Lo Que Nadie Ve - Capítulo 29
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
29: Capítulo 28 29: Capítulo 28 MATHIAS Friends again?
—¿Qué sientes?
—Ya sabía a lo que se refería, sabía a lo que quería llegar.
—¿A qué se refiere?
—Me limité a decir.
Él solo me miró, sabiendo que no lo diría en palabras, ya que lo había captado a la primera, así que desvié mi mirada hacia la ventana—.
Es como si…
si a simple vista fuera el paraíso, que te promete una vida eterna de felicidad, aunque con el tiempo descubres que en aquel lugar vive un monstruo a escondidas, sediento de sangre, de gritos y maldad, quitándole así todo lo hermoso a lo que mis ojos ilusos vieron en un principio.
—¿Y por qué te quedas en él?
—Vuelvo a mirar el rostro de aquel hombre, quien me observa con cautela.
—Tal vez porque tenga estúpidas esperanzas de que aquel monstruo sea derrotado alguna vez y pueda disfrutar al fin del paraíso.
—¿Cuánto tiempo llevas alimentando esas esperanzas?
—Cada vez que…
—Cada vez que llora mientras está completamente dormida y me pide apenas en un susurro que no la abandone.
Aquellas palabras solo encogen mi corazón, como si a mí también me doliera de la misma manera si ella solo se fuera de mi lado o tan solo me abandonara.
—¿Qué?
—Cada vez creo que empeoro, ¿no?
—Es evidente que no quiero seguir el tema, no hoy.
—No empeoras.
De hecho, has mejorado.
—Aquello me hace sonreír cínicamente.
—¿He mejorado?
Yo me veo igual.
—Tal vez tú no lo veas.
Has dado pequeños pasos que muy pronto verás tú.
—La verdad, quería creerle, aunque algo me dice que guarde esas esperanzas para después.
—¿Ya me puedo retirar?
—Sí, te veré la próxima semana.
Solo asentí como respuesta de estar de acuerdo y me retiré de aquel lugar.
Tenía algo importante que hacer.
Literalmente tengo que recuperar a mi hermano, al único imbécil que soporta mis cambios, que me entiende más que el patético psiquiatra.
Así que tomé camino hacia la universidad, asegurándome con su madre de que estaría allí.
Ni siquiera me tomé el tiempo de llamarlo por el simple hecho de que ignoraría mis llamadas.
✧────── ༉───✦───༉ ─────✧ Al llegar a esta, busco un sitio para parquear el auto.
No tardó mucho en hacerlo, para luego salir de él y adentrarme a la facultad, escabulléndome en aquellos pasillos que son completamente desconocidos para mí, hasta que mis ojos logran localizarlo entre la poca gente que hay.
Este, al verme, se da media vuelta, mientras que yo me apresuro para llamarlo, para decirle que aguarde, siendo completamente inútil aquella acción.
—Henry, por favor, detente —digo mientras logro agarrar su brazo para detener su paso.
—¡Joder, Mathias!
¿Qué carajos quieres?
—suelta enojado.
—A mi amigo, a mi hermano.
Eso quiero.
—¿Tu amigo?
¿Tu hermano?
Cuando te conviene lo soy.
—Oh, vamos, Henry.
Sé que la cagué, ¿vale?, que la lié horrible.
—Jódete.
—Con eso se libera de mi agarre para marcharse.
—Henrisiyo —grito para llamar su atención, aunque también capto más la de los otros estudiantes presentes.
Se voltea a mirarme medio raro.
—Sabes que te amo y no podría vivir sin ti.
—Acto seguido, procedo a arrodillarme, tratando de controlar mi risa al ver su cara de vergüenza.
Procedo a decir—: ¿Te casarías conmigo?
—Este se apresura su paso para llegar hacia mí.
—¿Qué cojones, Mathias?
—me susurra entre dientes mientras me levanta del suelo.
—El matrimonio lo arregla todo, ¿no?
—Más evidente no podía ser su cara de querer asesinarme.
—Estás arruinando mi imagen, imbécil.
—No sé a dónde cojones me lleva, pero solo sé que quiere salir de la poca gente que se quedó presenciando la escena.
—¿Tu imagen?
Si siempre has sido un homosexual de mierda —digo entre carcajadas.
—No me pongas a prueba con Nefertary, eh.
—Mi cuerpo se puso tenso, esfumándose la diversión—.
¿Ves que no es para nada gracioso?
—Suelta la carcajada.
—Igual no eres su tipo.
—Tú qué sabes, tal vez deje de gustarle los pelinegros —se encoge de hombros, mientras yo pongo los ojos en blanco ante su absurda estupidez—.
Mathias, ¿en serio la amas?
—Aquello me hace detenerme.
—¿Por qué lo preguntas?
—Sabes por qué.
De igual forma te diré: tú, el gran Mathias Ludwig, jamás le habías importado tanto a una chica.
Jamás habías sentido celos y mucho menos tenido cambios de humor tan repentinos, no que yo recuerde.
Antes solo te gustaba vivir de amores pasajeros.
Ahora dime tú, hermano: ¿qué hallaste en esa chica que en otras no encontraste?
—Simplemente no encontraba esas palabras, todo lo que ya sabía…
haberlo escuchado de él fue como volver a la realidad otra vez—.
Ludwig, solo quiero entender a mi hermano.
—Smith, ni yo sé cómo llegué a ese punto, ¿sabes…?
—Quería quebrarme, pero solo respiré hondo—.
Ni yo sé cuándo fue el momento en el que la necesitaba, ni sé yo cómo caí en esa red.
Solo sé que no puedo alejarme de ella por más que lo intente, por más que quiera…
no puedo.
Es como si hubiera encontrado mi propia droga, creando una adicción que es inexplicable.
Esto va más allá del amor.
Puede sonar irónico, pero es como si no solo le perteneciera en cuerpo, sino también en alma.
—Bien —dice dando un suspiro—.
Estás perdonado, idiota.
Ya estás como todo un Romeo, eh —dándome un golpe.
—Imbécil —digo mientras me sobo el manotazo que me dio en la nuca— ¿Tienes clases pendientes?
—Dentro de dos horas, así que hay tiempo para un par de hamburguesas.
—Concuerdo.
Esto de estar rogándote me abrió el apetito.
—Mientras tú invites, recuerda que soy tu prometido, eh, mi amor —aparto mi rostro al ver que inclinaba a besarme.
—¿Acaso me queda otra opción?
—Ambos nos echamos a reír.
Así pasamos, nos pusimos al día de nuestras vidas, ‘obviamente omitiendo información por mi parte, no queriendo involucrar a Henry en este mundo’.
Luego de aquello, lo dejé en su facultad como la linda Cenicienta que llega tarde a su clase.
Ahora solo tenía un solo lugar a donde ir: la mansión de los Ziegler.
Al entrar por aquella puerta, pude sentir cómo mi cuerpo se tensaba.
Era igual de fría que la mansión de mi padre, y ni hablar de las personas: cada quien en lo suyo.
Aquel ruido que provenía del jardín me atrajo hacia allá, en el cual se podía ver a Nefertary con su nuevo hobby: el boxeo.
Lo había empezado la semana pasada y debo admitir que su primera clase fue espectacular.
Hasta un momento me pregunté para qué las tomaba, pero luego comprendí que para ser el mejor siempre debes perfeccionar tus técnicas.
Dedicación es algo que no puede faltar en ella.
Aún me mata la duda de cómo puede tener tiempo para cada cosa.
—Joven Ludwig —mi atención hacia aquella chica es interrumpida por aquella joven que trabaja aquí—.
Le llegó este sobre —dice mientras me lo entrega algo ruborizada.
—Gracias —digo tomándolo y fijándome en que solo la carta tiene mi nombre, sin ubicación ni nada—.
¿No sabes quién lo envió?
—Vino con las demás correspondencias —asentí—.
Con su permiso.
—Esta se retiró del lugar.
Di un pequeño suspiro.
Solo esperaba que no fuera aquella carta.
No otra más.
Me propuse a ir a mi habitación.
Al estar en ella, pude al fin abrirlo y, al ver aquellas letras recortadas de papel…
era simplemente otra de sus advertencias o declaraciones…
Carta: Mathias Ludwig, pensé que mis avisos eran una prueba del peligro que corres junto a esa chica.
¿Ya no te importa la muerte de una inocente solamente por celos?, la muerte de otra por no obedecer y la de dos más por ser un estorbo en su vida.
¿Por qué sigues respirando el mismo aire que respira aquel monstruo?
Aquello era una total realidad que he estado evitando siempre, esquivándolas como si no fueran más que un maldito estorbo para mi tranquilidad, queriendo derribar ese muro que contiene mis miedos, que están cada vez más cerca de liberarse y hundirme en aquella miseria en la cual he estado…
fingiendo que son nuevos amaneceres.
Me dirigí hacia uno de los muebles que hay en la recámara, abrí uno de sus cajones para sacar aquella caja que contenía más anónimos.
Al escuchar el ruido de la manija de la puerta, deposité rápidamente la carta y tiré del cajón hacia atrás, provocando un ruido al cerrarse.
Me volteé para ver quién era el intruso, cuya mirada se dirigía al mueble para luego mirarme a mí.
Aquellos ojos tan penetrantes e intimidantes trataban de ver más allá de mi pobre alma.
—¿Qué escondes?
—Su voz era tan neutra, sin una pizca de emoción alguna.
—Nada —tratando de imitar su mismo tono.
—¿Nada?
—Empezó a caminar en mi dirección—.
Aún te falta práctica para engañar —se detuvo al estar enfrente de mí—.
Tus ojos te delatan, Ludwig.
En ellos hay caos, miedo y dudas.
Ahora dime, ¿qué escondes?
Había visto cómo reaccionaba con las personas que le mentían por segunda vez.
Simplemente reaccionaba de una forma tan agresiva que dudo que pensara en sus acciones.
‘¿Quién podría asegurarme que no sería la excepción?’, así que me aparté de aquel lugar para que pudiera abrir la gaveta.
Esta no tardó en entender y ejecutar aquella acción.
Al tener a la vista la caja, la abrió y vio su contenido.
Al momento que volvió a mirarme, su destello reflejaba una furia que solo sentía al momento de matar.
Esa parte de ella es la única que lograba ponerme los pelos de punta…
y aquel silencio no ayudaba.
—¿Desde cuándo?
—Y si no fueran solo sus ojos que reflejaban esa ira, también lo hacía su voz.
—Un mes…
un mes y medio, creo —dije tratando de controlar mis nervios.
—¿¡Un mes y medio?!
¿Por qué no me has dicho nada?
—¿Acaso es mentira?
—No es que sea mentira, pero ¿no ves que solo intentan jugar con tu cordura?
—Como si tuviera una.
—Me dispuse a sentarme en el sofá; esta siguió, sentándose a mi lado—.
Simplemente no entiendo tus acciones.
¿Qué tenía que ver Reneth en esto?
—Su mirada seguía fija en la puerta.
Esta tomó mi mentón para que la volviera a mirar.
—Si tuviera que acabar con alguien solo porque me haya hecho sentir celos o se haya follado contigo, no lo pensaría dos veces, Miathias.
—Aquello me hizo reír irónicamente.
—¿Y tú sí puedes coger con Osoclu y Lorenz?
¿Eso sí está bien, no?
—No traté de esconder mi disgusto.
—Lo de Demir fue antes de conocerte.
Por otra parte, Michael solo fue un desliz.
—El mismo desliz que yo tuve con Reneth.
—¡Ludwig!
—Ziegler.
—Esta me miró con cara de sorpresa al ver que la había llamado por su segundo apellido.
—Sabes que detesto que me llamen por eso.
—No lo sabía, Ziegler.
—Ibagon apretó su mandíbula mientras trataba de contener su furia—.
Me acabo de enterar.
—Pues no lo deberías de seguir haciendo.
—¿Por qué, Ziegler?
¿Por qué no puedo llamarte así?
—dije desafiante.
Ella tomó aire antes de responder.
—No quiero…
no puedo…
Mathias, no quiero descargarme contigo.
—Solo hazlo, demuéstrame que jamás fui tu excepción y hazme ver de una vez por todas que solo te importa tu propio bienestar, Ziegler.
—Ella apartó su mirada, se levantó para luego dar algunas vueltas por la habitación hasta que se detuvo.
—¿En serio piensas que soy así?
¿Acaso no has visto todo lo que hago por ti?
—No respondí, así que ella prosiguió—.
Sí, yo acabé con ella, con Lucia, y provoqué a Lorenz.
Solo lo liberé.
¿Para qué?
Había estorbos que atormentaban mi paz.
Claro que cada uno de ellos tenía opciones.
Tu querida Reneth…
esa maldita perra pudo haber escogido a otro.
Lucia…
mi Lucy pudo haber escuchado mi puto consejo.
Y los Mendes solo tenían que obedecer sin objeciones.
Ahora dime, ¿fue mucho lo que pedí?
¿O acaso tenía que caer yo?
—Se dirigió a mí, quedando de rodillas.
Yo estaba hecho un caos, aunque no era el único…
ella también—.
Responde, Mathias.
—Fue más una súplica que una orden.
—¿Quién eres?
—Aquellas palabras fueron estúpidas, pero no sabía qué más preguntar.
No había más, solo esa.
—Soy Nefertary Serene Ibagon Ziegler, hija de Vanessa Ziegler, la chica más popular del colegio Alpin Beau Soleil de Suiza.
Toda mi puta vida fingiendo ante aquellos animales inmundos, fingiendo ante mi familia algo que no soy.
He matado, torturado a ratas miserables ya sea por obligación o ira, dejando de sentir remordimiento.
Y en toda esta porquería…
solo me importan tres personas.
Ya a una me la arrebataron, y no sé qué haría si llegara a perder a las otras dos que me quedan, las que me hacen tener un poco de cordura.
Sí, tal vez no sea amor, pero ¿quién dijo que el amor es mejor que la obsesión con una buena dosis de sexo?
—Esa ironía que tenía al principio se convirtió en tristeza al final.
‘Quién diría que fueron las palabras más sinceras de Nefertary Ibagon.’ —Yo no te aborrezco, Serene —agarré su cara con suavidad, teniéndola muy cerca—.
Yo…
Mathias Ludwig está a tu puta disposición, ya sea en la maldita abundancia o en la miserable miseria.
Sin pensarlo más, la besé.
Ella respondió al instante, con movimientos suaves, inusuales en ella, como si quisiera alargar el momento.
Intensificó el beso justo cuando la levanté del suelo para acomodarla sobre mis piernas.
Nos separamos apenas para tomar aire, y en cuanto recuperé el aliento, comencé a besarle el cuello, bajando hacia su clavícula.
Se inclinó hacia atrás, dándome más espacio, mientras sus manos se deslizaban hábilmente hacia mi entrepierna, acariciando con descaro la erección que crecía cada vez más.
Llevé mis manos a la parte baja de su suéter, se lo quité y lo lancé a un lado.
Mis ojos bajaron hacia sus pechos, perfectos, antes de volver a mirarla.
Ella me sostuvo la mirada con una chispa atrevida y, apartando sus manos de mi bulto, se desabrochó el sostén con calma, como si supiera exactamente lo que estaba provocando.
Apenas lo dejó caer, la atraje de nuevo para besarla, solo para interrumpir el beso y devorar sus pechos.
Su piel caliente, su respiración acelerada, sus gemidos suaves…
todo me encendía.
Mientras chupaba uno de sus pezones, mi mano masajeaba el otro con firmeza.
Ella, impaciente, llevó las manos a mi cinturón, obligándome a levantarme un poco para ayudarla a bajarme los pantalones.
En pocos minutos, ambos estábamos deshaciéndonos de lo que quedaba entre nosotros.
Sus manos comenzaron a subir y bajar por mi miembro con un ritmo tentador, mientras mis dedos se abrían paso hasta su sexo, húmedo y tibio, dibujando círculos que la hacían gemir con fuerza.
Sus gemidos eran mi maldita perdición.
De pronto se apartó.
La miré confundido, pero ella ya se estaba arrodillando frente a mí.
En cuanto su lengua recorrió la punta de mi erección, solté un gemido ronco.
No tardó en metérselo todo en la boca, haciéndome inclinar la cabeza hacia atrás, entregado por completo a la sensación.
Su lengua, sus labios, sus manos…
me estaban volviendo loco.
Sin pensarlo, tomé su cabeza para marcar el ritmo, y ella no se resistió.
Solo se dejó llevar: complaciente, salvaje, perfecta.
Me corrí en su boca con un jadeo áspero, y cuando estuve seguro de haberlo dado todo, la solté.
Me levanté del sofá, la alcé con suavidad y la besé antes de tumbarla en la cama, colocándome encima de ella.
Su intimidad estaba empapada.
Más que antes.
Me tomé un momento para frotar mi polla contra su coño, torturándola un poco, disfrutando de cada sacudida de placer que la recorría.
—Mathias —dijo con una voz agitada.
—Súplica, solo de esa forma, cariño —dije con voz entrecortada.
A ella siempre le gustaba tener el control, pero en este momento era yo.
Dudó un poco, pero sus ganas eran más.
—Por favor, Ludwig.
Sin pensarlo, lo hice.
La penetré de una sola vez, y el gemido que escapó de ambos al sentir esa calidez fue puro fuego.
Comencé a moverme despacio, metiendo y sacando mi miembro en un ritmo lento, casi torturante, provocándole espasmos que le arqueaban el cuerpo.
Ella enredó sus piernas en mi cintura, rogando sin palabras que no me detuviera.
No tardé en acelerar, aumentando tanto la velocidad como la fuerza.
Sus gemidos se volvieron más intensos, más salvajes, y sus uñas se clavaron en mi espalda, dejándome marcas que ardían como su cuerpo.
El cuarto se llenaba de susurros, jadeos y golpes de piel con piel.
—Ludwig…
—susurró entrecortadamente.
Esa era la señal.
Sabía que estaba por correrse.
Le di un beso en la frente como única respuesta y nos dejamos ir, perdiéndonos juntos.
Nuestros orgasmos estallaron al mismo tiempo, llenándonos el uno al otro, colapsando en ese instante de placer absoluto.
Permanecimos así, sin movernos, intentando recuperar el aliento, con nuestros cuerpos aún temblando.
No retiré mi miembro de inmediato; lo hice lentamente, solo para prolongar esa última sensación, esa descarga deliciosa que nos unía incluso después del clímax.
Me recosté a su lado, con la mirada puesta en el techo cubierto por las sombras.
Ella seguía ahí, junto a mí, con el cuerpo relajado.
—¿Cansado para otra ronda?
—preguntó con la voz un poco más regularizada.
Volví a mirarla.
—Esperaba a que lo pidieras.
—Esta puso los ojos en blanco para luego reír.
Esas eran las pocas veces que podía verle una sonrisa genuina.
—Nefertary.
—¿Sí?
—¿Cómo hago para no enloquecer contigo?
—Ya lo has hecho, tonto —dijo apenas en un susurro.
Al escuchar esas palabras, sabía cuál rumbo quería seguir en mi vida, porque ya estaba enloqueciendo.
¿Para qué continuar negándolo?
‘Ya había enloquecido’ REFLEXIONES DE LOS CREADORES Amy_rns El amor, la obsesión y el caos se mezclan aquí.
¿Hasta dónde llegarías por alguien que te vuelve loco y a la vez te salva?
Nos vemos en el próximo capítulo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com