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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 28

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Capítulo 28: Capítulo XXVII – El Pacto de Velmarión – 2

Kael se recargó contra la mesa, sintiendo la madera bajo las manos. La miró con una mezcla de rabia y ternura, y entonces su voz cambió, como si se abriera en canal.

—Os busqué, Lyeria. Desde aquella noche maldita, recé cada día por vos. Pero nunca supe qué encontraría si os hallaba. Si fuese mi hermana o un recuerdo. Y ahora os veo… y no sé si debiera abrazaros o temeros.

Ella, por un momento, suavizó el gesto. Se acercó lo suficiente para posar su mano sobre la de él, fría y firme como la piedra.

—Lo mismo me pasó a mí. Durante años pensé que Dravena era polvo y cenizas. Que vos habíais muerto, como todo lo demás. Y sin embargo, aquí estáis. Un rey alzado donde nadie os quería, un bastardo que ha hecho lo que ningún heredero legítimo logró.

Kael cerró los ojos, tragando saliva.

—Nunca aspiré a esto. Nunca quise ser rey. Siempre fui relegado, la sombra de un apellido roto.

Lyeria apretó su mano.

—Y sin embargo, sois rey. Y no cualquier rey: uno que ha visto crecer su tierra en tiempos oscuros. ¿No lo veis? Dravena ha sobrevivido porque vos lo habéis mantenido vivo. No hay nadie más digno que vos. Ni Kaedric, ni ningún otro fantasma del pasado. Solo vos, Kael.

El rey abrió los ojos. Por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien lo reconocía, no como un peón levantado por conveniencia, sino como un hombre que había ganado su lugar. Y mientras la miraba, comprendió la verdad que lo marcaba como una herida: Lyeria era tan peligrosa como sabía, tan mortal como necesaria. Tenerla como enemiga sería la ruina. Tenerla como aliada… la única esperanza de Dravena.

Kael aún sentía el peso de las palabras cuando Lyeria, tras un silencio, inclinó apenas el rostro hacia él. Su voz se suavizó, casi como si hablara de un secreto entre hermanos que nadie más debía escuchar.

—He visto a vuestra reina, Alessa. La manera en que os mira, la forma en que su vientre crece con vuestro hijo… —sus ojos se iluminaron, insólitamente cálidos—. Ella es vuestra salvación, Kael. Esa mujer es roca en mitad de la tormenta. Cuidadla, apóyanos en ella. Si algo os mantiene humanos, es ella.

Kael respiró hondo, sintiendo un nudo que no quiso desatar. Pero Lyeria no había terminado.

—Y también vi a la otra, Aelyne —sus labios se curvaron en una media sonrisa que no era del todo burla ni del todo afecto—. Esa joven me recuerda demasiado a mí misma. Ambiciosa, orgullosa, hambrienta de un lugar que el mundo no siempre quiere darle. Si no la controláis, Kael, os conducirá a la ruina. No creáis que se unió a vos solo por conveniencia del consejo. Ella sueña con más. Sueña con un trono que no quiere compartir.

El rey apretó la mandíbula, apartando la mirada hacia la ventana oscura.

—Habla con dureza, hermana.

—Con verdad —replicó ella sin pestañear—. Y os diré algo más: no dudéis en deshaceros de ella si se convierte en amenaza. Lleve vuestro hijo en el vientre o no. La sangre no debe cegarnos cuando el poder de un reino está en juego.

Kael la miró entonces, con el pecho ardiendo y las manos tensas sobre la mesa. Por un momento, no supo si su hermana lo estaba aconsejando o tentando a convertirse en lo mismo que ella.

Lyeria le sostuvo la mirada, y en ese silencio quedó la certeza: ella no jugaba a medias, no conocía la compasión cuando se trataba del poder.

Kael la miró fijamente, como si quisiera atravesarla con la mirada, y soltó en voz baja:

—¿Por qué decís eso, Lyeria? ¿Por qué hablar así de mi reina, de la madre de mi hijo?

Ella no desvió los ojos ni un parpadeo, como si hubiese esperado esa reacción.

—Porque os conozco, hermano. Y porque sé leer en los gestos lo que otros no ven. Alessa os ama de un modo que ni vos mismos creíste posible. Ella os sostiene en medio del vacío, y eso la convierte en vuestra fortaleza más pura. Pero Aelyne… —se inclinó hacia él, susurrando como si temiera que alguien más oyera—, Aelyne os desea, sí, pero también desea algo más: un lugar donde nadie la opaque, un trono que pueda llamar suyo. La veo y me reconozco en su ambición, y créeme… ese fuego no se apaga con caricias.

Kael sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía: con la seguridad de quien ya había probado lo mismo en carne propia.

—Lleva mi hijo en su vientre —respondió, con la voz dura, como si quisiera proteger a Aelyne incluso de las palabras.

Lyeria asintió lentamente, casi con ternura, pero sus labios aún guardaban veneno.

—Sí, y eso lo complica todo. Pero recordad, Kael, no es la sangre la que decide el destino de un reino, sino la voluntad de quienes saben tomarlo. No os ceguéis por los lazos. Si ella se convierte en amenaza, no dudéis. Porque yo no dudaría.

El silencio se hizo pesado entre ambos, como un hierro al rojo vivo en medio de la sala. Kael apretó los puños, sin dar respuesta.

Kael no respondió. Sus labios se movieron, pero ninguna palabra salió de ellos. Se limitó a sostenerle la mirada a su hermana, sintiendo que cada frase suya era como un filo que lo atravesaba. Lyeria, en cambio, parecía perfectamente tranquila, como si hubiera dejado caer una verdad que no necesitaba más explicación.

El silencio se alargó, roto solo por el chisporroteo de las antorchas en la piedra. Finalmente, ella se apartó con una ligera inclinación de cabeza, como quien da por concluida una conversación incómoda pero necesaria.

—Pensad en lo que os he dicho, Kael. En tiempos de guerra, la duda mata más que la espada.

El joven rey tragó saliva, endureció el gesto y, sin despedirse, se volvió hacia la puerta. Cada paso de regreso a sus aposentos le pesaba como plomo. No sabía si su hermana le había dado un consejo o lo había marcado con un veneno imposible de arrancar.

Aquella noche, en la soledad del palacio de Velmarion, Kael no pudo dormir. Tenía ante sí el recuerdo de los ojos de Lyeria, llenos de certezas heladas, y el eco de su voz repitiendo como un juramento: “Si se convierte en amenaza, no dudéis.”

Y mientras la luna se alzaba sobre los torreones de las paredes, el rey de Dravena comprendió que ya no podría mirar a sus reinas de la misma manera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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