Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 101
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101: Veneno en la Sangre 101: Veneno en la Sangre ** Demetri** No soy estúpido.
Con esa jauría de perros infestando el territorio, acercarme de manera directa habría sido una sentencia.
No por miedo —yo no temo—, sino por estrategia.
Los licántropos sienten.
Detectan.
Alertan.
Y ahora, además, tienen disciplina.
Así que hice lo que los inmortales inteligentes hacen cuando no pueden ensuciarse las manos.
Usé humanos.
Humanos que se venden por dinero.
Por mirar.
Por seguir.
Por fotografiar.
No les pedí lealtad.
Solo silencio.
Y entonces llegaron las imágenes.
Su boda.
El claro.
La playa.
Las flores.
El ritual ridículo.
El anillo en su dedo.
Mi primer impulso fue arrasar ese lugar.
Masacrar a cada uno de esos perros, arrancarles las gargantas uno por uno y dejar a los Cullen como advertencia.
No fue más que una fantasía.
Por ahora.
Después de la confrontación quedó claro algo esencial: están fortalecidos.
Bella y su maldito escudo.
Edward y su mente imposible.
La semihumana… Emma.
No hay forma de atacarlos frontalmente.
No todavía.
Aro lo sabe.
Por eso ha retomado la búsqueda de talentos.
Por eso necesita tiempo.
Por eso espera.
Como siempre.
Pero yo no sé esperar.
No puedo resignarme.
No después de verla así.
No después de saber que ese lobo se cree su dueño porque le puso un anillo y pronunció palabras antiguas que no significan nada.
Un ritual.
Una promesa.
Una ilusión.
Se me llena la boca de veneno solo de imaginarlo.
Tres días sin salir de la casa.
Tres días.
Lo sé todo.
El sucio animal saciándose de ella.
Creyendo que la posee.
Creyendo que la satisface.
Como si pudiera hacerlo.
Yo sé lo que es eso.
Y sé que jamás encontrará saciedad.
Porque ella fue mía primero.
Cada recuerdo.
Cada temblor.
Cada miedo.
No me resigno.
No ahora.
No nunca.
El regalo que envié fue un aviso.
Un gesto mínimo comparado con lo que deseo hacer.
Quería que supiera que sigo aquí.
Que nunca se librará de mi huella.
Mi verdadero deseo sigue intacto: destruir a ese chucho hasta que no quede nada de él.
Ni cuerpo.
Ni memoria.
Ni nombre.
La habitación donde me encontraba no sobrevivió a mi ira.
Madera, piedra, metal… nada resistió.
Todo terminó reducido a ruinas bajo mis manos.
En algún lugar, Chelsea me observaba.
Con desaprobación.
Con cautela.
Ya no me molesto en disimular frente a ella.
Sabe perfectamente cuál es su posición en lo que a mí respecta.
Aun así, sigue guardando mis secretos.
Le conviene.
A ambos nos conviene.
Algo se me tiene que ocurrir.
Porque esto… esto no ha terminado.
Y ella, por mucho que se esconda tras perros, anillos y promesas humanas, todavía me pertenece en la forma más peligrosa de todas: en mi obsesión.
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