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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capítulo XXV La voz del reino - 02
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26: Capítulo XXV: La voz del reino – 02 26: Capítulo XXV: La voz del reino – 02 Al amanecer, con el eco de esas palabras aun latiendo en su mente, Kael partió hacia las tierras de Lord Gaeron.

Nadie lo esperaba, ni siquiera su anfitrión, y cuando el estandarte del rey apareció en la distancia, la casa de Gaeron se volcó en un revuelo de sorpresa y nerviosismo.

El propio señor salió al encuentro, atónito por la visita, incapaz de disimular el orgullo que le llenaba el pecho.

Lo recibió con una reverencia solemne, aunque la emoción en sus ojos traicionaba cualquier intento de rigidez.

“Majestad, vuestra presencia en mi hogar es un honor que no merezco”, dijo, mientras Kael desmontaba con un gesto tranquilo.

Compartieron vino en el salón, y cuando quedaron a solas, el rey habló con franqueza, sin adornos ni giros cortesanos.

“Hemos pasado por mucho, vos y yo.

Hubo desconfianza, hubo heridas, y al principio pensé que vuestra lealtad no era más que conveniencia.

Pero el tiempo me ha enseñado a reconocer lo que vale un hombre, y vos, Gaeron, habéis probado que sois de los que se mantienen en pie cuando todo se tambalea.

Un hombre como vos siempre es bueno para que yo sea mejor”.

Lord Gaeron escuchó con el ceño fruncido, no por enojo, sino por la intensidad con que esas palabras lo atravesaban.

Kael se inclinó hacia él, con los ojos fijos.

“Os reconozco como un súbdito fiel, pero no solo eso.

Quiero que seáis mi Canciller, mi Alto consejero Real.

Que estéis a mi lado no como uno más, sino como el primero entre todos.

Mi voz cuando yo no pueda hablar, mi mano cuando yo no pueda actuar”.

Gaeron parpadeó, incrédulo.

El orgullo y la emoción lo embargaban, pero también la duda y la humildad.

“Majestad… después de lo que ocurrió entre nosotros, de las veces en que dudamos uno del otro, no soy digno de tal honor”.

Pero Kael sonrió con calma, una sonrisa de respeto sincero.

“No tengo ya nada contra vos.

Solo admiración.

Si os ofrezco este lugar, es porque sé que Dravena necesita a hombres como vos.

Y yo también”.

Entonces Gaeron pidió que su familia se acercara.

Primero su esposa, una mujer de noble porte y mirada serena, que inclinó la cabeza ante el rey con una mezcla de respeto y orgullo.

Luego sus hijos: el mayor, un joven de porte firme, apenas en la frontera entre la juventud y la hombría, cuyos ojos brillaban con el deseo de probarse digno de su linaje.

Kael lo miró con detenimiento y declaró: “Quiero que me sirváis a mi lado, no como noble encerrado en estas tierras, sino como escudero.

Aprenderéis el peso de la espada y el de la corona, y yo os forjaré como hombre”.

El muchacho, con el corazón golpeándole el pecho, aceptó sin dudar, mientras su padre lo miraba con un orgullo contenido.

Finalmente, se presentó a su hija, una doncella de belleza delicada y noble gracia, cuyos cabellos caían como seda oscura y cuyos ojos reflejaban una inteligencia despierta.

El rey la saludó con cortesía, reconociendo en ella no solo la hermosura evidente, sino la presencia de un espíritu fuerte que no pasaba inadvertido.

Lord Gaeron, conmovido hasta lo más profundo, inclinó la cabeza con respeto renovado.

“Majestad, no sé si seré digno de este cargo, pero si lo acepto, será porque mi lealtad no conoce otro destino que vos y Dravena”.

Kael le puso la mano en el hombro, firme, con la autoridad de un rey y el calor de un hermano de armas.

“Entonces, desde hoy, sois mi Canciller.

Que Dravena lo sepa, que el reino lo escuche: no camino más solo.

Vos caminaréis conmigo”.

La sala estalló en murmullos, y el eco de esas palabras empezó a recorrer la casa de Gaeron como un presagio de lo que vendría.

El regreso a Véldamar no fue uno más.

El pueblo vio entrar al rey acompañado de Lord Gaeron y de su familia, y el murmullo se esparció como viento entre las piedras: algo iba a ocurrir, algo grande, pues no era común que el monarca regresara con uno de sus señores al flanco.

En el salón del trono, bajo las altas bóvedas, Kael se presentó ante el consejo y los nobles.

La atmósfera estaba cargada de expectativa, y aun los más escépticos callaron cuando la voz del joven rey resonó firme.

Habló del peso de los días pasados, de las guerras, de los tributos, de las traiciones que habían puesto al reino contra las cuerdas.

Nombró con claridad a Lord Gaeron, recordando que en un principio hubo desconfianza y roces, que él mismo había dudado de su lealtad, pero que el tiempo se encargó de revelar el temple de un hombre que nunca se quebró.

Los consejeros se inquietaron, algunos fruncieron el ceño, otros cuchichearon con recelo, pero Kael no vaciló.

Caminó hasta Gaeron y, apoyando su mano sobre su hombro, lo alzó con palabras que nadie esperaba escuchar: lo nombraba Canciller del Reino, Alto Consejero, no como uno más, sino como el primero de todos.

Un rumor recorrió la sala, una mezcla de aprobación, sorpresa y desagrado.

Hildar Murne asintió grave, Seris Talen masculló algo entre dientes, y hasta el padre Ebron inclinó la cabeza, como si reconociera en silencio la magnitud del momento.

Lord Gaeron, conmovido hasta los huesos, se inclinó ante su rey con los ojos humedecidos, murmurando que no era digno de tanto honor, recordando las dudas y heridas del pasado.

Pero Kael, con una calma que era respeto y firmeza, le respondió que no buscaba perfección, sino hombres necesarios, y que Gaeron era uno de ellos.

Junto a él, su hijo mayor, Atlas, se mantenía erguido, con la rectitud de la juventud ansiosa por probarse.

Kael lo señaló ante todos, declarando que desde aquel día le serviría como escudero, no solo para blandir la espada, sino para aprender el peso de la corona.

El muchacho inclinó la cabeza con la solemnidad de quien entiende que su vida acaba de cambiar para siempre.

A un lado, la esposa de Gaeron y su hija observaban con orgullo contenido, la madre con serenidad y la joven doncella con esa mezcla de timidez y fuego que no pasa inadvertida a ningún ojo atento.

El rey entonces alzó la voz una vez más, dejando que sus palabras se hundieran como hierro en la memoria de todos.

Dravena no caminaría más sola, y él no cargaría en soledad con el peso de un reino condenado a la incertidumbre.

Desde ese día, Gaeron sería su Canciller, su más alto consejero, y su hijo acompañaría al rey como su sombra.

El eco de aquella proclamación retumbó en las paredes del salón y se filtró a las calles, donde pronto se mezclaría con las voces del pueblo.

Para algunos era esperanza, para otros una amenaza, pero para todos quedaba claro que nada volvería a ser igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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