Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 100
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100: Vigilancia 100: Vigilancia **Jacob** Nunca pensé que Hawái pudiera sentirse tan lejano… y tan breve.
Emma y yo pasamos esa semana como si el mundo hubiera decidido darnos una tregua.
No solo fue el mar, ni el sol, ni el lujo del lugar.
Fue la manera en que despertábamos juntos, sin prisas, sin patrullas, sin amenazas inmediatas.
Como si por fin el tiempo hubiera dejado de perseguirnos.
La vi reír con el cabello suelto, caminar descalza por la arena, quedarse dormida con la cabeza sobre mi pecho después de días que parecían no acabarse nunca.
La vi encajar con Rebecca como si siempre hubiera pertenecido a nuestra familia, jugar con Marian con una ternura que me desarmó por completo.
Nunca pensé que me gustarían tanto los niños.
Antes… me parecían ruidosos, incómodos, una responsabilidad ajena.
Pero luego llegó Renesmee.
Y después Marian.
Y ahora Emma, mirándolos como si el mundo todavía tuviera cosas buenas que ofrecer.
Pensé que quizá… solo quizá… eso era lo que se sentía estar completo.
Pero la felicidad nunca llega sola.
Siempre viene seguida de una prueba.
Cuando regresamos a la reserva, Billy nos estaba esperando con un paquete que no había querido abrir.
Dijo que no se sentía bien haciéndolo.
Algo en su voz me puso en alerta incluso antes de que Emma encontrara la tarjeta.
Yo reconocí el cambio en su respiración antes de que leyera en voz alta.
Demetri.
No necesité oler el miedo para sentir la rabia subir por mi garganta.
El mensaje era veneno puro.
No solo una amenaza: una declaración de posesión.
Y el contenido de la caja… un peluche de lobo destrozado.
No fue el objeto lo que me enfureció.
Fue el mensaje implícito.
El “sé dónde estás”.
El “puedo alcanzarte”.
Emma se mantuvo firme, como siempre.
Pero yo no podía permitirme eso.
No ahora.
No con él.
Esa misma noche me dirigí a casa de los Cullen.
Edward no necesitó que explicara mucho.
Bastó con que pensara el nombre para que su expresión se endureciera.
Alice escuchó en silencio, los ojos desenfocados por un instante, y luego negó con la cabeza.
—No lo veo acercándose directamente —dijo al fin—.
No aún.
No de esa forma.
Eso no me tranquilizó en absoluto.
—Pero voy a estar más atenta —añadió—.
Mucho más.
Después fui a ver a Sam.
Reunimos a las dos manadas.
Peinamos el territorio con un rigor que no usábamos desde los días previos a la confrontación con los Vulturi.
Bosques, límites, rutas de entrada, senderos antiguos.
Nada.
Ni un rastro fuera de lugar.
Ni un efluvio extraño.
Ni una vibración sospechosa.
Todo apuntaba a lo mismo: había usado humanos, una empresa de mensajería.
Una provocación calculada.
Una forma de recordarnos que seguía ahí… sin exponerse.
Eso lo hacía peor.
No podíamos bajar la guardia.
Sabíamos que Emma podía repelerlo si se atrevía a buscarla directamente.
Su don estaba más fuerte que nunca.
Pero el problema no era solo el enfrentamiento directo.
Era la vigilancia.
El acecho.
La espera.
Así que tomamos decisiones.
Cuando yo estuviera de patrulla, Emma se quedaría en casa de los Cullen.
No por miedo, sino por estrategia.
Edward y Bella eran una muralla imposible de atravesar.
La casa de Billy estaría vigilada permanentemente.
Dos lobos por turno.
Sin excepciones.
No era encierro.
Era protección.
Esa noche, cuando volví con Emma, la abracé con más fuerza de la habitual.
No porque dudara de ella.
Sino porque entendía algo con absoluta claridad: Demetri no había enviado un regalo.
Había enviado un aviso.
Y yo no pensaba permitir que volviera a tocar ni un solo hilo de la vida que habíamos construido.
No mientras yo respirara.
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