Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 27
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Capítulo 27: Capítulo XXVI – El Pacto de Velmarión
El camino a Velmarión le pesó a Kael más que cualquier batalla. Las murallas del imperio se alzaban ante él con una grandeza que parecía hecha para empequeñecer a todos los demás reinos. Torres de mármol blanco, cúpulas que atrapaban la luz del sol y estandartes carmesí ondeando con el emblema de la Casa Tervannos: el sol devorando al águila. A cada paso, Kael sentía la garganta más seca. No era un viaje cualquiera, era una apuesta contra la historia, y lo sabía.
En el salón imperial lo esperaba Lyeria, vestida de púrpura, con la frente erguida y la sonrisa calculada de quien sabe que todo lo que ocurre ya lo había previsto. A su lado, un joven de rostro sereno y mirada clara: Egon Tervannos, apenas un muchacho, aunque con el porte de príncipe. No lejos de ellos, observando como un depredador desde la penumbra, se encontraba Reagan Tervannos, el hermano del emperador muerto, heredero por derecho, general de hierro, a quien todo soldado temía nombrar en el campo de batalla. Su sola presencia ensombrecía la sala más que cualquier estandarte.
Las palabras ceremoniales se pronunciaron, los títulos fueron recitados, pero Kael apenas escuchaba. Sus ojos iban de su hermana al joven príncipe, y de allí al hombre que dominaba el aire con el peso de su silencio.
Fue Egon quien habló primero, con una voz templada que buscaba la solemnidad. “Bienvenido a Velmarion, rey Kael. Esta no es una tierra que abra sus puertas con facilidad, pero vos sois sangre de nuestra sangre. Lyeria y yo creemos en una alianza, no en cadenas”. El muchacho hablaba con educación, pero Kael reconoció enseguida la blandura en sus gestos, la falta de cicatrices en sus manos. No era él quien llevaba el peso de esas palabras.
La mirada de Reagan lo confirmó. El general no movió un músculo, pero en sus ojos estaba toda la ira de quien había visto cómo la corona le era arrebatada por intrigas. Nadie en la sala lo dijo en voz alta, pero todos sabían que aquella corona debía reposar sobre su frente, y que el título que ostentaba —Alto Señor de las Nueve Lanzas— no era más que un consuelo envenenado.
Kael sostuvo el aire unos segundos antes de hablar. “No estoy aquí para rendirme. Dravena no será jamás un vasallo de nadie. He venido porque quiero escuchar vuestra propuesta, pero si no me conviene, me marcharé con la frente erguida. No negociaré cadenas”.
Lyeria dio un paso adelante, con voz suave y firme a la vez. “No os he llamado para someteros, Kael, sino para ofreceros un lugar a nuestro lado. Piedraferoz os oprime, os sangra, os roba consejeros y os deja con migajas. Yo os propongo un pacto distinto. Mutuo. Vos mantenéis vuestro reino, vuestras leyes, vuestra corona. Nosotros os damos respaldo militar, rutas de comercio, un muro contra quienes solo esperan veros caer”.
Las palabras quedaron flotando. Kael asintió con lentitud. Se redactaron pergaminos, se trajeron sellos y el pacto fue firmado: no como vasallaje, sino como igualdad. El eco del acuerdo se selló con cera caliente, y los nobles imperiales lo presenciaron en silencio.
Más tarde, en la penumbra de una sala privada, fue Lyeria quien lo buscó. Sin cortesanos, sin estandartes, solo dos hermanos separados por años de guerra y silencio. Ella le ofreció una copa y al ver que él dudaba, sonrió. “No, Kael, esta vez no hay veneno. Aprendí a usarlo con más sutileza”.
El rey la observó con cautela. Ella, sin pedir permiso, comenzó a hablar. Le relató cómo había sido sacada de Dravena en secreto, cómo había sobrevivido en tierras extranjeras sin más armas que su ingenio, cómo el emperador muerto la había acogido para luego intentar apartarla, y cómo, con paciencia, astucia y el apoyo de caudillos que desconfiaban de Reagan, terminó imponiéndose como Emperatriz Regente.
No lo dijo con orgullo, sino con frialdad. “Reagan tenía derecho al trono. Los soldados lo hubiesen seguido. Pero los caudillos sabían lo que él era: un martillo sin freno. No querían a un verdugo en el trono, querían a alguien que supiera usar la espada y la palabra. Yo les di lo que buscaban. A cambio, acepté un matrimonio con su hijo. Así Egon conserva la gloria de la sangre imperial, y su padre se contenta con un título que lo hace sentir poderoso. Alto Señor de las Nueve Lanzas… suena a honor, pero es solo una cadena dorada”.
Kael la escuchó sin parpadear. Cada frase era un golpe más fuerte que cualquier espada. Aquella no era la niña que recordaba, ni siquiera la hermana que había soñado encontrar. Era otra cosa. Una mujer que había desafiado la lógica del imperio y había vencido con las armas que él jamás habría sabido usar.
Al final, Lyeria se inclinó hacia él, apenas lo suficiente para que solo él escuchara. “Ahora entendéis por qué os necesito conmigo. Conmigo, Dravena será libre. Contra mí… seréis el próximo al que arranquen el trono de las manos”.
Kael apretó la copa con fuerza, sin responder. En sus ojos se mezclaban el temor y la admiración. Había enfrentado a generales, a traidores, a invasores, pero nunca a alguien como ella. Por primera vez comprendió que su hermana era más peligrosa que cualquier guerrero que hubiese conocido. Y supo, con un escalofrío en el pecho, que era mejor tenerla como aliada que como enemiga.
Kael se quedó en silencio largo rato, hasta que el murmullo de los corredores se apagó y solo quedó el crepitar de una antorcha contra la piedra. Entonces se atrevió a preguntar lo que le ardía en el pecho.
—Decidme, Lyeria… —su voz fue baja, casi rota—, ¿fuiste vos quien mató al emperador?
Ella no apartó la mirada. Durante un instante pareció debatirse entre el fingir y el confesar, pero al final sus labios se curvaron en una sonrisa ligera, sin rastro de culpa.
—El emperador murió porque estaba destinado a morir. Digamos que lo ayudé a cumplir ese destino un poco antes de lo previsto. —Se acercó un paso más, sus ojos brillando con esa calma inquietante que no conocía límites—. Y os diré algo, Kael: no siento remordimiento. Si no lo hubiera hecho yo, me habría borrado como a una sombra molesta.
El joven rey contuvo el aire. Aquel tono, frío pero sincero, lo estremeció más que cualquier confesión.
—¿Y no teméis que Reagan un día se levante contra vos? —apretó los puños, mirándola de frente—. Ese hombre no nació para inclinar la cabeza. Su ambición lo devora.
Lyeria dejó escapar una risa breve, como el tintineo de un acero ligero.
—Claro que lo hará, hermano. Esa es su naturaleza. Reagan jamás aceptará que la corona ya no le pertenece. Pero no lo subestiméis: el título que le di lo mantiene distraído, con poder suficiente para sentirse temido, pero sin la llave de la corona. Y mientras tanto… —se giró apenas hacia la puerta cerrada, como si en el silencio pudiera verse el reflejo de Egon—, su hijo me sirve mejor de lo que él jamás podría.
Kael bajó la voz, mordaz.
—Un títere.
—Un puente —corrigió ella con calma—. Egon me da lo que necesito: un príncipe imperial, sangre Tervannos en mi lecho y pronto, si los dioses lo quieren, un heredero legítimo que asegure la corona a una nueva dinastía. Eso, hermano, es lo que me mantendrá donde estoy. No la fuerza de mi ejército, sino la continuidad de la sangre.
Kael se recargó contra la mesa, sintiendo la madera bajo las manos. La miró con una mezcla de rabia y ternura, y entonces su voz cambió, como si se abriera en canal.
—Os busqué, Lyeria. Desde aquella noche maldita, recé cada día por vos. Pero nunca supe qué encontraría si os hallaba. Si fuese mi hermana o un recuerdo. Y ahora os veo… y no sé si debiera abrazaros o temeros.
Ella, por un momento, suavizó el gesto. Se acercó lo suficiente para posar su mano sobre la de él, fría y firme como la piedra.
—Lo mismo me pasó a mí. Durante años pensé que Dravena era polvo y cenizas. Que vos habíais muerto, como todo lo demás. Y sin embargo, aquí estáis. Un rey alzado donde nadie os quería, un bastardo que ha hecho lo que ningún heredero legítimo logró.
Kael cerró los ojos, tragando saliva.
—Nunca aspiré a esto. Nunca quise ser rey. Siempre fui relegado, la sombra de un apellido roto.
Lyeria apretó su mano.
—Y sin embargo, sois rey. Y no cualquier rey: uno que ha visto crecer su tierra en tiempos oscuros. ¿No lo veis? Dravena ha sobrevivido porque vos lo habéis mantenido vivo. No hay nadie más digno que vos. Ni Kaedric, ni ningún otro fantasma del pasado. Solo vos, Kael.
El rey abrió los ojos. Por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien lo reconocía, no como un peón levantado por conveniencia, sino como un hombre que había ganado su lugar. Y mientras la miraba, comprendió la verdad que lo marcaba como una herida: Lyeria era tan peligrosa como sabía, tan mortal como necesaria. Tenerla como enemiga sería la ruina. Tenerla como aliada… la única esperanza de Dravena.
Kael aún sentía el peso de las palabras cuando Lyeria, tras un silencio, inclinó apenas el rostro hacia él. Su voz se suavizó, casi como si hablara de un secreto entre hermanos que nadie más debía escuchar.
—He visto a vuestra reina, Alessa. La manera en que os mira, la forma en que su vientre crece con vuestro hijo… —sus ojos se iluminaron, insólitamente cálidos—. Ella es vuestra salvación, Kael. Esa mujer es roca en mitad de la tormenta. Cuidadla, apóyanos en ella. Si algo os mantiene humanos, es ella.
Kael respiró hondo, sintiendo un nudo que no quiso desatar. Pero Lyeria no había terminado.
—Y también vi a la otra, Aelyne —sus labios se curvaron en una media sonrisa que no era del todo burla ni del todo afecto—. Esa joven me recuerda demasiado a mí misma. Ambiciosa, orgullosa, hambrienta de un lugar que el mundo no siempre quiere darle. Si no la controláis, Kael, os conducirá a la ruina. No creáis que se unió a vos solo por conveniencia del consejo. Ella sueña con más. Sueña con un trono que no quiere compartir.
El rey apretó la mandíbula, apartando la mirada hacia la ventana oscura.
—Habla con dureza, hermana.
—Con verdad —replicó ella sin pestañear—. Y os diré algo más: no dudéis en deshaceros de ella si se convierte en amenaza. Lleve vuestro hijo en el vientre o no. La sangre no debe cegarnos cuando el poder de un reino está en juego.
Kael la miró entonces, con el pecho ardiendo y las manos tensas sobre la mesa. Por un momento, no supo si su hermana lo estaba aconsejando o tentando a convertirse en lo mismo que ella.
Lyeria le sostuvo la mirada, y en ese silencio quedó la certeza: ella no jugaba a medias, no conocía la compasión cuando se trataba del poder.
Kael la miró fijamente, como si quisiera atravesarla con la mirada, y soltó en voz baja:
—¿Por qué decís eso, Lyeria? ¿Por qué hablar así de mi reina, de la madre de mi hijo?
Ella no desvió los ojos ni un parpadeo, como si hubiese esperado esa reacción.
—Porque os conozco, hermano. Y porque sé leer en los gestos lo que otros no ven. Alessa os ama de un modo que ni vos mismos creíste posible. Ella os sostiene en medio del vacío, y eso la convierte en vuestra fortaleza más pura. Pero Aelyne… —se inclinó hacia él, susurrando como si temiera que alguien más oyera—, Aelyne os desea, sí, pero también desea algo más: un lugar donde nadie la opaque, un trono que pueda llamar suyo. La veo y me reconozco en su ambición, y créeme… ese fuego no se apaga con caricias.
Kael sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía: con la seguridad de quien ya había probado lo mismo en carne propia.
—Lleva mi hijo en su vientre —respondió, con la voz dura, como si quisiera proteger a Aelyne incluso de las palabras.
Lyeria asintió lentamente, casi con ternura, pero sus labios aún guardaban veneno.
—Sí, y eso lo complica todo. Pero recordad, Kael, no es la sangre la que decide el destino de un reino, sino la voluntad de quienes saben tomarlo. No os ceguéis por los lazos. Si ella se convierte en amenaza, no dudéis. Porque yo no dudaría.
El silencio se hizo pesado entre ambos, como un hierro al rojo vivo en medio de la sala. Kael apretó los puños, sin dar respuesta.
Kael no respondió. Sus labios se movieron, pero ninguna palabra salió de ellos. Se limitó a sostenerle la mirada a su hermana, sintiendo que cada frase suya era como un filo que lo atravesaba. Lyeria, en cambio, parecía perfectamente tranquila, como si hubiera dejado caer una verdad que no necesitaba más explicación.
El silencio se alargó, roto solo por el chisporroteo de las antorchas en la piedra. Finalmente, ella se apartó con una ligera inclinación de cabeza, como quien da por concluida una conversación incómoda pero necesaria.
—Pensad en lo que os he dicho, Kael. En tiempos de guerra, la duda mata más que la espada.
El joven rey tragó saliva, endureció el gesto y, sin despedirse, se volvió hacia la puerta. Cada paso de regreso a sus aposentos le pesaba como plomo. No sabía si su hermana le había dado un consejo o lo había marcado con un veneno imposible de arrancar.
Aquella noche, en la soledad del palacio de Velmarion, Kael no pudo dormir. Tenía ante sí el recuerdo de los ojos de Lyeria, llenos de certezas heladas, y el eco de su voz repitiendo como un juramento: “Si se convierte en amenaza, no dudéis.”
Y mientras la luna se alzaba sobre los torreones de las paredes, el rey de Dravena comprendió que ya no podría mirar a sus reinas de la misma manera.
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