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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 29

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Capítulo 29: Capítulo XXVIII – La Tormenta que se Alza

El regreso a Véldamar fue pesado y silencioso. Kael cabalgó sin pronunciar palabra, con el rostro endurecido y la mirada fija en el horizonte. La ciudad lo recibió con vítores y saludos, ajenos todos a la tormenta que ya se cernía sobre ellos. Nadie sospechaba que con el regreso del rey también llegaba el fin de una era de sumisión.

En la sala del trono lo esperaba el consejo. Hildar Murne, firme como un muro de granito, lo siguió con los ojos con la misma desconfianza con que un lobo mide a otro. Seris Talen, inquieta, tamborileaba los dedos sobre la mesa, incapaz de ocultar su impaciencia. Ilen Ostar murmuraba para sí, con el desaliño habitual de los hombres de campo. Naeryn, inmóvil y silenciosa, parecía una sombra que lo observaba todo. El Padre Ebron, con las manos entrelazadas, dejaba escapar plegarias que se perdían en el aire. Kael no se sentó, permaneció de pie en medio del salón, como si lo que estaba a punto de pronunciar solo pudiera decirse desde la firmeza de sus pies.

—No pagaremos más tributo a Piedraferoz.

Las palabras cayeron como un trueno. Hildar sonrió con la fiereza contenida de quien llevaba años esperando oírlas y golpeó la mesa con el puño. Seris se levantó bruscamente, incrédula, la indignación pintada en sus facciones. “Eso es una declaración de guerra, Majestad. ¿Queréis condenar a Dravena?”, exclamó con voz cortante. Kael sostuvo su mirada sin titubeos. “La condena es seguir arrastrándonos como esclavos. La guerra ya está aquí desde hace tiempo, solo que hasta hoy fingíamos no verla.” Ilen soltó una carcajada ronca, apoyando el codo en la mesa como si hablara para sí. “Pues más vale una guerra nuestra que una paz humillante.”

Los ojos de Naeryn brillaron en la penumbra, su voz apenas audible pero afilada como un cuchillo. “¿Y confiáis en vuestra hermana?” Kael apretó los labios antes de responder. “No confío en ella. Pero prefiero tenerla de aliada que de enemiga. Creedme, es un monstruo.” Nadie osó replicar. Esa palabra no sonó como un insulto, sino como un reconocimiento. El rey continuó, su voz firme, encendiendo la sala con cada sílaba. “He ordenado movilizar al ejército. Quiero a cada joven enlistado, a cada señor preparando a sus hombres. Los estandartes se alzarán en todas las regiones, no como símbolo de servidumbre, sino como desafío. Que Piedraferoz sepa que no volverá a arrancar de nosotros ni sangre ni oro.”

El Padre Ebron cerró los ojos, hundido en sus plegarias. Seris se dejó caer en su asiento, con la frustración marcada en el rostro. Hildar inclinó la cabeza con una sonrisa feroz, como quien por fin respira el aire de la guerra que tanto anhelaba. Kael esperó a que el murmullo se extinguiera y entonces añadió, con la voz más grave, la que llevaba el peso más amargo. “Lady Alessa y Lady Aelyne serán enviadas a Lorimar. No pondré a mis reinas ni a mis hijos en la línea del filo.” Hubo miradas cruzadas, gestos contenidos, pero nadie se atrevió a contradecirlo.

El rey se enderezó y, con la sombra alargada proyectándose contra los muros, alzó la voz como si invocara a toda Dravena. “No marcharemos más como vasallos. Marcharemos como un reino libre.” El silencio que siguió no fue de duda, sino de certeza. En aquella sala, todos comprendieron que las campanas de la guerra ya estaban sonando, aunque aún no repicaran en las torres de Véldamar.

Pasaron los meses como un tambor constante que retumbaba en cada rincón del reino. Kael había puesto en marcha la maquinaria de la independencia: herreros trabajando de noche, campesinos entregando grano para los almacenes, jóvenes enlistándose entre lágrimas y orgullo. El Consejo obedecía, pero todos sabían que cuando llegara el día del tributo y Dravena no lo enviara, el eco de la guerra recorrería todo el continente.

Y ese día se acercaba. Coincidía, por ironía del destino, con la espera del hijo de Alessa. El vientre de la reina se mostraba tenso, maduro, y los médicos del palacio aseguraban que en cualquier momento la vida se abriría paso. El pueblo lo esperaba con ansias: el heredero, la prueba de que el linaje de Kael estaba asegurado. Pero mientras las esperanzas de uno crecían, las sombras de la otra se agitaban.

Aelyne, silenciosa, no soportaba ver cómo la primacía de su rival se consolidaba con cada latido dentro de ese vientre. A pesar de que su cuerpo aún necesitaba más tiempo, fue su ambición la que tomó la decisión, basada en los cálculos que había realizado dos lunas antes. En las cámaras más apartadas del castillo, con parteras de su confianza, buscó forzar a la naturaleza. El dolor fue cruel, el llanto anticipado, y la criatura llegó al mundo antes de lo previsto. Frágil, con la piel demasiado pálida y un llanto breve que estremeció incluso a los criados más acostumbrados a la muerte.

Pero el niño respiraba. Y para ella, eso bastaba. Aelyne proclamó a su hijo como primogénito de Kael, el primero en nacer, el heredero de todo lo que su padre había conquistado. El palacio entero se llenó de rumores; unos hablaban de milagro, otros de pecado. Kael, al enterarse, quedó petrificado, sabiendo que la ambición de su esposa había cambiado el rumbo de la historia en un solo movimiento.

Mientras tanto, en la sala del consejo, se encendían las antorchas para marcar el fin del plazo del tributo. Esa misma noche, ningún jinete salió rumbo a Piedraferoz. El cofre de oro, los documentos sellados, las ofrendas… nada fue enviado. Dravena había roto su cadena. Y como si el destino lo hubiera escrito, al mismo tiempo que el tributo era negado, un niño nacido de ambición se convertía en la primera pieza de una guerra que aún no tenía nombre, pero que ya ardía en los corazones de todos.

Cuando los gritos desgarraron la madrugada, Kael corrió al aposento de Aelyne. El olor a hierbas quemadas y sudor lo golpeó antes que nada, y entre las sábanas empapadas vio al pequeño, débil pero vivo, en brazos de una partera temblorosa. El rey, jadeante, buscó con la mirada a su esposa. Aelyne, pálida y agotada, le devolvió una sonrisa febril.

—¿Cómo es posible? —Kael apenas podía creerlo, la voz le temblaba más que sus manos—. Aún faltaban lunas… ¿cómo es que nuestro hijo pudo nacer primero?

Aelyne alzó al recién nacido con un gesto casi solemne, como si lo ofreciera a los dioses. Sus ojos ardían de un brillo extraño, mezcla de triunfo y agotamiento.

—No preguntéis tanto, mi rey —susurró—. No es obra mía, ni de partera alguna. Es designio de los dioses. Ellos han decidido que mi hijo sea el primero, que él porte la corona de vuestro linaje.

Kael retrocedió un paso, dividido entre el gozo de ver a su sangre viva y el peso oscuro de las palabras de su esposa. No se atrevió a decir lo que cruzaba su mente: que aquello olía más a ambición que a providencia. El niño lloró otra vez, un quejido débil que pareció retumbar en las paredes como un presagio. El rey se llevó las manos al rostro, incapaz de bendecir o maldecir lo que acababa de ocurrir.

Fuera de esa cámara, las campanas de la ciudad resonaban con otro eco: había llegado la fecha del tributo. Y esa vez, ningún emisario partió hacia Piedraferoz.

Kael sostuvo al niño con torpeza, como si temiera que se le quebrara en los brazos. Su llanto era breve, su respiración débil, pero estaba vivo. Y vivo era suficiente. Cuando Aelyne, agotada pero con una determinación fría, le pidió que lo llamara Aedric, Kael no supo negarse. Era el nombre de un rey muerto, de un hermano caído, y la carga de esa tradición pesaba más que sus dudas. Así, entre las velas humeantes del aposento y el olor a hierbas amargas, se selló la voluntad de la madre: el primogénito sería Aedric de Dravena-Karvelia.

La noticia corrió por el castillo como fuego sobre paja. Y cuando llegó a oídos de Alessa, su rostro se tensó de incredulidad. La reina, ya hinchada por los últimos días de su embarazo, subió con paso firme hasta las cámaras de Aelyne. No pidió permiso; empujó las puertas y entró. La encontró recostada, con el niño en el regazo y una sonrisa tenue, casi victoriosa.

—¿Aedric? —la voz de Alessa sonó como un filo que corta en seco—. ¿Tenías que invocar ese nombre? ¿El nombre de tu hermano caído?

Aelyne giró el rostro hacia ella con una calma venenosa. Sus ojos, cansados pero firmes, brillaron bajo la penumbra.

—No es un capricho, Alessa. Es tradición. Karvelia no se olvida de sus reyes, y yo no dejaré que el linaje de mi casa muera en silencio. Mi hijo lleva un nombre que ya gobernó, y gobernará de nuevo.

Alessa apretó los puños, temblando de furia.

—Ese niño nació antes de tiempo, y todos lo saben. ¿Quieres vestirlo con un nombre glorioso para ocultar lo que hiciste?

Aelyne arqueó apenas una ceja, acariciando la cabeza de su hijo con fingida ternura.

—¿Ocultar? No, querida. Mostrar. Él es el primero. El primogénito. Que lo aceptes o no, no cambia lo que los dioses han decidido.

La respiración de Alessa se aceleró, y por un instante pareció que iba a abalanzarse sobre ella. Pero se contuvo. No podía arriesgarse, no con el peso de su propio hijo en el vientre. Se inclinó apenas hacia Aelyne, y en un susurro cargado de veneno le escupió:

—Entonces reza a tus dioses para que sobreviva, porque si no lo hace, tu juego habrá terminado.

Y se marchó, dejando tras de sí un silencio espeso. Aelyne, pese a su agotamiento, sonrió. Sabía que había herido donde más dolía: no solo había reclamado el primogénito, había marcado la batalla por la corona antes siquiera de que los niños aprendieran a hablar.

Pasaron solo unos días cuando los muros de Véldamar retumbaron con un nuevo clamor. Esta vez no eran susurros ni rumores, sino un grito de vida que atravesó los corredores del castillo. La reina Alessa había dado a luz, y el niño que trajo al mundo no lloraba como un ave débil, sino como un trueno. Su llanto era tan poderoso que parecía rebotar en las torres, despertando a soldados y doncellas por igual, como si el recién nacido reclamara ya la atención de todo el reino.

Kael entró en la cámara con el corazón acelerado. El sudor perlaba la frente de Alessa, agotada pero sonriente, y en sus brazos reposaba el niño. El pequeño agitaba brazos y piernas con una fuerza insólita, y cada vez que abría la boca su grito parecía un rugido en miniatura. Kael lo tomó, y el calor de aquella vida le recorrió las venas como fuego.

—Es fuerte… —murmuró, incrédulo, mientras el niño apretaba su dedo con sorprendente firmeza—. Fuerte como su madre… fuerte como debe ser el futuro de Dravena.

Las lágrimas se acumularon en los ojos de Alessa.

—Os dije que los dioses no nos habían olvidado.

Kael besó la frente del niño, y con la voz quebrada pero firme pronunció:

—Tú serás mi orgullo. Que todos lo sepan: este hijo mío no solo ha nacido sano, ha nacido con el rugido del reino en su pecho.

El eco de sus palabras se esparció más allá de la cámara. Pronto, los corredores del castillo vibraron con la noticia: había nacido el segundo hijo del rey, vigoroso, fuerte, el verdadero estandarte de esperanza para Dravena. Y mientras unos lo celebraban con júbilo, otros enmudecían con el peso de lo que aquello significaba. Porque, aunque Aedric había nacido primero, era este niño quien parecía tener el alma de un heredero.

Kael sostuvo al niño entre sus brazos como si cargara un tesoro arrancado de los propios dioses. El pequeño se agitaba con fuerza, sus pulmones rugían con vida, y el rey sintió que todo el peso de la guerra y de la corona se aligeraba en ese instante. Se inclinó sobre él, besando su frente húmeda, y susurró con voz firme:

—Tu nombre será Draven.

El murmullo se expandió como un relámpago. Criados, soldados y damas repitieron el nombre en eco, hasta que el castillo entero parecía corearlo. Draven, hijo del rey, vigoroso como el reino mismo, nacido en el mismo día en que Dravena rompió sus cadenas.

Alessa lloró en silencio, orgullosa, mientras Kael alzaba al niño para que todos lo vieran.

—Que lo sepan los dioses y los hombres —dijo—. Draven es mi orgullo, Draven es la carne del reino.

Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos comprendieron lo que esa proclamación significaba. Había nacido una guerra, y también una disputa: un heredero por nacimiento, Aedric, y un heredero por fuerza y destino, Draven.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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