Life And Order - Capítulo 2
- Inicio
- Todas las novelas
- Life And Order
- Capítulo 2 - 2 Capitulo II Donde el Mundo se Congela
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capitulo II: Donde el Mundo se Congela 2: Capitulo II: Donde el Mundo se Congela —¿Qué… está pasando…?
Desperté cubierto de nieve, con un frío que mordía los huesos.
Me levanté de golpe y comencé a avanzar sin rumbo por la montaña.
Cada paso era un castigo.
Después de un rato —o tal vez horas— encontré una cueva.
En su interior, para mi sorpresa, había algo de vegetación.
Tomé ramas, piedras.
Mis manos temblaban.
Tras agonizar entre la desesperación y el cansancio, logré encender una fogata.
El calor me envolvió apenas… y volví a caer inconsciente.
Así pasaron dos días.
Cuevas.
Fuego.
Frío.
Oscuridad.
Sin agua.
Sin comida.
Con un frío infernal que no perdonaba.
Cuando ya creía que no aguantaría más, vi luces a lo lejos.
Reuní las últimas fuerzas que me quedaban y comencé a correr.
Mis piernas cedieron.
Caí.
Horas después desperté con calor.
Una fogata ardía frente a mí.
Alcé la mirada.
Una chica de cabello rubio, ojos grises, labios pequeños y una mirada enorme me observaba con cautela.
—Hallo, geht es dir gut?
Du siehst sehr blass aus.
—Ammm… no entiendo lo que dices.
—Wow… du sprichst eine andere Sprache.
Ich werde versuchen, mich mit dir durch Gesten zu verständigen.
—¿Ah?
Comenzó a mover las manos, señalando un cuenco.
Tardé unos segundos, pero entendí: comida.
Me entregó un plato con un guiso caliente.
Lo devoré sin pensar, y junto a eso me ofreció agua.
Comí hasta quedar completamente satisfecho.
—Es ist unglaublich, dass du in diesen Bergen überlebt hast… Drachengebiet.
No entendí nada más.
El cansancio volvió a vencerme.
Cuando desperté de nuevo, iba dentro de una caravana.
A lo lejos se acercaba un pueblo cubierto de nieve.
Nos detuvimos frente a lo que parecía una biblioteca.
La chica me entregó un libro.
“De Yarniano a Liounest”.
Entonces todo encajó.
Estaba en otro continente.
El miedo me cerró el pecho.
El continente bajo.
Sin escudos.
Sin ciudades protegidas.
Un lugar donde se sobrevive entre bestias, miedo y pensamientos que no te dejan respirar.
Empecé a hiperventilar.
De pronto, un leve golpe en la cabeza.
—Puff.
—Auch… ¿qué fue eso?
Levanté la mirada.
Era ella.
—Lo siento por hablar en mi idioma, mis hermanos estaban cerca.
¿Qué haces tú aquí?
—No lo sé… solo abrí los ojos y estaba en esa montaña.
—Tienes una suerte abrasadora.
Que te hayas topado conmigo, y que yo pueda hablar tu idioma.
—¿Y cómo es que tú sabes…?
—Mi familia es una de las más importantes de esta área.
Exportamos pieles de ciertas especies a otros continentes.
Mi madre era la traductora, pero enfermó… así que me enseñó a mí.
—¿Y por qué me diste el libro?
—Oye, oye.
No te quedarás conmigo.
Que te haya traído aquí fue solo amabilidad.
Comencé a temblar al pensar en todo lo que podría pasar.
—Escucha —continuó—.
Mi familia partirá hacia otro pueblo.
Podemos darte un aventón y dejarte ahí.
Pero después no podré hacer más por ti.
Tienes dos semanas para aprender lo que puedas del idioma.
—Entiendo.
Con el paso de los días me calmé.
Ella me dio ropa abrigada, de color café: no muy gruesa, pero suficiente.
Pasó una semana.
La conocí mejor.
Se llamaba Ellie.
Era hiperactiva, habladora, llena de energía.
Me contó sobre el lugar, sobre sombras gigantes que cruzaban el cielo: dragones.
Habló de un punto lejano donde se reunían.
Pasamos demasiado tiempo juntos esa semana.
Aprendí lo suficiente del idioma como para entender lo básico.
La segunda semana me hizo trabajar para ganar algo de dinero antes de llegar al siguiente pueblo.
Estudio y trabajo.
Día tras día.
El ambiente se volvió melancólico.
La caravana avanzaba pesada.
El silencio era incómodo.
—Queda poco para despedirnos —dijo Ellie.
—Sí.
—Te deseo suerte.
Salté del carro y avancé hacia el pueblo.
La caravana se alejó lentamente.
Me despedí con la mano, viendo su figura perderse en la nieve.
Y ahí quedé.
Solo..
Al llegar al pueblo, me asombré por lo fuerte que se veía la gente.
No era solo su físico; caminaban con una seguridad extraña, como si el miedo fuera parte natural de su rutina.
Avancé hasta una posada.
Gracias a Ellie, ya entendía bien el idioma.
—Hola, buenas.
Quiero una habitación.
—Claro.
Serán dos monedas de plata.
Me dolió pagar.
El sueldo mínimo aquí era de cinco monedas de plata… y ya estaba empezando mal.
Después de acomodarme, tuve que ganarme el pan.
Conseguí trabajo en un negocio que estudiaba… ¿plantas?
Bueno, sí.
Para traer las muestras que pedían, me dieron un libro que hablaba sobre ellas y me dirigí al bosque donde crecían.
—Estoy bastante lejos del pueblo… Seguí vagando entre los árboles y, sin darme cuenta, perdí por completo la noción de dónde estaba.
—Diablos… ahora sí estoy en serios problemas.
Un estruendo sacudió el bosque.
Salté del susto y me escondí detrás de un árbol.
Fue entonces cuando lo vi.
Un dragón.
No estaba furioso.
No atacaba.
Parecía… tranquilo.
Olfateaba el suelo, moviéndose con calma, como si buscara algo.
Su comportamiento me desconcertó.
Era como si pensara.
Intenté alejarme sigilosamente.
Entonces escuché una voz.
—Puedo olerte, humano.
¿Qué…?
Durante las clases de historia nos dijeron que los dragones tenían la capacidad de comunicarse, pero jamás lo creí.
Sonaba imposible.
Irreal.
El terror se apoderó de mí.
Salí corriendo con todas mis fuerzas… o eso pensé.
En un parpadeo, estaba frente a mí.
Yo seguía hincado en el suelo, incapaz de moverme.
El miedo me congeló por completo.
—Tengo curiosidad, humano —continuó la voz—.
No te pareces a los de este pueblo.
Hay algo extraño en ti.
Puedo olerlo.
Hueles a poder bruto.
—N-no… n-entiendo lo que di-dices… —No puedo permitir que regreses —prosiguió—.
No sin saber qué hay dentro de ti.
—¿Q-qué… vas a hacerme?
—Solo quiero saber qué se encuentra en ti.
Fue entonces cuando lo comprendí.
El dragón nunca había abierto la boca.
La voz estaba dentro de mi cabeza.
¿¡Qué se supone que debo hacer en esta situación!?
Piensa.
Piensa… maldita sea.
—Sube a mi espalda, humano —ordenó—.
Te llevaré a mi territorio.
Quiero descubrir qué es lo que te hace especial.
Tragué saliva.
—Está bien… Temblando, dudando en cada movimiento, subí poco a poco.
No sabía qué me esperaba… pero algo dentro de mí entendía que, desde ese momento, ya no había vuelta atrás.
Al llegar a lo que parecía una cueva inmensa, el dragón habló dentro de mi mente: —Siento poder en ti.
Poderoso entre humanos.
Tu raza desconoce muchas de las fuerzas que le fueron otorgadas.
—Supongo que tienes razón —respondí—.
Hay demasiadas cosas que desconocemos.
—Ahora que hemos aterrizado puedes bajar.
Escucha bien: debes mostrar el mayor respeto al ser que verás ahora.
Muchos de nosotros lo respetamos… y le tememos.
Si lo ofendes, no podré hacer nada, aunque seas mi invitado.
—E-entiendo… s-supongo.
Al entrar en la cueva, el aire se volvió brutalmente frío.
Al fondo se distinguían luces moradas que pulsaban como si respiraran.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
El estómago se me revolvía.
Sabía que lo que estaba a punto de ver no era algo común.
Tras unos minutos de caminata, llegamos al final.
Ahí estaba.
Un dragón colosal, cubierto por una piel tan hermosa como aterradora.
De su cuerpo emanaban luces moradas, vivas, casi conscientes.
Sus colmillos eran enormes, su figura… dominante.
Bastó una mirada para entenderlo: era lo suficientemente poderoso como para derribar uno de los escudos de Yernam.
—Vaya… un humano en mis terrenos —retumbó su voz—.
¿Por qué lo trajiste?
—Vera, líder —respondió el dragón que me había llevado—.
Noté residuos de uno de ellos en él.
Uno poderoso.
Podríamos usarlo para nuestros fines, pero no logro medir con precisión qué tan útil será.
—Entiendo… —dijo el dragón mayor—.
Acércate más, humano.
Su voz no necesitaba gritar.
Imponía respeto, autoridad absoluta.
Me sentía pequeño, reducido solo por escucharla.
Pero algo más martillaba mi mente.
¿Poder?
¿Sus fines?
¿De qué estaban hablando?
Sin alternativa, avancé.
—Ahora comprendo por qué lo trajiste —continuó—.
No entiendes lo que portas, humano.
Dentro de ti hay algo que podría ayudar a tu nación.
No es un asunto que me interese directamente… pero podría sacar provecho de ti.
Guardó silencio un instante.
—Tu raza ignora lo que se avecina.
Mientras tanto, destruyen a los portadores de Estelaris en guerras inútiles.
No escucharán a alguien débil.
No escucharán a un humano común ni a un Estelaris mediocre.
Pero si alguien poderoso habla desde dentro de ellos… entonces escucharán.
Tragué saliva.
—No puedo decirte más.
No me serviría de nada que lo repitieras ahora.
Vuelve cuando sepas usar lo que tienes.
Por el momento, no eres más que una promesa.
—Si lo que quieres es que alguien poderoso lo diga… —me atreví a preguntar—, ¿por qué no lo dices tú?
Pareces más que capaz.
—Porque me temerían —respondió sin dudar—.
Y el miedo solo genera más guerra.
Ahora vete.
No tienes utilidad todavía.
No entendía nada.
No sabía qué pensar.
Un dragón de ese tamaño podría borrar Yernam del mapa si lo quisiera.
¿Habrá más como él?
¿Hasta dónde llega su poder?
Los pensamientos me devoraban mientras subía nuevamente a la espalda del dragón que me había traído.
Me dejó en el mismo punto donde me encontró.
—Espero verte con vida, humano —dijo—.
Nos volveremos a ver.
Una vez solo en el bosque, empecé a analizar todo lo que había pasado en tan poco tiempo.
El dolor de cabeza era insoportable.
Demasiadas cosas, demasiado rápido.
Continué con mi trabajo, recolectando las muestras de plantas.
Gracias al libro que me dieron, aprendí un poco sobre ellas esa misma tarde.
Pasé horas leyendo, comparando hojas, raíces y colores, hasta que la noche comenzó a caer.
Era hora de volver al pueblo y entregar las muestras.
—Hola, señor.
Aquí traigo las plantas que me pidió.
—Vaya —dijo, sorprendido—.
Pensé que tardarías varios días en traer todo esto.
Por lo que veo… sí leíste el libro.
—Sí.
Me ayudó bastante para encontrarlas y aprender.
Por dentro me sentía extrañamente bien.
Aprender algo nuevo me daba una calma inesperada, y probablemente estaba sonriendo como un idiota.
—Bien hecho, chico.
Aquí tienes tu paga: cinco monedas de plata.
—Gracias, señor.
Que tenga una linda noche.
—Nos vemos mañana.
De regreso en la posada, me quité la ropa, me di una ducha caliente y me dejé caer sobre la cama.
—Tengo miedo… —murmuré—.
Estoy demasiado lejos de casa.
Dos continentes, para ser exactos.
¿Cómo se supone que sobreviva aquí?
No quiero quedarme para siempre.
Nuestro mundo, como ya sabía, estaba muy desarrollado tecnológicamente… pero solo dentro de las ciudades.
Fuera de los escudos todo era incierto.
Muchas cosas dejaban de funcionar, y el peligro constante de monstruos y especies ajenas hacía imposible el avance tecnológico.
Viajar fuera de las zonas protegidas tomaba años.
El trayecto entre este continente y el mío podía durar al menos cinco años.
Estaba demasiado lejos de casa.
Pasaron dos semanas en el pueblo.
Aprendí cosas nuevas y obtuve más conocimiento sobre el lugar en el que me encontraba.
Para avanzar hacia la primera ciudad importante de este continente necesitaba ahorrar al menos tres monedas de oro.
Por el momento tenía cuarenta y cinco monedas de plata.
Me faltaba mucho.
Demasiado, considerando que una moneda de oro equivalía a cien de plata.
Suspiré.
Iba a ser un viaje largo… y agotador.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com