Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 31
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Capítulo 31: Capítulo XXX: Semillas de rebelión
La conversación con Amelia terminó en incertidumbre, como un pozo sin fondo. Ella se marchó con la mirada cargada de tristeza y advertencia, sin bendecir ni condenar a su rey, solo pidiéndole con la voz quebrada que ojalá sobreviviera a lo que se avecinaba. El príncipe Arvorel, antes de partir, se inclinó ante él con una solemnidad fría, y en pocas palabras dejó marcado el destino de ambos: lamentaba que las cosas hubiesen terminado así, pero la próxima vez que se vieran sería en el campo de batalla. Luego se marchó con su séquito, y las puertas de Véldamar se cerraron sobre ellos como si sellaran un juramento de sangre.
Pasaron varios días de expectación y de silencio tenso, hasta que los vigías anunciaron la llegada de un ejército en el horizonte. No eran las banderas de Piedraferoz, sino los estandartes de Tharavos. Un mar de dragones bordados en negro y oro flameaba al viento, avanzando con disciplina férrea. Al frente cabalgaba Reagan Tervannos, aquel a quien Kael siempre había despreciado por su brutalidad y ambición, pero que ahora aparecía como un aliado inevitable. Su sola presencia encendió un nudo en el pecho del rey: la repulsión y la necesidad se mezclaban como veneno y medicina en una misma copa.
En el salón mayor de Véldamar no se sentaban esta vez los ministros del consejo, sino los representantes de las casas vasallas, reunidos junto a Kael y Reagan para decidir los primeros pasos de la guerra. Lord Edvar Theremir, viejo guardián de las montañas se mantuvo erguido a pesar de los años, evocando los juramentos que lo unían a la sangre de Dravaren. Lady Miren Velgaard, joven viuda, elegante y astuta, permanecía con gesto imperturbable, midiendo a cada uno de los presentes como si fueran piezas en un tablero. En representación de la Casa Drusk acudió Atlas Drusk, hijo mayor de Lord Gaeron, un hombre aún impetuoso, ávido de demostrar su valía, aunque muchos sospechaban que no tenía la prudencia de su padre. Por la Casa Noreval estaba Sor Anneric, anciano de mirada vidriosa y palabras cargadas de proverbios, que hablaba de la necesidad de un sello divino en cada acción. Por la Casa Morvend se presentó Lord Farlan Morvend, primo de la reina, un marino de carácter áspero que había heredado los asuntos familiares cuando Alessa fue elevada al trono. Y, como siempre, en su silencio inquietante, Lady Corvenia Varstel ocupaba su asiento, como si el tiempo nunca pasara por ella.
Cuando todos ocuparon su lugar, Reagan se puso en pie y habló sin rodeos.
—El Imperio prepara sus cadenas, y no esperará. Debemos partir antes que ellos cierren el paso. La Villa de los Ríos Negros es la llave de esta guerra. Quien la controle dominará el pulso de la frontera.
La reunión cobró un nuevo peso cuando llegaron los refuerzos de la coalición. Los primeros en entrar fueron los Yharun, encabezados por Rina, su líder. Kael la reconoció de inmediato: había cruzado con ella en Morvend, cuando aún era solo una voz incómoda en medio de intrigas. La recordaba valiente, de mirada dura y gesto decidido, capaz de enfrentarse a hombres dos veces más grandes sin pestañear. Ahora, su presencia llenaba el salón como un río contenido, sereno por fuera, pero con la fuerza de una corriente que podía arrastrarlo todo.
Rina inclinó apenas la cabeza.
—Su Majestad —dijo, con voz clara y firme—. Los Yharun se unen. No esperaremos a que la guerra nos sorprenda: marcharemos donde nos necesiten, y la Villa de los Ríos Negros será nuestra primera línea.
Kael inclinó la cabeza, con un suspiro breve.
—Vuestra gente conoce el terreno mejor que nadie. Eso me da algo de calma en medio de tanta incertidumbre.
Tras ella llegó el barón de Dareth. Logan llevaba la frente en alto, aunque el peso de los años recientes se notaba en sus hombros. Era sobrino del antiguo monarca, pero ahora estaba allí no como rival, sino como parte de la causa. Su voz fue contenida, sin adornos.
—Majestad, Dareth luchará donde se le mande.
Kael lo miró con atención. No había rencor en sus palabras, pero sí la sombra de una herida que nunca cerró del todo.
Finalmente, Lady Serenya de Nolmir se adelantó. No necesitó discursos grandilocuentes; apenas un par de frases bastaron.
—Traigo hombres y grano. Mis tierras están listas para sostener el esfuerzo.
Su tono era práctico, sin halagos ni quejas. Así, de pronto, todos estaban dentro de la misma mesa, aunque cada uno con su propio silencio.
Entonces Reagan Tervannos se levantó, arrastrando las miradas hacia él.
—El Imperio no duerme —soltó con brusquedad—. Ya estarán moviendo tropas mientras nosotros todavía discutimos. La Villa de los Ríos Negros es el primer paso. Si no la tomamos nosotros, lo harán ellos, y entonces la guerra se decidirá sin que podamos meter mano.
Hubo un murmullo, nada más. Nadie lo contradijo. Todos sabían que tenía razón, aunque ninguno quería ser el primero en admitirlo. Rina fue la única que rompió el silencio.
—Conocemos esos ríos, Majestad. Allí no podrán sorprendernos.
Kael asintió despacio, observando a Logan y a Serenya.
—Necesito que Dareth y Nolmir se entiendan. No podemos permitirnos tropiezos. Cada retraso, cada mal cálculo, puede costar más que una batalla.
Logan se limitó a asentir.
—Haré lo que se requiera. Mis jinetes no fallarán.
Serenya agregó:
—Y mis carros tampoco. No habrá excusas.
El rey se levantó y caminó hacia la ventana que daba al río. Afuera, el viento agitaba las banderas de Dravena. Imaginó las velas de Karvelia acercándose, cargadas de hombres, de caballos, de promesas. No sabía si llegaban para salvarlos o para empujarlos aún más hondo en la guerra.
—Si nos equivocamos en la Villa —dijo en voz baja, casi para sí—, Dravena no tendrá otra oportunidad.
Cuando la reunión se disipó y los ecos de voces se fueron apagando entre las columnas de piedra, Kael notó que Rina permanecía en la sala, de pie, como si no hubiera prisa alguna. El fuego de las antorchas le pintaba el rostro con sombras que parecían parte de su propia piel.
—No sabía —dijo él, con tono sincero— que vos erais la soberana de los Yharun.
Rina lo miró directo a los ojos, sin sonreír.
—No es un título que busqué, Majestad. Los Yharun no tienen tronos ni coronas. Somos un pueblo que se nombra a sí mismo, que escucha la voz de la tierra. Pero… algunos señores han querido comprar nuestra fuerza, como si pudiéramos vender lo que somos.
Kael bajó la vista, pensativo.
—Un pueblo libre, en teoría, pero no tanto en la práctica. Esa libertad os la disputarán siempre los poderosos.
Ella dio un leve encogimiento de hombros.
—Por eso me uní a vos. Prefiero apostar a un hombre que aún lucha por su tierra, antes que esperar a que otros nos hagan ceniza.
El rey iba a responder, pero un golpeteo urgente interrumpió la calma. Una joven sirvienta, pálida como la luna, entró sin aliento, inclinándose torpemente.
—Majestad… —jadeó—, la reina Aelyne… parece… parece que está mal.
Kael se puso rígido.
—¿Qué sucede? —preguntó, con la voz endurecida.
—Su cuerpo… —la joven tragó saliva, casi incapaz de hablar— nunca se recuperó del parto. El niño vino antes de tiempo, y ahora… ahora la reina paga ese precio. Los médicos temen que… que no resista la noche.
El aire de la sala se quebró en un silencio pesado. Kael, que tantas veces había enfrentado espadas, sintió por un instante que aquella noticia le atravesaba más que el filo de un acero.
—Llevadme con ella —ordenó, y su voz resonó grave, sin espacio para réplica.
Rina, inmóvil, lo observó marcharse con pasos veloces hacia las cámaras privadas. Sabía que la guerra podía esperar unas horas, pero la fragilidad de la vida, no.
Kael atravesó los corredores como si el suelo le ardiera bajo los pies. Los guardias apartaban las lanzas con premura al verlo pasar; nadie osaba detener a un rey con ese gesto en el rostro. Empujó las puertas de la cámara y allí estaba Aelyne, pálida, hundida entre sábanas empapadas de sudor, respirando con dificultad. El pequeño heredero dormía en un cesto cercano, ajeno a la batalla que libraba su madre.
Kael se acercó, tomó la mano de la reina y sintió su fragilidad, como si los huesos pudieran deshacerse bajo su palma.
—Aelyne… —susurró, con un hilo de voz quebrado.
Ella apenas abrió los ojos, mirándolo con una ternura cansada, antes de cerrarlos de nuevo.
Los médicos murmuraban entre sí, impotentes. “Fiebres del parto”, “debilidad del cuerpo”… Palabras huecas que no ofrecían remedio alguno. Kael, desesperado, alzó la vista buscando una respuesta que nadie tenía.
Entonces, el sonido de pasos firmes quebró el silencio. Rina Yharun irrumpió en la cámara sin pedir permiso, desafiando el protocolo. Los guardias se tensaron, pero Kael levantó la mano para que no intervinieran.
—Majestad —dijo Rina con seriedad—. Dejad que intente salvarla.
Kael frunció el ceño.
—¿Qué podéis hacer vos que no hayan logrado mis médicos?
Ella avanzó hasta la cama, inclinándose sobre la reina como si pudiera leer en su piel los secretos de la enfermedad.
—Mi pueblo conoce hierbas que no crecen en estos jardines de piedra. Hay plantas cerca de nuestros ríos, bañadas en aguas frías y puras. Si preparamos un baño con ellas, puede que su cuerpo despierte y expulse la fiebre.
Los médicos protestaron al unísono.
—¡Majestad, son supersticiones bárbaras! ¡No podemos arriesgar la vida de la reina con remedios de salvajes!
Kael se giró hacia ellos con furia en la mirada.
—¡Vuestra ciencia la está dejando morir! —tronó, y la sala entera se encogió bajo su voz—Si ella tiene un remedio, lo probaremos.
Rina sostuvo la mirada del rey, firme, sin miedo.
—Pero debo ir yo misma a recoger esas hierbas. No sirven secas ni guardadas. Solo frescas conservan su poder.
Kael la observó unos segundos, con el corazón deshecho entre la razón y la esperanza. Finalmente asintió.
—Llevad escolta y corred. Si hay una mínima posibilidad de salvarla, Dravena la tomará.
Rina inclinó la cabeza, solemne.
—No por vos, Majestad… sino por ella. —Y, sin más, se volvió hacia la puerta, dispuesta a salir a toda prisa.
Kael volvió su atención a Aelyne, acariciando sus cabellos empapados. El niño balbuceó en sueños, y el rey sintió cómo un peso invisible le cerraba el pecho.
—Resiste, Aelyne… —murmuró, apenas audible—. No me dejes ahora.
El pasillo pareció más largo cuando Rina partió a buscar las hierbas. Kael se quedó en la cámara como un trozo de hierro caliente, sin poder enfriar la cólera ni la esperanza. Contaba los segundos en pasos, en el tic de una vela que moría. La noche fuera era un rumor de hojas; dentro, la respiración de Aelyne era un hilo que amenazaba con romperse.
No tardó en escucharse el tropel apagado de botas: Rina volvió escoltada por dos hombres de su gente, con ramas mojadas y un fardo de hojas envuelto en cuero. Llegó sin pedir permiso, apoyó las manos en la cabecera y miró a Kael con la misma calma afilada con que hablaba antes del combate.
—Traje lo que os dije —murmuró—. Agua de los remansos, corteza de ran y flor de sombrella. Solo fresco sirve; no vale nada guardado.
Kael apartó el paño de la frente de Aelyne, buscó en sus ojos una señal de vida. Ella lo reconoció con un hilo de mirada, intentó sonreír, pero le faltaron fuerzas.
—Decid —dijo Rina sin rodeos—. Puedo usarlo ahora. O no usarlo. Pero debéis saber todo.
La sala contuvo el aliento: los médicos, que todavía estaban allí, fruncieron ceño; no por soberbia, sino por miedo a lo desconocido. Kael apretó la mano de su reina y obligó la voz a ser firme.
—Decidid qué —pidió ella con un hilo de voz—. No aguanto teneros indeciso a mi lado.
Rina se colocó a la luz de la lámpara, desenrolló las hojas y alzó la mirada. Sus ojos, que conocían rutas y ritos, no tenían piedad.
—Funciona —dijo—. Su cuerpo se limpiará de la fiebre, la sangre se asentará y la infección retrocederá. Pero no miento: estas plantas impiden que el vientre guarde semilla otra vez. Despojan la tierra de futuro. Es un precio viejo que pagamos cuando la vida se nos tuerce.
Silencio. La palabra “esterilidad” cayó en la habitación como una piedra en el río: olas, y luego el agua que regresaba a su curso. Kael sintió que el mundo se estrechaba en torno a esa piedra: la promesa de un hijo por venir, el rostro de Aelyne, la sombra de Aedric y Draven y todo lo que pendía de esa carne.
—¿Y no hay alternativa? —esperó, como pidiendo una salida que no existía.
—Si existiera, la habría traído —respondió Rina con brutalidad honesta—. Aquí no es la ciencia de piedra y metal la que cura. Es la raíz y el agua. Y te doy la verdad porque vos no sois hombre de medias palabras.
Aelyne apretó la mano de Kael con una fuerza que lo asombró. Entre dos respiraciones, murmuró:
—Si me salvo… y pierdo hijos, que entonces la sangre de este reino sea la que venza. No quiero que mi miedo gobierne a Dravena.
Kael la miró como si la viera por primera vez: cansada, feroz, clara. Sintió que cualquier otra decisión sería traición. El coro de consejeros, las intrigas, la guerra—todo era loable y frío frente a esa mano apretada.
—Entonces hacedlo —dijo—. Salvadla.
Rina no titubeó. Ordenó a sus hombres calentar agua de manantial, machacar las hojas hasta que olieran a lluvia y tierra, y preparar una tina baja junto a la cama. Los médicos protestaron en voz baja, recogiendo sus instrumentos, aceptando lo inevitable más por el peso del rey que por convicción.
El baño fue lento y ritual. Rina humedeció las sienes de Aelyne, limpió la fiebre con compresas empapadas, frotó la corteza hasta que la pulpa dejaba un perfume verde que olía a infancia y lluvia. Kael no se apartó; sostuvo la mano de la reina, la besó en la frente, habló en voz baja con ella como si, por palabra, pudiera atarla a la vida. Aelyne vomitó, se rindió a intermitentes sueños, y una y otra vez exhaló como si soltara algún hilo oscuro que la enredaba.
Cuando al fin Rina dejó de frotar, el rostro de Aelyne estaba menos febril. La respiración, aunque aún débil, había vuelto a un ritmo más humano. Los ojos le brillaron con un hilo de reconocimiento y, por primera vez en horas, la boca musitó una palabra de alivio.
Rina se apartó y miró a Kael, sin grandes gestos, sólo con la mirada que a veces equivale a un veredicto.
—Sobrevivirá —dijo—. Pero no tendrá más hijos.
La noticia olía a hierro y miel: alivio, por un lado, pérdida por otro. Kael sintió que en la garganta le crecían palabras inmensas y pequeñas a la vez; en vez de exclamarlas, dobló la cabeza y apoyó la frente en la mano de Aelyne.
—Lo acepto —susurró, sin ruido, como si sellara algo tan íntimo como un juramento de sangre—. Si es el precio para que estés aquí, lo pagaré.
Aelyne sonrió con los ojos húmedos, una sonrisa que no era alegría plena, sino pacto. —Tú pagas mucho por Dravena, Kael —murmuró—. Que no se te olvide quién soy.
Esa noche, mientras la reina dormía en calma vigilada, Kael no volvió al trono. Se quedó sentado en la penumbra, con la mano todavía tomada, contemplando la llama de la vela. La guerra seguía ahí, con su tempestad de acero y banderas; pero en ese cuarto, con el olor de las hierbas en la piel de Aelyne, la guerra adoptó una cara distinta: la de lo que se pierde y de lo que, a veces, hay que elegir salvar.
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