Lo Que Nadie Ve - Capítulo 41
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
41: Epílogo 41: Epílogo NIKOLAI Is the game starting again?
Suecia, Estocolmo Seis años después…
Aún puedo saborear la victoria como si fuera ayer, es inexplicable cómo el triunfo tenía sabor para mi paladar, cómo acabé con el imbécil de Egil y la estúpida de Vanessa, fueron muy ingeniosos en creer que no me cobraría si engañó.
Aquel día no me subí al bendito jet, al menos no al que subió el atentado, ya conocía sus movimientos, vi mi oportunidad para fingir mi muerte, sabría que mis dos hijas buscarían venganza y efectivamente cumplieron con mis expectativas, era una lástima que las dos fueran tan narcisistas, egocéntricas, que cayeran juntas al abismo, ‘El apellido Ziegler, fue lo que terminó con ellas’.
Mi nueva vida comenzó en Rusia, lo poco que tenía por una empresa fantasma lo invertí allí, volviendo a mi estatus, sin enemigo el camino era más fácil, no tardé mucho en ser alguien importante, en tener mi vida de vuelta pero esta vez conocido como Nikolai Kaelthorn, Gregorio Ibagon ya había muerto después de todo.
Había venido a Suecia para cerrar algunos negocios y hacer algunas concesiones para formar lazos con la nueva mafia que gobierna este país.
—¿Cuánto falta para llegar?
—le pregunto a mi chófer.
—Media hora como máximo, señor Kaelthorn.
Al parecer algo que nunca cambia es el tener que esperar para llegar al hotel y poder descansar, suelto un suspiro para resignarme.
Aunque el ruido de dos autos chocándose llama mi atención, miro hacia atrás y efectivamente hay tres camionetas, con metralladoras en los camotes de éstas empezando a dispararle a los otros autos que me custodian.
—¡¿Pero qué demonios!?
—suelto— ¡Acelera, imbécil!
El tipo hace lo que le ordeno, mientras que yo no dejo de ver cómo estos terminan derivando a dos automóviles, una de las camionetas se avanza al tercero que está al lado de mí, puedo ver cómo los seguridad salen para disparar pero es inútil ya que estos tienen armas más grandes, acabando con la vida de ellos en un santiamén, el auto termina volando en el aire haciendo que el tipo que está conmigo lo esquive para que no nos impacte.
Mi pulso está a mil por hora, aún no sé cómo sigo respirando, jamás había presenciado una escena así, no sabía qué pensar, ni en quién creer que era el creador de esto.
Las tres camionetas salen victoriosas, para luego interponerse en nuestro camino para así no tener otra opción que detenernos, podía escuchar los latidos en mis oídos susurrando mi fin.
Unos cinco hombres cubiertos las caras, con armas se bajan de los autos y caminan hacia nosotros rodeándonos aún más.
—¿Qué hacemos, señor?
—pregunta la escoria esta.
—Nada, imbécil, nada —digo, ya que sería suicidio intentar hacer algo.
Uno de estos tipos se acerca para abrir la puerta justo donde estoy yo, pero como ésta no abre, le disparo justo en la manilla donde está el seguro, ésta sin más afloja, el hombre la toma por el borde hasta terminar de abrirla por completo, yo me hecho a un lado mientras lo miro al igual que él a mí, aunque con un arma apuntándome.
—Salga de puto auto, con las manos extendidas —ordena, un escalofrío recorre todo mi cuerpo— ¡Qué salga de una jodida vez!
—grita.
‘Juro que quien esté detrás de esto las paga muy caro’, salgo del vehículo exactamente como me lo ordenó, no dejo de mirarlo y éste menos a mí.
Puedo escuchar cómo otro de los tipos le pide al chófer que salga para luego escuchar un disparo que hizo que me sobresaltara un poco.
—Arrodíllese.
Lo hago no sin antes echar una oreja al cadáver al lado, ‘El pobre hombre ni siquiera está involucrado’, uno de ellos se acerca a mí, me agarra los brazos para luego atármelos, yo solo miro al que tengo al frente con odio hasta que me ponen un saco encima volviéndose todo negro a mi alrededor.
Puedo sentir cómo dos de estos me agarran para subirme al auto, luego cómo toman asiento a mi lado, cómo encienden el motor y así ponerse en marcha.
Según yo, todas mis cuentas estaban paz y salvo, no le debía nada a nadie, no tenía cuentas que resolver, aunque en este mundo todo es impredecible, siempre tendrás un enemigo, mi error, mi gran error fue confiarme de más, pensando que nada me pasaría aquí.
Los minutos seguían transcurriendo lo que para mí parecía horas eternas, que aumentaban mi furia, que me descolocaban de mis casillas, estaba empezando a volverme loco por no saber lo que me esperaba.
Hasta que todo se detuvo, en el sentido de que ya no estábamos en movimiento, el sonido de las puertas me confirmó eso, después el jalón de uno de los hombres para que me bajara, eso hice, el terreno no era para nada rocoso o con pasto alguno, podría decir que estábamos en la propiedad de alguien.
Por otro lado, no tardé mucho en caminar al lugar que ellos querían que llegara.
—Siéntate —anunció el mismo que me habló anteriormente, como no lo hacía me dio un empujón hacia abajo.
Creí que iba a caer de culo al suelo pero no fue así, quedé sentado a que se supone que está sintiendo mi tacto o identifica mi oído, siento cómo manos toman mis extremidades inferiores y la atan a la silla, después hacen lo mismo con las extremidades superiores, uno de estos me quita el saco.
Al fin puedo echarle una ojeada al lugar, por decoración y todo caigo en cuenta de que estoy en la sala de una mansión, con gustos muy clasistas, aunque también moderno a su vez.
Un chico pelinegro, con ojos azules, muy joven, que se abre paso entre todos los presentes, este me resulta familiar, pero no lo saco, a su lado viene una rata miserable que sí conozco muy bien, cómo no hacerlo si trabajó para mí varios años, Steven está allí con un semblante tan neutro, aún no me explico cómo llegó aquí.
Contengo mi furia para no ser tan evidente con la sorpresa que me han dado.
—Señor Nikolai Kaelthorn o debería decir…
Gregorio Ibagon —anuncia, mi cuerpo se tensa por completo al escuchar mi antigua identidad, éste solo sonríe ante mi reacción- Espero que mis hombres lo hayan tratado de maravilla.
—Si de “maravilla” te refieres a acabar con los míos…
pues sí fue de “maravilla” entonces —no dudo en esconder mi descontento.
—Me alegra escuchar, ¿sabe el por qué está aquí?
—pregunta sádicamente.
—¿Por qué crees que quiere jugar a ser hombre?
—su carcajada resuena por toda la sala.
—Al parecer ustedes no saben quién soy yo —hace una pausa para pensar o fingir hacerlo —Bueno, me presento, mi nombre es Arwan Ludwig.
Al escuchar su apellido quedo en shock por unos instantes, este chico no puede ser hijo de Matteo Ludwig, me vienen recuerdos a la mente de hace siete años atrás, la fiesta, antes del atentado, es idéntico, son que con fracciones más desarrolladas, pero…
—O tal vez me recuerde como Mathias Ludwig, aún sigo usando ese nombre, aunque muy pocos lo conocen —este muestra un temperamento calmado que me fastidia en cada instante.
—¿Qué quieres?
—le suelto, no me esfuerzo ni un poco en esconder mi enojo— Según yo no le debo nada a tu padre —este avanza unos pasos más al frente.
—Mi padre no tiene nada que ver en esto, tal vez quiera conocer a su verdadera enemiga o mejor dicho…
a su creación —una sonrisa torcida parece en sus labios a la vez que los pasos de alguien se oyen más cerca.
Lo primero que veo es a una chica de su edad, rubia, con un vestido azul marino ajustado que resalta su figura, también sus ojos…
ni siquiera puedo creer lo que estoy viendo, esos ojos azules con aquella mezcla de gris que intenta ganar, es…
es…
—Nefertary…
—digo en un susurro.
Es ella, aunque al mismo tiempo no parece, está tan cambiada que casi ni la reconozco, si no fuera por aquellos ojos que heredó de mí, emite otro aire más desafiante que el conocí durante diecisiete años de mi vida, estaba viendo a mi hija al mismo instante que sentía que veía a otra.
—No señor Kaelthorn, ella es Adeline Megan Ludwig, mi esposa —me corrige y yo aún estoy delirando.
Pero ¿cómo?
si se supone que murió…
Murió el mismo día que su hermana, al igual que el imperio que le dejé, todo eso cayó…
o eso era lo que nos hicieron creer a todos.
—Nikolai Kaelthorn, tenemos cuentas pendientes —dice apenas se detiene.
—Hija —es lo único que sale de mi boca.
—Creo que se ha confundido, mi padre murió hace siete años con Nefertary Ibagon.
Una sonrisa iluminó todo su rostro, todo éste reflejaba locura en sus ojos, está esa mezcla de placer al ver a sus ratas de laboratorio con miedo…
¿miedo?…
claro que eso era lo que sentía, cómo no saber lo que me habesina si ya lo he visto antes.
—Al parecer el juego no ha acabado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com