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Libro I: Kael de la Piedra Rota (ORIGINAL) - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Capítulo VIII Sombras de Dos Coronas
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9: Capítulo VIII: Sombras de Dos Coronas 9: Capítulo VIII: Sombras de Dos Coronas Año 0, Día 85 – Véldamar, Palacio del Cuervo de Piedra La caravana entró en Véldamar al caer la tarde.

La lluvia había dejado el empedrado brillante como un espejo roto.

Entre los estandartes de Dravena ondeaba ahora uno ajeno: el halcón negro de Karvelia.

A su sombra cabalgaba el príncipe Kaedric, rígido como una lanza, acompañado por una guardia de aceros bruñidos.

El pueblo lo miraba en silencio.

Algunos cuchicheaban al ver a un “hijo del Zorro Plateado” caminar por la plaza central.

No lo aplaudían, tampoco lo vitoreaban: lo observaban como quien ve entrar una tormenta que no pidió.

Kael esperaba en el patio alto, escoltado por Hildar Murne y una docena de hombres armados.

No se movió cuando Kaedric desmontó.

Su voz fue formal, seca: —Príncipe Kaedric de Karvelia.

Sed bienvenido a la corte de Dravena.

Aquí aprenderéis lo que significa gobernar en tiempos de hierro y hambre.

Kaedric inclinó la cabeza apenas lo justo.

El gesto decía tanto como una arenga: obedecería las formas, pero no se rendía en espíritu.

Amelia, tras días de viaje, descendió del caballo con paso firme.

Su mirada se cruzó con la de Kael.

Un leve asentimiento bastó para que ambos supieran que debían hablar a solas.

La sala de mapas El lugar estaba casi a oscuras, iluminado solo por un par de lámparas de aceite.

Los mapas extendidos sobre la mesa mostraban rutas comerciales, fortalezas en disputa y líneas de tributación hacia el Imperio.

Amelia cerró la puerta tras de sí, asegurándose de que nadie escuchara.

—Majestad —dijo, quitándose la capa mojada—, traigo noticias que pueden cambiarlo todo.

Kael la observó en silencio, los brazos cruzados, esperando.

Amelia apoyó las manos sobre la mesa.

—La princesa Aelyne no es como su hermano.

Ella sabe que Kaedric quiere vender Karvelia al Imperio.

Cree que eso sería el fin de su reino, y está dispuesta a impedirlo.

El ceño de Kael se frunció.

—¿Cómo?

—Con vuestra ayuda.

Ella quiere el trono —Amelia bajó la voz, casi en un susurro—.

Y propone unirse a Dravena, no al Imperio.

Kael entrecerró los ojos, incrédulo.

Amelia continuó, dejando que cada palabra pesara.

—Aelyne no está sola.

Tiene aliados en la nobleza, facciones de la Iglesia, y sobre todo al duque Varengar.

Ese hombre controla buena parte de la milicia karveliana.

El rey lo envió a la frontera, lejos de ella, pero su lealtad no ha cambiado.

Si Varengar regresa, Karvelia podría caer en sus manos en semanas.

El joven rey se apartó de la mesa, caminando hacia la ventana que daba al patio.

Afuera, la lluvia seguía cayendo en ráfagas.

—¿Me estáis diciendo —dijo lentamente— que Aelyne pretende destronar a su hermano, tomar la corona… y ofrecérmela en matrimonio?

Amelia asintió.

—Exacto, Majestad.

Quiere ser reina, y no como títere del Imperio, sino como aliada vuestra.

Kael apretó la mandíbula.

Durante un largo momento, no dijo nada.

Su respiración se oía pesada en la sala.

—Y mientras tanto —continuó él, girándose hacia Amelia—, Lady Alessa me pide lo mismo.

Quiere que la despose para salvar Puerto Estrella de las deudas y de la ruina.

Dos coronas me tienden la mano, Amelia.

Una hambrienta y frágil, otra ambiciosa y peligrosa.

Amelia lo sostuvo con la mirada, seria, implacable.

—Los gremios, Majestad.

No olvidéis a los gremios de Karvelia.

Controlan aduanas, impuestos, barcos.

Si Aelyne asciende sin apoyo, ellos podrían hundirla.

Por eso necesita a Dravena.

Con vuestro nombre y vuestra espada, puede someterlos.

Kael golpeó la mesa con la palma abierta.

—¡Dravena ya sangra tributo al Imperio!

Si tomo a Karvelia, ¿no la arrastro también a esas cadenas?

Amelia dio un paso hacia él, con la voz más baja pero más firme que nunca.

—No si jugáis bien.

Karvelia aún es libre.

Si se une a Dravena, el Imperio se verá obligado a trataros no como un vasallo débil… sino como un bloque.

Y un bloque, Majestad, es más difícil de aplastar.

Kael bajó la mirada.

Recordó los ojos suplicantes de Lady Alessa en Puerto Estrella, ofreciéndose como esposa para salvar a su pueblo.

Recordó también las palabras de Amelia sobre Aelyne, y lo que significaba unir no solo tierras costeras, sino un reino entero que todavía respiraba libertad.

—Dos coronas —murmuró, casi para sí mismo—.

Dos caminos.

Y cualquiera de ellos puede hundirme.

Amelia se inclinó apenas, con un destello de algo que era lealtad, pero también advertencia.

—El trono no es para quien teme, Majestad.

Es para quien decide.

El silencio volvió a llenar la sala, roto solo por el golpeteo de la lluvia contra la piedra.

Las antorchas iluminaban el techo abovedado.

El sonido del viento colándose por las ventanas recordaba que el otoño ya se acercaba.

Los consejeros aguardaban en silencio, algunos con las manos sobre la mesa, otros con los brazos cruzados.

Kael entró acompañado por Amelia y ocupó la silla alta.

El murmullo se apagó de inmediato.

—Hoy discutiremos el destino de Dravena —dijo con voz firme—.

He recibido dos propuestas de matrimonio: una de Lady Alessa Morvend, para unir su casa arruinada a la corona; y otra de la princesa Aelyne Karvel, quien pretende heredar el trono de su reino y ofrece a cambio unirse a Dravena en alianza.

Un silencio pesado cayó sobre la sala.

Fue Seris Talen quien se atrevió a hablar primero.

—Majestad —su tono fue afilado, casi mordaz—, casaros con Lady Alessa es un gesto de caridad, no de política.

Su casa está en ruinas.

Ganaréis un puerto endeble y deudas que ni el Imperio perdonaría.

Hildar Murne resopló, golpeando la mesa con un puño ancho.

—¡No habléis como mercader, Seris!

Puerto Estrella es débil, sí, pero su posición es clave.

Un puerto seguro es más valioso que diez cofres de oro.

Con Alessa, aseguramos el mar.

Padre Ebron, con las manos entrelazadas, levantó la vista.

—Majestad… una reina de casa vasalla fortalecería la unidad interna.

El pueblo vería que el rey se une con sus propios súbditos.

Pero… también sabría que rechazasteis a una princesa de Karvelia.

La Iglesia tendría que explicar mucho para justificar tal decisión.

Naeryn, desde la sombra, habló por primera vez.

—Aelyne Karvel es fuego.

Sus palabras queman, y tiene aliados.

El duque Varengar, los jóvenes nobles, incluso partes de la Iglesia en Karvelia.

Si ella asciende, puede traer un reino entero a vuestro lado.

Pero, Majestad… eso os pondrá frente al Imperio más rápido de lo que podéis blandir una espada.

Todos se giraron hacia Amelia, esperando su voz.

Ella permaneció de pie, erguida, con los brazos cruzados.

—Majestad, ambas mujeres ofrecen lo que creen que salvará a sus pueblos.

Una busca refugio bajo vuestra sombra; la otra quiere encender una hoguera para iluminar dos coronas.

Si aceptáis a una, perdéis a la otra.

Y si aceptáis a ambas… el reino entrará en un juego que pocos han sobrevivido.

Kael se levantó, dejando que el silencio llenara la sala.

Sus ojos recorrieron a cada uno de los consejeros.

—He escuchado vuestras voces —dijo con tono grave—.

Y sé lo que arriesgo.

Pero también sé esto: Dravena ya no puede pensar como un vasallo temeroso.

Si seguimos esperando, el Imperio nos devorará pedazo a pedazo.

Se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos en el roble marcado por los años.

—Aceptaré ambas propuestas.

Lady Alessa será mi reina en Dravena, fortaleciendo nuestro puerto y mostrando a las casas que su lealtad no cae en oídos sordos.

Y Aelyne Karvel… si logra el trono de su reino, tendrá mi mano.

Dos coronas unidas no como vasallos, sino como aliados.

Un murmullo de sorpresa recorrió el consejo.

Seris negó con la cabeza, Hildar asintió con aprobación, y Padre Ebron murmuró una plegaria rápida como quien se prepara para lo inevitable.

Naeryn no dijo nada, pero en sus ojos había un brillo calculador.

Amelia lo miraba fija, sin pestañear.

No lo contradijo, pero su silencio decía más que mil palabras: el joven rey acababa de desafiar al orden que mantenía vivo a Dravena.

La decisión no salió del salón con trompetas.

Salió en silencio, como salen las cosas que pesan: por las manos de Naeryn y la pluma de Amelia.

Primero, el mensaje.

Amelia dejó listo el escritorio de la sala pequeña junto al archivo real.

El brasero ardía bajo, la tinta olía a hierro.

Su Majestad se sentó sin manto, con las mangas recogidas.

Naeryn desplegó un paño con polvos finos; cuando la tinta secara, aquella carta tendría otra carta debajo, legible solo con vapor.

Dravena había aprendido a hablar en susurros.

—Dictad, Majestad —dijo Amelia.

Kael respiró, y habló despacio, como si cada línea fuese una piedra que debía quedar exacta.

«A la princesa Aelyne Karvel, desde Véldamar.

He recibido lo que me confiaron vuestras manos: la verdad sobre vuestro reino, la enfermedad de los gremios y el miedo al Imperio.

Dravena no ignora esa sombra: vivimos bajo ella.

Si ascendéis al trono de Karvelia por derecho y por apoyo de los vuestros, tomaré vuestra mano.

Os daré mi espada, mis rutas y mi nombre.

Hay condiciones: primero, vuestro hermano.

Dravena no derribará a un heredero de Karvelia; ese juicio es asunto de Karvelia.

Si ha de ser apartado, que lo aparten los suyos, a la luz.

Segundo, Dravena consolidará su casa con otra unión: Lady Alessa Morvend.

No es un agravio: es el sostén del puerto que mantiene vivo a mi pueblo.

Quiero saber si entendéis lo que eso implica.

Si aceptáis, debemos vernos pronto.

Propongo una entrevista discreta en el faro de Liria, con testigos mínimos y rutas controladas.

Hasta entonces, no dudéis: no busco una reina de adorno ni una vasalla.

Busco una aliada que entienda el peso de dos coronas y un solo invierno.» Amelia levantó la mirada.

Naeryn no dijo nada, pero sus manos ya estaban espolvoreando el signo oculto: una segunda frase que solo Aelyne sabría leer con vapor.

«Varengar es llave; no dejéis que la Iglesia sea martillo.» Sellaron con la torre rota.

Naeryn inclinó la cabeza, y se esfumó con la carta como una chispa en la noche.

Quedaba el príncipe.

Año 0, Día 87 – Sala de las Columnas El amanecer llegó con ese frío que corta entre las piedras.

El protocolo dispuso un desayuno breve; pan negro, queso, una jarra de café amargo.

El príncipe Kaedric entró con puntualidad y rostro de estatua.

Hizo la reverencia debida; no habló hasta que Su Majestad lo invitó a hacerlo.

—Príncipe —dijo el rey—, sois huésped de Dravena.

Aprenderéis cuanto podamos ofreceros.

Yo, por mi parte, necesito aprender de vos.

—Lo que Su Majestad ordene —respondió Kaedric, sin levantar del todo los ojos.

—Si el trono de Karvelia fuese vuestro —dijo Kael, apoyando la mano en el mapa—, ¿qué haríais primero?

Kaedric no se tomó un segundo extra.

Tenía las respuestas afiladas desde hacía años.

—Ordenaría el mar —dijo—.

Unificaría tarifas en Sarnavel y Norhvan, cerraría puertos menores a mercancía sin sello, impondría contadores independientes para romper la tentación de nuestros gremios.

Establecería un arancel único con el Imperio para evitar guerras de cifras que solo empobrecen.

La abundancia no se improvisa: se administra.

—¿Y el ejército?

—Guarniciones ligeras en los caminos comerciales, milicia urbana bajo capitanes rotativos, y un cuerpo de inspección en astilleros para evitar “piratería tolerada”.

La costa se defiende con leyes antes que con lanzas.

Hildar Murne, de pie a distancia prudente, frunció apenas el ceño.

No habló.

Kael pasó una hoja.

—Y si vuestra hermana ascendiera antes que vos.

¿Qué lugar tendría en vuestra Karvelia?

Un destello, mínimo, cruzó los ojos de Kaedric.

—Si la asamblea la proclamase, acataría la forma —dijo—.

Le ofrecería un asiento sagrado: Protectora de Santuarios y Obras, con renta suficiente y voz ceremonial.

Sin mando sobre aduanas ni flota.

La caridad conmueve al pueblo; la política lo gobierna.

—Astuto —dijo Su Majestad, neutro—.

¿Y el duque Varengar?

—Un soldado con sueños de tribuna —contestó Kaedric—.

Útil en la frontera, peligroso en la plaza.

Le daría victorias en el borde del mapa y un juramento público de lealtad a la corona.

Nada en la capital para él.

Kael lo observó un compás largo, midiendo no las palabras, sino la temperatura de quien las decía.

—En Dravena no toleramos cadenas a hombres libres, príncipe.

Los Yharun son pueblo, no mercancía —dijo, sin levantar la voz.

Kaedric sostuvo la mirada.

—Karvelia no comercia en esclavos, Majestad —replicó—.

Pero los contratos de servidumbre por deudas existen.

No los inventé yo.

Si son abusivos, se corrigen.

Si sostienen la producción, se regulan.

La frase cayó como una piedra en un estanque quieto.

No hubo alzar de voces; solo un silencio fino, tenso.

—Entiendo —dijo el rey, y dejó que el “entiendo” no aclarara si era aprobación o registro.

El príncipe acercó la copa.

Bebió un sorbo.

Se permitió un amago de honestidad, breve.

—Vuestro reino es joven —dijo—.

Lo respeto.

Pero la juventud confunde hambre con destino.

El Imperio no es un ogro de fábulas: es contabilidad.

Si queréis paz, pagad exacto, y a tiempo.

Si queréis grandeza… no la pidáis en banquetes.

Kael no sonrió.

—En mi reino la grandeza se pide en hornos y en puentes —respondió—.

Y se paga en silencio, príncipe.

Gracias por vuestra franqueza.

La recordaré.

El encuentro terminó sin golpes de puerta ni promesas.

Kaedric se inclinó, salió con la misma disciplina con que había entrado.

Hildar murmuró apenas, cuando ya no había oídos extraños.

—Habla como comerciante con uniforme.

—Y piensa como un censor —dijo Kael, casi para sí—.

Tómale el pulso, Naeryn.

Con guantes.

La sombra junto a la columna asintió.

Bastó.

Año 0, Día 88 – Galería alta El mensajero de Naeryn tardaría días en llegar al faro de Liria.

Entre tanto, la corte olía a rumor.

Lady Alessa no sabía aún de la otra carta; Aelyne no sabía aún del sí condicionado.

Y en el patio, mientras el príncipe karveliano recorría los muros con la guardia del Bastión, el pueblo de Véldamar empezaba a cambiar el peso de sus preguntas: no “si habrá pan”, sino “de quién vendrá”.

Amelia alcanzó a Su Majestad en la galería, con la ciudad entera a sus pies.

—Hemos puesto dos anzuelos en mares distintos —dijo—.

Aguardemos los tirones.

—Y si muerden dos peces —respondió el rey—, que no nos arrastren a nosotros.

La tarde cayó con ese color de cobre que anuncia nieve temprana.

En alguna parte, un escriba soplaba la tinta de un decreto; en otra, una nodriza arrullaba a un niño con canciones viejas.

El reino respiraba corto, pero respiraba.

El palacio estaba en calma.

Las antorchas de los pasillos ardían bajo, y en la cámara del rey solo quedaba el murmullo del brasero y el tambor lejano de la lluvia.

Kael se había quitado la capa y la corona; la llevaba tirada sobre el arcón como si pesara demasiado para seguir con ella.

Estaba solo, con una copa de vino que no había probado.

El cansancio lo hacía sentir mayor de lo que era.

Pensaba en Alessa: en su voz temblorosa al hablar de Puerto Estrella, en la desesperación disfrazada de orgullo.

Y pensaba en Aelyne: en esa ambición contenida que se notaba incluso en la forma en que caminaba.

Una buscaba refugio, la otra buscaba un trono.

Kael frotó sus sienes, cerrando los ojos.

—¿Y si ambas me hunden?

—se preguntó en voz baja.

No buscaba respuesta; sabía que no la había.

Entonces golpearon la puerta.

Un guardia empapado entró, y tras él un mensajero con barro en las botas.

Se arrodilló al llegar al centro de la cámara y extendió un rollo sellado.

—Majestad, un informe urgente de Yrensvall, en la frontera norte.

Kael rompió el sello.

La letra era torpe, hecha a toda prisa.

“Hemos hallado una veta inmensa en las sierras de Akaroth.

Oro, hierro, plata.

Está en zona disputada, al borde de Tharavos.

No lo saben ni ellos ni Piedraferoz.

La mina es rica como diez inviernos de tributo.” Kael sintió cómo la sangre le subía a la cara.

Tharavos.

Un nombre que sonaba a cicatriz en los mapas.

Viejo enemigo de Piedraferoz, ahora en paz por un tratado incómodo.

—¿Lo sabe alguien más?

—preguntó, con voz baja.

—No, Majestad.

Solo los exploradores y yo.

Kael caminó hasta la ventana.

Afuera, la ciudad dormía sin saber nada.

La lluvia caía sobre los tejados, tranquila, ajena al oro que podía arrastrarlos a la guerra.

El golpe de pasos suaves anunció a Amelia, que entró sin pedir permiso.

Lo miró de pie, con la paciencia de quien ha visto a un niño crecer hasta cargar un reino.

Kael no giró de inmediato.

Cuando lo hizo, su mirada era la de alguien que estaba cansado de elegir entre cadenas.

—Hoy he aceptado promesas de matrimonio, Amelia.

Y ahora me dicen que bajo nuestras montañas hay oro suficiente para que dos imperios quieran arrancarnos la piel.

Amelia se acercó despacio.

—Es un don y una condena al mismo tiempo.

—¿Un don?

—Kael rió sin alegría—.

Un don sería dormir una noche entera sin pensar en tributos, o comer pan sin calcular cuántas bocas dejarán de hacerlo.

Esto es pólvora enterrada, esperando a que alguien prenda la chispa.

Se dejó caer en la silla, con la carta aún en la mano.

—¿Qué hago, Amelia?

¿Lo escondo?

¿Lo comparto?

¿Lo entrego al Imperio antes de que Tharavos lo reclame?

Ella apoyó una mano en la mesa, mirándolo con firmeza.

—Lo que haga Su Majestad debe hacerse rápido, y en silencio.

La riqueza atrae rapiñas más rápido que los ejércitos.

Kael bajó la vista al pergamino.

Lo dobló con cuidado, como si doblara el destino entero de Dravena.

—Un reino pequeño, rodeado de gigantes.

Y ahora, oro en nuestras manos.

Oro que aún no tiene dueño… pero ya tiene precio.

Amelia no respondió.

Se limitó a inclinar la cabeza, como quien asiente ante una verdad que no admite discusión.

El viento se coló por la ventana, apagando casi por completo el brasero.

En la penumbra, el joven rey sintió que aquella noche no dormía solo: lo acompañaban los fantasmas de lo que estaba por venir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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