recordado que no todo en el mundo era hierro y traición.
Alessa arqueó una ceja, sin soltar la daga que aún descansaba en su mano.
Su silencio era cauteloso, medido, como de fiera que no sabe si el gesto ajeno es caricia o garra.
Aelyne dio un paso al frente, los ojos fijos en Lyeria como cuchillos.
—¿Y os alegráis vos, que permitisteis que vuestro Imperio se aliara con Kaedric para alzarlo en Karvelia?
¿No veis que eso ponía en riesgo también nuestras fronteras, nuestro propio trono?
Lyeria sostuvo su mirada sin titubear.
—No negaré lo que decís.
Tharavos vio en Kaedric una oportunidad de expandir su sombra, y yo no tenía entonces voz suficiente para detenerlo.
Pero escuchadme bien, reina de Dravena: si hubiese sido yo quien dictaba esas alianzas, jamás habría puesto a mi hermano en la línea del filo.
El aire se tensó.
Aelyne apretó los labios, como si quisiera responder, pero la firmeza en la voz de Lyeria la obligó al silencio.
Kael se adelantó, interponiéndose entre ambas.
—¡Basta!
—tronó—.
El Imperio jugó su juego, sí.
Pero no fue Lyeria quien puso lanzas en Karvelia.
Y si hoy está aquí, es porque todavía hay un hilo que nos une… sangre de nuestra sangre.
Lyeria bajó la vista un instante hacia los vientres de Aelyne y Alessa, y su voz se suavizó.
—Ese hilo no es solo nuestro, hermano.
Está aquí, en estas vidas que crecen.
Y creedme, no he venido a amenazarlo.
He venido a ofreceros algo distinto.
Lyeria había dejado que sus palabras se quedaran flotando en el aire: oferta, alianza, protección.
Y aunque sus ojos brillaban con la certeza de quien ya había tomado la decisión, Kael no podía tragarse tan fácil aquel futuro.
El rey dio un paso hacia ella, con el ceño fruncido.
—¿Sabéis lo que estáis pidiendo?
—su voz sonó grave, cargada de un cansancio que también era rabia—.
Si yo acepto vuestra mano, si Dravena rompe con Piedraferoz… esto no sería una simple alianza.
Sería una traición abierta.
Una declaración de guerra.
El salón se estremeció con esas palabras.
Los guardias se miraron entre sí, tensos como arcos a punto de soltar la cuerda.
Kael sostuvo la mirada de su hermana, incrédulo.
—¿De verdad estáis lista para eso, Lyeria?
¿Para encender un incendio que quemará no solo reinos, sino también la sangre que llevamos en las venas?
Lyeria no retrocedió.
Se acercó un paso más, y su voz salió firme, sin temblor.
—Hermano, yo ya ardo desde hace años.
Sobreviví al frío, al hambre, a ser usada como moneda en juegos que nunca pedí.
He visto imperios devorarse entre sí, y he aprendido que la paz que ellos os venden no es más que una cadena en el cuello.
Si he de enfrentar la guerra, lo haré con los ojos abiertos.
Kael apretó la mandíbula.
—Pero no habláis solo de vos.
Habláis de Dravena.
De mis gentes.
De mi pueblo, que ya ha sangrado demasiado.
Lyeria se inclinó hacia él, bajando la voz para que solo él la oyera.
—Y por eso os necesito.
Porque sois el único que aún respira después de tanta ruina.
Sois rey no por la corona, sino porque no doblasteis la rodilla.
Yo os ofrezco algo que Piedraferoz jamás os dará: un lugar junto a mí, no bajo mis pies.
Kael bajó la mirada, el pecho atenazado.
Lo que ella proponía no era solo un pacto.
Era romper con todo lo que mantenía en equilibrio su frágil reino.
Y al mismo tiempo, era la primera vez que alguien le ofrecía algo distinto a obedecer o morir.
El silencio se prolongó hasta hacerse insoportable.
Nadie habló, nadie respiró fuerte, como si una sola palabra mal puesta pudiera desencadenar una guerra allí mismo.
Lyeria no insistió más.
Miró a su hermano con un brillo extraño, mezcla de ternura y desafío, y asintió como si ya hubiera dicho todo lo necesario.
—No os pido una respuesta ahora, Kael —susurró con voz firme pero cálida—.
El tiempo dirá si veis en mí una amenaza o una aliada.
Retrocedió, y sus guardias imperiales se movieron al unísono, abriendo paso hasta las puertas del salón.
Antes de salir, volvió el rostro por última vez hacia él.
—Recordadlo, hermano: vuestra cadena no es Dravena, es Piedraferoz.
Y no toda atadura se rompe con hierro, algunas se rompen con decisión.
Las puertas se cerraron tras ella, dejando un eco de acero y tela que se fue apagando con la distancia.
Kael se quedó de pie, con la empuñadura de su espada sudada en la mano y la mente hecha un torbellino.
Aelyne lo miraba con el gesto duro, Alessa con desconfianza encendida, pero ninguna habló.
El joven rey alzó la vista hacia los ventanales.
Afuera, los estandartes de Tharavos ondeaban aún en el viento, como un mal presagio que también podía ser una promesa.
No sabía si lo que acababa de escuchar era la trampa mejor urdida que un imperio podía tenderle… o la oportunidad que Dravena había esperado durante generaciones.
Pero sí sabía una cosa: cada día odiaba más las cadenas de Piedraferoz.
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