Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 104
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- Capítulo 104 - 104 El aullido en el pecho
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104: El aullido en el pecho 104: El aullido en el pecho ** Jacob** El teléfono sonó y supe, incluso antes de contestar, que algo estaba mal.
—Jacob —la voz de Seth era tensa, cortante—.
Tienes que venir ya.
A Emma le pasó algo.
No escuché nada más.
El mundo se me vino abajo en un segundo exacto, como si alguien hubiera arrancado el suelo bajo mis pies.
Emma.
La palabra retumbaba en mi cabeza acompañada del único nombre que jamás debía volver a aparecer en nuestras vidas.
Demetri.
—¿Dónde?
—logré gruñir.
—En casa de los Cullen.
Edward la encontró.
Está inconsciente.
No esperé explicaciones.
El aullido brotó de mi pecho antes de que pudiera contenerlo.
La manada entera lo sintió.
El bosque respondió con ecos inmediatos: cuerpos en movimiento, corazones acelerados, el alboroto de los míos entendiendo que algo grave había ocurrido.
Corrí.
Cada paso era una plegaria muda.
Cada latido una amenaza de perder el control.
Las imágenes se agolpaban en mi mente sin permiso: sangre, gritos, ese maldito vampiro sonriendo como si el mundo fuera suyo.
No.
No otra vez.
No ella.
Llegué a la casa Cullen en segundos que me parecieron eternos.
Entré casi derribando la puerta.
—¡Emma!
—grité.
Bella apareció de inmediato y me sostuvo por los hombros antes de que pudiera avanzar más.
—Jacob, mírame —dijo con una calma forzada—.
Respira.
Ella está respirando.
Mis ojos buscaron desesperados.
Allí estaba.
Pálida.
Inmóvil.
Demasiado quieta.
El nudo en mi garganta se rompió y las lágrimas salieron sin que pudiera detenerlas.
No me importó.
No había orgullo que valiera más que verla así.
—No despertó todavía —continuó Bella—, pero está estable.
No fue Demetri.
Edward y Alice rastrearon.
No hay ningún rastro suyo.
Nada.
Eso no me tranquilizó.
No del todo.
—¿Entonces qué le pasó?
—susurré, la voz hecha pedazos.
—No lo sabemos aún —intervino Edward desde el otro lado de la sala—.
Carlisle viene en camino.
Me acerqué despacio, como si temiera que el simple acto de moverme pudiera romperla.
Me senté a su lado y tomé su mano entre las mías.
Estaba fría.
Demasiado.
—Estoy aquí, amor —murmuré—.
No te vayas… por favor.
El tiempo se volvió una tortura líquida, espesa.
Cada segundo era una agonía nueva.
Cada respiración suya, un alivio breve seguido de un miedo aún mayor.
La puerta se abrió con rapidez.
—Carlisle —exhaló Esme.
El doctor no perdió un segundo.
La examinó con cuidado, con esa mezcla de ciencia y compasión que siempre había admirado en él.
Le colocaron líquidos, revisaron constantes, intercambiaron miradas silenciosas que yo no supe leer.
—No es un ataque externo —dijo al fin—.
Su cuerpo reaccionó como cuando estuvo en el monte Logan.
Un colapso profundo, probablemente ligado a su don… y a algo más.
—¿Algo más?
—pregunté, el corazón golpeándome las costillas.
Carlisle negó lentamente.
—Aún no lo sé.
Eso fue peor que cualquier respuesta.
Me quedé allí, sin moverme, aferrado a su mano como si soltarla pudiera borrarla del mundo.
Recordé aquella otra vez, cuando la vi al borde del abismo, cuando sus emociones la habían puesto en jaque… y el terror de sentir que podía perderla había sido igual de devastador.
—Despierta, Emma —susurré—.
Por favor… vuelve conmigo.
Cada minuto sin ella consciente era una eternidad.
Y mientras esperaba, entendí una verdad brutal: no importa cuántas guerras evites, el miedo más grande siempre encuentra la forma de alcanzarte cuando amas de verdad.
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