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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 30

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Capítulo 30: Capítulo XXIX: Bajo un Cielo de Piedra

El día amaneció encapotado, y las campanas de Véldamar repicaron con un sonido apagado, presagio de que algo pesado se cernía sobre el reino. A media mañana, los guardias abrieron las puertas del salón del trono para dar paso a la comitiva imperial. Lord Varcon, embajador de Piedraferoz, caminaba con la altivez de un hombre que creía portar en su sombra el peso de todo un imperio. Su capa, bordada con hilos de plata y oro, arrastraba un murmullo sobre las losas, como si quisiera restregarle a cada noble presente la riqueza de su señor.

Kael permanecía en el trono, pero su rostro se mantenía pétreo, frío. No pronunció palabra, y cuando el embajador terminó su reverencia calculada, fue Lord Gaeron, ya nombrado Canciller, quien dio un paso al frente.

—El emperador de Piedraferoz —entonó Varcon, inflando el pecho— se ha mostrado paciente con vuestro reino. Paciente con vuestras deudas y con vuestro silencio. Pero su paciencia no es infinita. Os recuerdo, rey Kael, que Dravena sigue siendo vasallo del Imperio.

Un murmullo recorrió la sala, como el crujido de un leño antes de prender fuego. Kael apretó los brazos del trono, pero no habló. Fue Gaeron quien respondió, su voz firme, templada como una hoja recién forjada.

—Curioso —dijo—. Paciencia, llamáis a lo que no es más que codicia disfrazada. Dravena ha soportado cargas que quebrarían a cualquier otro reino. Hemos enviado tributos cuando nuestras tierras ardían y nuestros hijos caían en la guerra. Y ahora os atrevéis a venir con más exigencias, como un buitre que husmea entre huesos.

El rostro de Varcon se tensó, y sus ojos destellaron con rabia contenida.

—Cuidado con vuestras palabras, Canciller. No habláis solo ante un emisario, sino ante la voz del emperador.

Gaeron se inclinó apenas, en un gesto tan frío como un golpe de daga.

—Y vos cuidad la vuestra. Estáis en Dravena, bajo nuestro techo. Aquí la voz del emperador es tan hueca como el viento que azota estas murallas.

El silencio cayó pesado, y todos sintieron que en esas palabras se había roto algo más que la formalidad. Varcon inspiró hondo, tratando de recuperar la compostura.

—El emperador sabe también de vuestras recientes conquistas —continuó con dureza—Dos reinos más que tributaban ahora yacen bajo vuestro estandarte. Esa riqueza pertenece, por derecho, al Imperio. Desde hoy, el tributo exigido será el doble.

Kael levantó la mirada, oscura, pero aún no habló. Fue Gaeron, otra vez, quien dio un paso más cerca del embajador, su voz grave y cortante.

—El doble, decís… No recibirán ni una moneda más. El tiempo de doblar la rodilla se ha acabado.

Un murmullo recorrió la sala, mezcla de espanto y admiración. Varcon lo entendió al instante: la declaración había sido hecha, aunque no de la boca del rey. El desafío ya estaba en el aire, como una espada desenvainada que nadie podía volver a enfundar.

Kael cerró los ojos un instante, respirando hondo. Sabía que, sin pronunciar palabra, ya había cruzado el umbral hacia la guerra.

Varcon dio la oportunidad una vez más, con la paciencia fría de quien ha visto caer reinos y aún cree que la palabra basta para sostener un imperio. Recordó, con el brillo de la arrogancia en la mirada, que el emperador no veía con buenos ojos el retraso del tributo. Recalcó la bastardía de Kael como si esa palabra fuera una sentencia capaz de volverle pequeño; la pronunció como quien arroja una piedra en un estanque para ver quién se mueve. La sala se heló por un segundo, porque ciertas ofensas aún conservan el filo de la infancia.

Kael bajó del trono sin prisa, sin ruido, y caminó hasta el centro como si cada paso le costara un mundo. No habló. No debía. Las palabras de Varcon aún colgaban en el aire, su olor a peor que a coraje: a desprecio. El embajador, confiado, creyó que con la lengua había hecho lo necesario: humillar. Por eso no vio cómo la calma en los ojos del rey no era falta de respuesta sino un cuarto en el que se había forjado una decisión.

Cuando estuvo frente a él, Kael no se detuvo en gestos grandilocuentes; fue un movimiento seco, ancestral. Desenvainó la espada como quien quita una manta y, sin gritos ni furor, hundió la hoja en la boca de Varcon. La hoja cayó entre lengua y dientes, silenciando insultos antes de que pudieran completar otro veneno. La sangre, violenta y roja, marcó la mesa y el suelo con una calma terrible, como si de pronto alguien hubiera escrito en piedra que todo había cambiado.

Los hombres que acompañaban al embajador quedaron mudos, con la sorpresa pegada al rostro. Al principio la incredulidad paralizó sus cuerpos: manos que buscaban vainas vacías, gestos que se atascaban en la garganta. Nadie sabía si aquello era una locura, una afrenta que exigía venganza inmediata, o una señal de que el mundo había dado un vuelco. Un candelabro cayó y rodó, su sonido repiqueteó en la sala como un latido que no volvía.

Lord Gaeron no vaciló. La sangre en sus manos no lo perturbó; la guerra le había templado el gesto. Dio un paso al frente, se inclinó apenas sobre el cuerpo del embajador y, con la voz fría como hierro, pronunció para que todos entendieran: “Este es el mensaje a su Emperador. Decidle que Dravena, a partir de hoy, se libera de sus cadenas.” No añadió súplicas, ni pidió permiso. Sus palabras eran una orden y un despiadado alivio.

En aquellos segundos que siguieron, la sala se fracturó en reacciones imposibles: un guardia tembló y luego dejó caer la mano hacia la espada; otro se llevó la mano al pecho, como para contener un latido que no sabía si aferrar. Algunos murmuraron plegarias en voz baja, otros se volvieron hacia las puertas como si al abrirlas encontraran ya ejércitos a la vista. La comitiva imperial quedó allí, rota y avergonzada, mientras los criados cerraban las cortinas y la noticia comenzaba a nacer con el olor de la sangre.

Kael limpió la hoja con la misma calma con que un hombre recoge algo que siempre le perteneció. No hubo gesto de júbilo en su rostro, solo una tristeza enorme y una decisión irrepetible. Sabía lo que significaba: no era solo la muerte de un embajador; era la ruptura formal de un lazo que durante generaciones había definido la vida de su pueblo. Gaeron le puso una mano en el hombro, firme, como quien ofrece no consuelo sino compañía en la tormenta.

La noticia no tardó en salir: en los corredores, en las cocinas, en los patios donde los muchachos jugaban con lanzas de madera. El rumor ardió como pólvora húmeda: el rey había matado al embajador. Con la rapidez de quien entiende el juego de las consecuencias, los mensajeros fueron enviados, las órdenes se dieron y las forjas trabajaron la madrugada. Lo privado se tornó público en una hora; lo calculado se volvió irreversible en un lapso menor del que cualquiera hubiera dicho.

Dravena había hablado con la voz de su monarca, y esa voz, teñida de sangre, dejaba claro que ya no habría vuelta atrás.

Así pasaron los meses, con los cuernos de guerra sonando a lo lejos como presagios y las fraguas de Dravena ardiendo día y noche. Nadie en el reino dudaba de que la respuesta de Piedraferoz llegaría, aunque nadie sabía en qué forma. Y cuando por fin lo hizo, no fue con espadas ni asedios, sino con algo más venenoso: palabras envueltas en seda.

Un carruaje adornado con los colores imperiales se presentó en las puertas de Véldamar. De él descendió Amelia, con una diadema que proclamaba su nuevo título: Archiduquesa del Imperio. A su lado, vestido con los símbolos del dragón bicéfalo de Piedraferoz, caminaba el príncipe imperial Arvorel, hijo del emperador y heredero de su linaje. Su sola presencia en Dravena era un gesto que mezclaba amenaza y tentación.

El anuncio del heraldo retumbó en las murallas de Véldamar, y la multitud que llenaba la plaza se quedó inmóvil cuando escuchó el nombre. —¡La Archiduquesa Amelia y el príncipe Arvorel de Piedraferoz! El rumor corrió como un incendio: la mujer que había sido la consejera más cercana del rey, arrancada de su lado por exigencia imperial, regresaba ahora envuelta en la pompa del enemigo. Los ojos del pueblo se abrieron como platos; algunos murmuraron plegarias, otros se llevaron la mano al pecho. Nadie había olvidado la tarde en que la perdieron.

Kael, desde lo alto de las gradas, la vio descender del carruaje escoltada por estandartes púrpura y acero imperial. Por un instante, el peso de la corona desapareció; lo único que sintió fue el impulso absurdo de correr hacia ella y abrazarla, de recuperar a la mujer que había sido su faro en los primeros días de reinado. Se contuvo, rígido, porque los ojos del Imperio estaban sobre él. El corazón, sin embargo, le ardía en el pecho.

Amelia inclinó apenas la cabeza, y en ese gesto había tanto respeto como reproche. Su mirada se deslizó hacia Lord Gaeron, y las palabras brotaron sin adornos: —Creí que el deber de un canciller era aconsejar con prudencia, no dejar que vuestro rey caminara por el filo de la espada. ¿O acaso habéis olvidado que el precio de la soberbia lo pagan siempre los pueblos?

Gaeron apretó la mandíbula, pero no respondió. Fue Kael quien se levantó, la voz tensa, buscando sostenerse en su propia rabia. —¿Y qué hay de vuestro príncipe? —sus ojos se clavaron en Arvorel, que lo observaba con la incomodidad de un hombre atrapado entre dos lealtades—. La última vez que nos vimos me juraste qué harías lo posible para que vuestro padre dejara de exprimirnos. Pero mírate ahora… ¿acaso tus palabras valen menos que el viento?

El joven príncipe bajó la vista, humillado. —Mis fuerzas son limitadas, Majestad. Mi hermano mayor tiene la influencia que yo no poseo. Lo intenté, pero mi voz se pierde en la sala del trono.

El silencio fue interrumpido por la intervención de Amelia. —Majestad, fui responsable de instruirle en materia de inteligencia, pero no para enfrentarse a adversarios de gran poder capaces de causar graves consecuencias con facilidad.

Él la observó con intensidad, mientras los recuerdos de sus consejos se mezclaban con el resentimiento de la traición. —No, Amelia. Vos fuiste quien me enseñó a nunca rendirme. Todavía tengo presentes tus palabras cuando intentaron silenciarme: “Un rey que se arrodilla jamás vuelve a ponerse en pie”.

Ella cerró los ojos un instante, herida por sus propias enseñanzas. Kael continuó, la voz cargada de algo más que desafío. —Decidme, ¿de quién creéis que viene la locura que me guía ahora?

Amelia frunció el ceño. —¿Quién os ha convencido de esto?

Kael no dudó. —Lyeria me abrió los ojos.

El nombre fue pronunciado de manera inesperada en el salón. Amelia se apartó levemente, mostrando signos de agitación. —¿Lyeria? —inquirió en voz baja—. ¿Tu hermana continúa con vida?

Kael asintió con gravedad. —Y no solo vive. Es emperatriz. Y me mostró lo que nunca quise ver: que nuestra sangre no está hecha para cadenas.

La archiduquesa se llevó la mano al rostro, descompuesta. —Entonces por eso me han enviado… —su voz se quebró, y por primera vez dejó ver la mujer cansada tras la máscara de dignidad—. El Imperio sospechaba de vuestra alianza, y me ha dado la misión de convenceros. Esta es vuestra segunda oportunidad, Kael. No la desperdiciéis.

El ambiente se volvió asfixiante. Amelia habló con voz firme, pero el temblor en sus manos la delataba: —Dejad pasar lo del embajador. Que sea un error enterrado. Pero demostrad lealtad. Entregad a vuestro canciller, y triplicad el tributo. Es la única manera de evitar que el ejército imperial marche sobre Dravena.

Los ojos de Kael se endurecieron. Vio en Amelia la contradicción de quien lo amaba como a un hijo, pero traía en los labios la orden de su verdugo. Vio en Arvorel al hermano de armas de su juventud, convertido en príncipe del látigo que los esclavizaba. Y comprendió que, en ese instante, lo que estaba en juego no era solo el oro ni la política, sino la dignidad misma de Dravena.

—Dejadnos. —La voz del rey resonó con gravedad en la sala del trono. Su mirada recorrió a ministros, guardias y hasta al propio príncipe Arvorel. Nadie osó replicar. Cuando las puertas se cerraron con determinación, los ecos de las pisadas se desvanecieron. En el salón únicamente quedaron él y la archiduquesa. Kael descendió de su estrado y, sin pensarlo más, la abrazó como si los años de ausencia se hubieran derrumbado en un instante. No había rey ni archiduquesa en ese gesto, solo un hijo reencontrando a la madre que le enseñó a levantarse del polvo. Pero el momento se quebró pronto; Amelia se apartó con suavidad, con los ojos empañados.

—¿Cómo pudisteis llegar a esto? —preguntó con voz contenida, aunque vibrante—. Decidme, Majestad, ¿cómo vuestra hermana logró convenceros? ¿Por qué gobierna Tharavos en vuestro nombre? ¿Por qué arriesgarlo todo, romper un tratado de paz firmado hace décadas, para enfrentaros a Piedraferoz? ¿Qué ganáis con provocar una guerra que podría no acabar jamás?

Kael guardó silencio unos segundos. Sus pasos lo llevaron hacia el ventanal del salón, donde la luz de las antorchas teñía su perfil de sombras. Cuando habló, no fue con gritos, sino con la firmeza grave de quien carga una decisión irrenunciable.

—¿Qué gano? Gano libertad. Cada tributo que enviamos es un recordatorio de nuestra servidumbre. Cada decreto imperial que atraviesa estas tierras es un golpe al orgullo de mi pueblo. Vos sabéis lo que significó crecer señalado como bastardo, Amelia. Yo sé lo que pesa el desprecio. Y no pienso permitir que Dravena viva bajo ese mismo estigma.

Se giró hacia ella, los ojos oscuros, ardiendo de convicción. —Lyeria me mostró que se puede romper el yugo. No gobierna en mi nombre, gobierna en el suyo, y lo hace con una fuerza que incluso yo no imaginaba. Vos me enseñasteis a no doblar la rodilla. Ella me recordó que había llegado el momento de cumplirlo.

Amelia apretó las manos contra el pecho, como si quisiera retener las palabras que acababa de oír, pero no pudo evitar que la angustia se reflejara en su rostro. —Majestad… eso que llamáis libertad puede ser vuestra ruina. Lo que habéis emprendido no es una gesta heroica, es una hoguera que devorará reinos enteros.

Kael se acercó, la miró con una tristeza serena y una dureza inevitable. —Quizá lo sea. Pero prefiero que Dravena arda libre, a verla respirando bajo el látigo imperial.

Amelia lo escuchaba en silencio, pero en su mirada había un brillo de reproche, como si quisiera arrancarle la venda de los ojos. Fue entonces cuando Kael alzó la voz, con un temblor de ira contenida.

—¿Ya te olvidaste de cómo nos trataron? —rugió, y su voz resonó en las columnas del salón—. Ellos te apartaron de mí, me arrancaron de tu lado como si no valiera nada. Me obligaron a crecer marcado, siempre como un bastardo, siempre como un error. Y ahora me dices que debo servirles, ¿doblar otra vez la rodilla?

El silencio se volvió denso, casi insoportable. Amelia apretó los labios, pero Kael no la dejó responder. Dio un paso al frente, la dureza en su voz se volvió cuchillo.

—Caisteis en las redes del Imperio, y aún así os creía más inteligente. ¿Qué queréis? ¿Que acepte la misma cadena que nos ahogó desde niños? Lo que Tharavos haga o deje de hacer con Piedraferoz me tiene sin cuidado. Yo solo quiero la libertad de Dravena, y os juro por la sangre de mis padres que eso haré, aunque me cueste la vida.

El eco de sus palabras pareció sacudir los muros. Amelia lo miró con un dolor que era también orgullo, como quien contempla a un hijo al que no puede detener, aun sabiendo que se arroja al fuego.

La conversación con Amelia terminó en incertidumbre, como un pozo sin fondo. Ella se marchó con la mirada cargada de tristeza y advertencia, sin bendecir ni condenar a su rey, solo pidiéndole con la voz quebrada que ojalá sobreviviera a lo que se avecinaba. El príncipe Arvorel, antes de partir, se inclinó ante él con una solemnidad fría, y en pocas palabras dejó marcado el destino de ambos: lamentaba que las cosas hubiesen terminado así, pero la próxima vez que se vieran sería en el campo de batalla. Luego se marchó con su séquito, y las puertas de Véldamar se cerraron sobre ellos como si sellaran un juramento de sangre.

Pasaron varios días de expectación y de silencio tenso, hasta que los vigías anunciaron la llegada de un ejército en el horizonte. No eran las banderas de Piedraferoz, sino los estandartes de Tharavos. Un mar de dragones bordados en negro y oro flameaba al viento, avanzando con disciplina férrea. Al frente cabalgaba Reagan Tervannos, aquel a quien Kael siempre había despreciado por su brutalidad y ambición, pero que ahora aparecía como un aliado inevitable. Su sola presencia encendió un nudo en el pecho del rey: la repulsión y la necesidad se mezclaban como veneno y medicina en una misma copa.

En el salón mayor de Véldamar no se sentaban esta vez los ministros del consejo, sino los representantes de las casas vasallas, reunidos junto a Kael y Reagan para decidir los primeros pasos de la guerra. Lord Edvar Theremir, viejo guardián de las montañas se mantuvo erguido a pesar de los años, evocando los juramentos que lo unían a la sangre de Dravaren. Lady Miren Velgaard, joven viuda, elegante y astuta, permanecía con gesto imperturbable, midiendo a cada uno de los presentes como si fueran piezas en un tablero. En representación de la Casa Drusk acudió Atlas Drusk, hijo mayor de Lord Gaeron, un hombre aún impetuoso, ávido de demostrar su valía, aunque muchos sospechaban que no tenía la prudencia de su padre. Por la Casa Noreval estaba Sor Anneric, anciano de mirada vidriosa y palabras cargadas de proverbios, que hablaba de la necesidad de un sello divino en cada acción. Por la Casa Morvend se presentó Lord Farlan Morvend, primo de la reina, un marino de carácter áspero que había heredado los asuntos familiares cuando Alessa fue elevada al trono. Y, como siempre, en su silencio inquietante, Lady Corvenia Varstel ocupaba su asiento, como si el tiempo nunca pasara por ella.

Cuando todos ocuparon su lugar, Reagan se puso en pie y habló sin rodeos.

—El Imperio prepara sus cadenas, y no esperará. Debemos partir antes que ellos cierren el paso. La Villa de los Ríos Negros es la llave de esta guerra. Quien la controle dominará el pulso de la frontera.

La reunión cobró un nuevo peso cuando llegaron los refuerzos de la coalición. Los primeros en entrar fueron los Yharun, encabezados por Rina, su líder. Kael la reconoció de inmediato: había cruzado con ella en Morvend, cuando aún era solo una voz incómoda en medio de intrigas. La recordaba valiente, de mirada dura y gesto decidido, capaz de enfrentarse a hombres dos veces más grandes sin pestañear. Ahora, su presencia llenaba el salón como un río contenido, sereno por fuera, pero con la fuerza de una corriente que podía arrastrarlo todo.

Rina inclinó apenas la cabeza.

—Su Majestad —dijo, con voz clara y firme—. Los Yharun se unen. No esperaremos a que la guerra nos sorprenda: marcharemos donde nos necesiten, y la Villa de los Ríos Negros será nuestra primera línea.

Kael inclinó la cabeza, con un suspiro breve.

—Vuestra gente conoce el terreno mejor que nadie. Eso me da algo de calma en medio de tanta incertidumbre.

Tras ella llegó el barón de Dareth. Logan llevaba la frente en alto, aunque el peso de los años recientes se notaba en sus hombros. Era sobrino del antiguo monarca, pero ahora estaba allí no como rival, sino como parte de la causa. Su voz fue contenida, sin adornos.

—Majestad, Dareth luchará donde se le mande.

Kael lo miró con atención. No había rencor en sus palabras, pero sí la sombra de una herida que nunca cerró del todo.

Finalmente, Lady Serenya de Nolmir se adelantó. No necesitó discursos grandilocuentes; apenas un par de frases bastaron.

—Traigo hombres y grano. Mis tierras están listas para sostener el esfuerzo.

Su tono era práctico, sin halagos ni quejas. Así, de pronto, todos estaban dentro de la misma mesa, aunque cada uno con su propio silencio.

Entonces Reagan Tervannos se levantó, arrastrando las miradas hacia él.

—El Imperio no duerme —soltó con brusquedad—. Ya estarán moviendo tropas mientras nosotros todavía discutimos. La Villa de los Ríos Negros es el primer paso. Si no la tomamos nosotros, lo harán ellos, y entonces la guerra se decidirá sin que podamos meter mano.

Hubo un murmullo, nada más. Nadie lo contradijo. Todos sabían que tenía razón, aunque ninguno quería ser el primero en admitirlo. Rina fue la única que rompió el silencio.

—Conocemos esos ríos, Majestad. Allí no podrán sorprendernos.

Kael asintió despacio, observando a Logan y a Serenya.

—Necesito que Dareth y Nolmir se entiendan. No podemos permitirnos tropiezos. Cada retraso, cada mal cálculo, puede costar más que una batalla.

Logan se limitó a asentir.

—Haré lo que se requiera. Mis jinetes no fallarán.

Serenya agregó:

—Y mis carros tampoco. No habrá excusas.

El rey se levantó y caminó hacia la ventana que daba al río. Afuera, el viento agitaba las banderas de Dravena. Imaginó las velas de Karvelia acercándose, cargadas de hombres, de caballos, de promesas. No sabía si llegaban para salvarlos o para empujarlos aún más hondo en la guerra.

—Si nos equivocamos en la Villa —dijo en voz baja, casi para sí—, Dravena no tendrá otra oportunidad.

Cuando la reunión se disipó y los ecos de voces se fueron apagando entre las columnas de piedra, Kael notó que Rina permanecía en la sala, de pie, como si no hubiera prisa alguna. El fuego de las antorchas le pintaba el rostro con sombras que parecían parte de su propia piel.

—No sabía —dijo él, con tono sincero— que vos erais la soberana de los Yharun.

Rina lo miró directo a los ojos, sin sonreír.

—No es un título que busqué, Majestad. Los Yharun no tienen tronos ni coronas. Somos un pueblo que se nombra a sí mismo, que escucha la voz de la tierra. Pero… algunos señores han querido comprar nuestra fuerza, como si pudiéramos vender lo que somos.

Kael bajó la vista, pensativo.

—Un pueblo libre, en teoría, pero no tanto en la práctica. Esa libertad os la disputarán siempre los poderosos.

Ella dio un leve encogimiento de hombros.

—Por eso me uní a vos. Prefiero apostar a un hombre que aún lucha por su tierra, antes que esperar a que otros nos hagan ceniza.

El rey iba a responder, pero un golpeteo urgente interrumpió la calma. Una joven sirvienta, pálida como la luna, entró sin aliento, inclinándose torpemente.

—Majestad… —jadeó—, la reina Aelyne… parece… parece que está mal.

Kael se puso rígido.

—¿Qué sucede? —preguntó, con la voz endurecida.

—Su cuerpo… —la joven tragó saliva, casi incapaz de hablar— nunca se recuperó del parto. El niño vino antes de tiempo, y ahora… ahora la reina paga ese precio. Los médicos temen que… que no resista la noche.

El aire de la sala se quebró en un silencio pesado. Kael, que tantas veces había enfrentado espadas, sintió por un instante que aquella noticia le atravesaba más que el filo de un acero.

—Llevadme con ella —ordenó, y su voz resonó grave, sin espacio para réplica.

Rina, inmóvil, lo observó marcharse con pasos veloces hacia las cámaras privadas. Sabía que la guerra podía esperar unas horas, pero la fragilidad de la vida, no.

Kael atravesó los corredores como si el suelo le ardiera bajo los pies. Los guardias apartaban las lanzas con premura al verlo pasar; nadie osaba detener a un rey con ese gesto en el rostro. Empujó las puertas de la cámara y allí estaba Aelyne, pálida, hundida entre sábanas empapadas de sudor, respirando con dificultad. El pequeño heredero dormía en un cesto cercano, ajeno a la batalla que libraba su madre.

Kael se acercó, tomó la mano de la reina y sintió su fragilidad, como si los huesos pudieran deshacerse bajo su palma.

—Aelyne… —susurró, con un hilo de voz quebrado.

Ella apenas abrió los ojos, mirándolo con una ternura cansada, antes de cerrarlos de nuevo.

Los médicos murmuraban entre sí, impotentes. “Fiebres del parto”, “debilidad del cuerpo”… Palabras huecas que no ofrecían remedio alguno. Kael, desesperado, alzó la vista buscando una respuesta que nadie tenía.

Entonces, el sonido de pasos firmes quebró el silencio. Rina Yharun irrumpió en la cámara sin pedir permiso, desafiando el protocolo. Los guardias se tensaron, pero Kael levantó la mano para que no intervinieran.

—Majestad —dijo Rina con seriedad—. Dejad que intente salvarla.

Kael frunció el ceño.

—¿Qué podéis hacer vos que no hayan logrado mis médicos?

Ella avanzó hasta la cama, inclinándose sobre la reina como si pudiera leer en su piel los secretos de la enfermedad.

—Mi pueblo conoce hierbas que no crecen en estos jardines de piedra. Hay plantas cerca de nuestros ríos, bañadas en aguas frías y puras. Si preparamos un baño con ellas, puede que su cuerpo despierte y expulse la fiebre.

Los médicos protestaron al unísono.

—¡Majestad, son supersticiones bárbaras! ¡No podemos arriesgar la vida de la reina con remedios de salvajes!

Kael se giró hacia ellos con furia en la mirada.

—¡Vuestra ciencia la está dejando morir! —tronó, y la sala entera se encogió bajo su voz—Si ella tiene un remedio, lo probaremos.

Rina sostuvo la mirada del rey, firme, sin miedo.

—Pero debo ir yo misma a recoger esas hierbas. No sirven secas ni guardadas. Solo frescas conservan su poder.

Kael la observó unos segundos, con el corazón deshecho entre la razón y la esperanza. Finalmente asintió.

—Llevad escolta y corred. Si hay una mínima posibilidad de salvarla, Dravena la tomará.

Rina inclinó la cabeza, solemne.

—No por vos, Majestad… sino por ella. —Y, sin más, se volvió hacia la puerta, dispuesta a salir a toda prisa.

Kael volvió su atención a Aelyne, acariciando sus cabellos empapados. El niño balbuceó en sueños, y el rey sintió cómo un peso invisible le cerraba el pecho.

—Resiste, Aelyne… —murmuró, apenas audible—. No me dejes ahora.

El pasillo pareció más largo cuando Rina partió a buscar las hierbas. Kael se quedó en la cámara como un trozo de hierro caliente, sin poder enfriar la cólera ni la esperanza. Contaba los segundos en pasos, en el tic de una vela que moría. La noche fuera era un rumor de hojas; dentro, la respiración de Aelyne era un hilo que amenazaba con romperse.

No tardó en escucharse el tropel apagado de botas: Rina volvió escoltada por dos hombres de su gente, con ramas mojadas y un fardo de hojas envuelto en cuero. Llegó sin pedir permiso, apoyó las manos en la cabecera y miró a Kael con la misma calma afilada con que hablaba antes del combate.

—Traje lo que os dije —murmuró—. Agua de los remansos, corteza de ran y flor de sombrella. Solo fresco sirve; no vale nada guardado.

Kael apartó el paño de la frente de Aelyne, buscó en sus ojos una señal de vida. Ella lo reconoció con un hilo de mirada, intentó sonreír, pero le faltaron fuerzas.

—Decid —dijo Rina sin rodeos—. Puedo usarlo ahora. O no usarlo. Pero debéis saber todo.

La sala contuvo el aliento: los médicos, que todavía estaban allí, fruncieron ceño; no por soberbia, sino por miedo a lo desconocido. Kael apretó la mano de su reina y obligó la voz a ser firme.

—Decidid qué —pidió ella con un hilo de voz—. No aguanto teneros indeciso a mi lado.

Rina se colocó a la luz de la lámpara, desenrolló las hojas y alzó la mirada. Sus ojos, que conocían rutas y ritos, no tenían piedad.

—Funciona —dijo—. Su cuerpo se limpiará de la fiebre, la sangre se asentará y la infección retrocederá. Pero no miento: estas plantas impiden que el vientre guarde semilla otra vez. Despojan la tierra de futuro. Es un precio viejo que pagamos cuando la vida se nos tuerce.

Silencio. La palabra “esterilidad” cayó en la habitación como una piedra en el río: olas, y luego el agua que regresaba a su curso. Kael sintió que el mundo se estrechaba en torno a esa piedra: la promesa de un hijo por venir, el rostro de Aelyne, la sombra de Aedric y Draven y todo lo que pendía de esa carne.

—¿Y no hay alternativa? —esperó, como pidiendo una salida que no existía.

—Si existiera, la habría traído —respondió Rina con brutalidad honesta—. Aquí no es la ciencia de piedra y metal la que cura. Es la raíz y el agua. Y te doy la verdad porque vos no sois hombre de medias palabras.

Aelyne apretó la mano de Kael con una fuerza que lo asombró. Entre dos respiraciones, murmuró:

—Si me salvo… y pierdo hijos, que entonces la sangre de este reino sea la que venza. No quiero que mi miedo gobierne a Dravena.

Kael la miró como si la viera por primera vez: cansada, feroz, clara. Sintió que cualquier otra decisión sería traición. El coro de consejeros, las intrigas, la guerra—todo era loable y frío frente a esa mano apretada.

—Entonces hacedlo —dijo—. Salvadla.

Rina no titubeó. Ordenó a sus hombres calentar agua de manantial, machacar las hojas hasta que olieran a lluvia y tierra, y preparar una tina baja junto a la cama. Los médicos protestaron en voz baja, recogiendo sus instrumentos, aceptando lo inevitable más por el peso del rey que por convicción.

El baño fue lento y ritual. Rina humedeció las sienes de Aelyne, limpió la fiebre con compresas empapadas, frotó la corteza hasta que la pulpa dejaba un perfume verde que olía a infancia y lluvia. Kael no se apartó; sostuvo la mano de la reina, la besó en la frente, habló en voz baja con ella como si, por palabra, pudiera atarla a la vida. Aelyne vomitó, se rindió a intermitentes sueños, y una y otra vez exhaló como si soltara algún hilo oscuro que la enredaba.

Cuando al fin Rina dejó de frotar, el rostro de Aelyne estaba menos febril. La respiración, aunque aún débil, había vuelto a un ritmo más humano. Los ojos le brillaron con un hilo de reconocimiento y, por primera vez en horas, la boca musitó una palabra de alivio.

Rina se apartó y miró a Kael, sin grandes gestos, sólo con la mirada que a veces equivale a un veredicto.

—Sobrevivirá —dijo—. Pero no tendrá más hijos.

La noticia olía a hierro y miel: alivio, por un lado, pérdida por otro. Kael sintió que en la garganta le crecían palabras inmensas y pequeñas a la vez; en vez de exclamarlas, dobló la cabeza y apoyó la frente en la mano de Aelyne.

—Lo acepto —susurró, sin ruido, como si sellara algo tan íntimo como un juramento de sangre—. Si es el precio para que estés aquí, lo pagaré.

Aelyne sonrió con los ojos húmedos, una sonrisa que no era alegría plena, sino pacto. —Tú pagas mucho por Dravena, Kael —murmuró—. Que no se te olvide quién soy.

Esa noche, mientras la reina dormía en calma vigilada, Kael no volvió al trono. Se quedó sentado en la penumbra, con la mano todavía tomada, contemplando la llama de la vela. La guerra seguía ahí, con su tempestad de acero y banderas; pero en ese cuarto, con el olor de las hierbas en la piel de Aelyne, la guerra adoptó una cara distinta: la de lo que se pierde y de lo que, a veces, hay que elegir salvar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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