Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo XXIV La voz del reino
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25: Capítulo XXIV: La voz del reino 25: Capítulo XXIV: La voz del reino El rumor había corrido más rápido que el viento.
En las calles de Véldamar ya se hablaba de la mujer vestida en negro, de los estandartes de Tharavos ondeando en la fortaleza, de una visita que no traía emisarios ni tributos, sino sangre.
Unos decían que era una amenaza, otros que era la salvación, pero todos murmuraban su nombre como si fuera un conjuro prohibido: la Emperatriz Lyeria.
Kael convocó al Consejo esa misma noche.
No había espacio para el sueño; las sombras del salón parecían más pesadas que nunca, y el fuego de las antorchas no lograba espantar la sensación de que el mundo entero se encogía sobre ellos.
—¡Malditos sean todos los dioses!
—gruñó Kael apenas cerraron las puertas—.
Tharavos cruza nuestras tierras como si fueran suyas, y ni Piedraferoz ni su emperador moverán un dedo por protegernos.
¿Qué soy yo entonces, un rey o un perro con collar?
El golpe de su mano resonó contra la mesa, y el eco hizo temblar los pergaminos apilados.
Hildar Murne carraspeó, la voz rasposa como grava.
—Decidlo claro, majestad: esto huele a guerra.
El Imperio no visita a hermanos perdidos ni comparte nostalgias.
Si aceptáis su mano, los lanceros de Piedraferoz verán traición en cada torre de Dravena.
—¡Ya es traición lo que vivimos!
—espetó Kael, con los ojos encendidos—.
Nos exprimen con impuestos, nos quitan consejeros, nos tratan como esclavos.
¿Eso no es ya guerra disfrazada?
El silencio se quebró con la risa áspera de Ilen Ostar, que agitaba su copa de vino barato como si estuviera en una taberna.
—Si me preguntáis, mejor una guerra abierta que esta lenta putrefacción.
Al menos los campesinos saben cómo empuñar un hacha cuando la sangre les llega al tobillo.
—¡Callad, insensato!
—intervino el padre Ebron, golpeando su báculo contra el suelo—.
¿Acaso queréis arrojar las almas de miles a la condena?
No juguéis con palabras como si fueran granos de trigo.
La sangre no se recoge.
Naeryn, hasta entonces callada, se inclinó hacia Kael.
Sus ojos eran dos sombras en la penumbra.
—Majestad, con todo respeto, no es tan simple como elegir un bando.
Tharavos viene con promesas, Piedraferoz con cadenas… pero ambos juegan el mismo juego: Dravena como pieza en su tablero.
Lo que importa no es a quién teméis más, sino cómo usáis ese miedo para sobrevivir.
Kael se dejó caer en la silla, frotándose el rostro con ambas manos.
Sentía que cada palabra del consejo era un clavo más en su cráneo.
—Sobrevivir… —murmuró, casi para sí—.
He pasado medio reinado sobreviviendo, no gobernando.
Seris Talen, la ministra de Finanzas golpeó la mesa con el puño.
—Entonces, ¡decid de una vez, majestad!
¿Seguiremos pagando tributos hasta que no quede oro ni para enterrar a los muertos, o nos atrevemos a cambiar el juego?
Porque os juro que no hay más dracmas que exprimir sin romper el espinazo del reino.
Kael la miró con furia, pero en su rabia había también verdad.
—¡Y si cambio el juego, Seris, ¿quién asegura que no seré recordado como el rey que arrastró a Dravena a la ruina final?
Nadie respondió.
El silencio se hizo insoportable, roto solo por el crepitar del fuego.
Hildar Murne, viejo soldado de mil campañas murmuró entonces sin mirarlo.
—Mejor ser recordado como rey que luchó, que como perro que obedeció hasta morir en silencio.
Kael cerró los ojos.
El peso del reino se sentía más cruel que nunca.
Entre cadenas y promesas, no había salida que no oliera a sangre.
Cuando por fin el consejo se disolvió, Kael no soportó el encierro de aquel salón.
Salió a los pasillos, y luego a la terraza alta de la fortaleza.
El aire frío lo golpeó en el rostro como una bofetada, pero no fue alivio: era un recordatorio de que estaba vivo y atado a un destino que no podía eludir.
Desde allí, Véldamar se extendía como un mar de techos ennegrecidos, antorchas que titilaban en las calles y el rumor lejano de la ciudad que nunca dormía.
El murmullo del pueblo mezcla de miedo y esperanza, parecía alcanzarlo hasta las murallas.
Todos hablaban de lo mismo: la Emperatriz de Tharavos.
Su hermana.
Su tentación.
Su condena.
Kael apretó la baranda de piedra con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
—Maldito sea todo esto… —susurró, con el peso del mundo hundiéndole los hombros.
No oyó pasos, pero sintió la presencia antes de verla.
Alessa se acercó despacio, envuelta en un manto oscuro, y la luz de la luna se reflejó en su vientre ya crecido.
Él lo notó de inmediato: la curva firme, clara, innegable.
Por un instante, la furia que hervía en su pecho se quebró en silencio.
—Ya es visible… —dijo Kael, con un hilo de voz que mezclaba sorpresa y ternura.
Alessa sonrió apenas, una sonrisa cansada pero auténtica.
—Lo sé.
Y cada día pesa más.
No solo en el cuerpo, también en el alma.
Kael la miró, y por primera vez en toda la jornada, no fue rey ni guerrero.
Fue un hombre cansado, al borde del abismo, que solo veía en ella un punto de ancla.
—No sé qué hacer, Alessa —confesó, la voz rota—.
Si acepto a Lyeria, traiciono a Piedraferoz y arrastro a Dravena al filo de la guerra.
Si la rechazo, sigo siendo perro con cadenas.
¿Y qué quedará para nuestro hijo?
¿Un reino libre o una tumba disfrazada de trono?
Alessa se acercó hasta quedar junto a él, y tomó su mano con fuerza.
La colocó sobre su vientre, obligándolo a sentir el latido oculto bajo su piel.
—Kael, sea cual sea la decisión, yo estaré a vuestro lado.
No me importa si el mundo nos llama traidores o cobardes, mientras estéis aquí, peleando, respirando.
Este hijo crecerá sabiendo que su padre no se rindió, aunque tuviera miedo.
El rey cerró los ojos, y por un instante todo el peso pareció disiparse en ese contacto.
Era un respiro breve, frágil, pero necesario.
Alessa apoyó la cabeza en su hombro y murmuró: —No estáis solo, mi amor.
No lo habéis estado nunca.
Y en ese instante, entre el frío de la noche y el murmullo de la ciudad, Kael encontró algo que el consejo, la corona y los dioses jamás le dieron: un poco de consuelo.
Kael se quedó mirando a Alessa en silencio, sintiendo que las palabras lo quemaban por dentro.
El peso de la corona lo había hecho callar demasiadas veces, pero esa noche, frente a ella y a la vida que llevaba en su vientre, no pudo guardarse nada.
Le tomó las manos, las apretó con una fuerza que era súplica y confesión.
“Nunca pensé que me enamoraría de alguien como vos”, murmuró, con la voz quebrada por la certeza de lo que decía.
“Agradezco vuestro corazón, vuestra paciencia conmigo, vuestra manera de sostenerme cuando ni yo mismo creía poder seguir en pie.
No os quiero lejos de mi presencia, Alessa.
Conocer a alguien como vos ha sido lo mejor que me ha pasado, más que tronos y victorias, más que títulos y alianzas.
Vos sois lo único que me recuerda que aún soy humano”.
Ella bajó la mirada, con lágrimas contenidas, y apoyó la frente en su pecho, respondiendo apenas con un suspiro, como si el amor no necesitara más que silencio para ser comprendido.
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