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Life And Order - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - Capítulo 4: Capítulo IV: Los Que No Regresan
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Capítulo 4: Capítulo IV: Los Que No Regresan

Susan y María empuñaron sus armas. El camino se volvió lento y pesado entre las piedras. Todo parecía normal… hasta que dejó de serlo.

—¡FUEGOOOO!

Una lluvia de flechas cayó sobre nosotros. Me agaché instintivamente. Al mirar hacia adelante, vi al chofer muerto, atravesado por proyectiles. Los caballos yacían sin vida.

Saltamos de la caravana y nos cubrimos tras una roca.

—¡QUE NO ESCAPE NI UNO SOLO! —gritó alguien.

—Parece un grupo de bandidos —dijo Susan—. Podemos con ellos.

Estaba temblando. No quería hacer daño… pero estaba dispuesto a sobrevivir.

—¡VAMOS! —gritó Susan.

Saltó sin dudarlo y clavó su espada en el cuello de uno. Eran seis. Susan se movía con una precisión brutal: otro salto, otro corte, otro cuello abierto.

Entonces ocurrió.

Un bandido la hirió por la espalda.

Antes de que pudiera reaccionar, una flecha atravesó la cabeza del agresor. Susan retrocedió junto a María. Quedaban tres.

De pronto, una rodilla impactó mi rostro.

Una fuerza monstruosa.

Salí disparado.

—Superfuerza… —murmuró Susan.

Lo supe al instante. Corrí con mi espada, pero era rápido. Demasiado. Susan bebió una poción de curación y se reincorporó.

—¡ATAQUEMOS JUNTOS!

Fue un error.

Nos lanzamos a la vez. La rodilla del bandido impactó la mandíbula de Susan.

Su cabeza salió despedida.

En el mismo instante, los otros bandidos atravesaron a María por la espalda.

El mundo se rompió.

Solo quedábamos Viktor y yo.

Lo miré buscando ayuda, pero estaba tan paralizado como yo. Entonces reaccionó. La magia brotó de sus manos: flechas de fuego atravesaron a los dos bandidos restantes.

Murieron.

Nos olvidamos del último.

Me lancé frente a Viktor, pero no fui lo suficientemente rápido.

Un puño atravesó su estómago.

—¡¡VIKTOR!!

Clavé mi espada en la pierna del bandido. Él tomó el filo con la mano… y lo rompió.

Un golpe me lanzó contra una roca.

Venía directo a mí.

Iba a morir.

Entonces, una daga de hielo atravesó su corazón.

El bandido cayó sobre mí. Lo empujé a un lado y corrí hacia Viktor.

—Vamos, amigo… levántate… por favor…

—Neces… ito ayuda…

Corrí hacia la caravana, saqué una poción de mi mochila y se la di. No sabía si funcionaría. No me importó.

La herida comenzó a cerrarse.

—Gracias…

Viktor se desmayó.

Después de que Viktor se desmayara, lancé una bengala al cielo. El destello rojo rasgó la oscuridad de la noche como un grito desesperado. No pasó mucho tiempo antes de que escucháramos pasos y voces acercándose. La guardia del puesto más cercano había respondido.

—Con tan solo dar una mirada puedo decir que fueron bandidos —dijo uno de los guardias, observando los cuerpos esparcidos en el camino.

—Lo fueron, señor —respondí, con la voz apagada.

Expliqué todo lo ocurrido. Cada palabra me pesaba, como si al pronunciarlas hiciera el hecho más real. Nos escoltaron hasta el área de medicina de la ciudad escudo.

Allí, el dolor físico finalmente me alcanzó. Tenía varias fracturas; apenas podía moverme sin sentir que el cuerpo se partía otra vez. Aun así, eso no era nada comparado con el vacío que sentía por dentro.

Viktor fue atendido de inmediato. Su herida había sanado lo suficiente como para mantenerlo estable. Parecía recuperarse… al menos físicamente.

Yo no.

Estaba en shock.

Susan y María…

No podía creer lo que había pasado. Sus voces aún resonaban en mi cabeza. Sus rostros seguían ahí, como si en cualquier momento fueran a aparecer por la puerta, vivas, molestas, humanas.

Pero no lo harían.

Estábamos dentro de la primera ciudad escudo. Habíamos llegado.

Y, aun así, no sentía alivio.

Faltaban tres ciudades más para poder salir al puerto y viajar al siguiente continente. Tres escudos. Tres tramos peligrosos. Tres pasos más lejos de casa.

Y yo ya había aprendido algo que nadie te enseña en las clases de historia:

sobrevivir no siempre se siente como una victoria.

La perspectiva de Zoey

No entendía lo que estaba sucediendo.

¿Una explosión?

El miedo me atravesó de golpe.

Polvo. Ruinas. Silencio.

Entonces lo vi.

Sean yacía bajo los restos del aula, cubierto de polvo y sangre. Corrí hacia él, lo tomé por la espalda y levanté su cuerpo como pude. Su rostro estaba herido, inconsciente. Intenté avanzar, huir de ahí, llevarlo lejos…

Pero un rugido lo destrozó todo.

El sonido de un dragón rasgó el aire.

En un instante, Sean desapareció de mis brazos.

El dragón —enorme, imponente— y aquel hombre de uniforme no lucharon, no dijeron nada. Simplemente se marcharon, como si ya hubieran cumplido su objetivo.

Caí de rodillas.

La mente en blanco.

—¿Sean…?

Las lágrimas brotaron sin control. No entendía nada. No sabía qué estaba pasando. El shock me dejó rota por dentro.

Los médicos llegaron poco después y me revisaron. No tenía heridas físicas, pero por dentro… sentía que algo se había quebrado para siempre.

—Zoey, ¿estás bien?

—¿Papá? —levanté la mirada—. ¿Qué haces aquí?

—Vine tan pronto como supe lo que pasó. Tranquila, estarás bien.

—Papá… Sean. Sean desapareció.

—Lo sé, hija. Mandamos escuadrones de búsqueda por todo el escudo y pronto se extenderán a los demás. Estará bien. Es un chico fuerte.

—Él… estaba en mis brazos cuando pasó…

Me abrazó con fuerza, acariciando mi cabeza con calidez. Poco a poco, el temblor disminuyó, pero no el miedo. Tenía que creerlo.

Sean estaría bien.

Mi chico es fuerte.

Ese pensamiento era lo único que me mantenía en pie.

Las semanas pasaron sin noticias. El operativo estaba a punto de declararse inactivo cuando, de pronto, un escuadrón llegó a las oficinas de la policía.

—Señor, tras semanas de investigación descubrimos cuál pudo ser el objetivo del ataque.

—Continúe.

—Parece que apuntaban directamente a la generación del aula 1-B. Fueron los únicos muertos y desaparecidos. Esta mañana el escuadrón se desplegó fuera del escudo, en la montaña Lio, donde la tasa de supervivencia es del diez por ciento. Encontramos el cuerpo de uno de los alumnos del aula 1-B. Todo indica que fueron teletransportados a zonas extremadamente peligrosas como una forma de “rematarlos”.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Seguimos rastreando a los demás, pero solo hemos localizado tres cuerpos. Es posible que algunos incluso estén fuera de Yernam.

—Entiendo —respondió mi padre con voz grave.

Yo estaba a su lado. Escuché cada palabra.

El corazón me latía con fuerza.

Sean… por favor, estate bien, cariño.

Te encontraremos. Lo prometo.

Las semanas pasaban una tras otra sin ninguna noticia.

Cada día se sentía más pesado que el anterior. Me levantaba, respiraba… y volvía a sentir el mismo vacío en el pecho. La angustia no se iba. Pensar en Sean se había convertido en una mezcla de esperanza y dolor constante.

Estaba rota.

Fue entonces cuando mi padre entró a la habitación.

Algo estaba mal.

Su rostro estaba pálido, serio, como si acabara de cargar con el peso del mundo. No era la expresión de alguien que trae malas noticias comunes… era algo peor.

—¿Qué sucede, papá? —pregunté, incorporándome lentamente.

Guardó silencio unos segundos antes de hablar.

—Nuestras vidas cambiarán para siempre…

Mi corazón dio un salto.

—El rey ha muerto —continuó—. No queda ningún linaje real dentro de Yernam que pueda tomar el trono. El consejo decidió que se elegirá un nuevo linaje real.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y… cómo lo harán?

—Buscarán entre los cargos de mayor poder del reino al próximo rey.

Tardé un segundo en entender.

Luego, lo comprendí.

—Tú… —susurré—. Tú eres el siguiente en la línea de poder…

Asintió lentamente.

—Sí. Todo indica que… ahora nosotros seremos la realeza.

El mundo se me vino encima.

No podía creerlo.

No lo quería.

No así. No ahora.

Mientras Sean estaba perdido, quizá herido… o algo peor, el destino decidía arrastrarnos a una jaula dorada llena de responsabilidades, miradas y decisiones que jamás pedí.

No quería un trono.

No quería una corona.

Solo quería que él estuviera a salvo.

Y, aun así, sabía que no había escapatoria.

Yernam acababa de cambiar…

y conmigo, todo también.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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