Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 125
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Capítulo 125: Donde el tiempo aprende a respirar
Desde el nacimiento de los mellizos, el tiempo dejó de comportarse como yo lo conocía.
No avanzaba: **corría**.
En apenas una semana, Anthony y Elliot ya tenían la apariencia de niños de seis meses. Sus rasgos se definían con rapidez, sus miradas eran cada vez más conscientes, y sus pequeños cuerpos parecían reclamar espacio en el mundo con una urgencia silenciosa. No era inquietante; era… asombroso. Como si la vida, al fin, se hubiera decidido a compensar toda la espera.
Elliot fue el primero en ser presentado.
Jacob insistió en llevarlo a ver a Billy apenas fue seguro hacerlo. Yo observé desde la puerta cómo su abuelo lo tomaba en brazos con manos temblorosas, como si sostuviera algo sagrado y frágil al mismo tiempo. Billy lloró sin pudor, con ese llanto honesto que solo los hombres grandes se permiten cuando la vida les devuelve algo que creían perdido.
—Es igualito a ti —dijo Rachel entre risas, secándose los ojos.
—Entonces será terco —respondí, y todos rieron.
Rachel comentó, con una sonrisa cómplice, que pronto trabajaría en el suyo con Paul. La forma despreocupada en que lo dijo hablaba de un futuro que, por fin, se sentía posible para todos.
La reunión en casa de Emily fue exactamente lo que necesitábamos.
Las manadas reunidas, risas, comentarios cruzados, manos grandes tocando con cuidado a un bebé que ya era parte de algo más grande que él mismo. Elliot fue recibido como lo que era: **el hijo del Alfa de alfas**, y muchos lo miraban ya como al que algún día lideraría la siguiente generación. Yo los observaba en silencio, sintiendo un orgullo que me llenaba el pecho hasta doler.
Anthony, en cambio, tuvo que quedarse en casa. Al cuidado de Rosalie y Emmett, quienes estaban encantados con la idea de pasar una tarde al cuidado del niño, tenían una conexión con él que fue inmediata desde su nacimiento.
Renesmee por supuesto revoloteaba al rededor, cada que podía, ya que tenía un horario de clase estricto y solo cuando terminaba de recibir sus lecciones, tenía tiempo libre para jugar con sus primos.
Carlisle había confirmado lo que ya intuíamos: la mordida de Anthony, contenía ponzoña. No era agresivo, no era violento, pero su instinto estaba ahí, latente, como una marea contenida. No queríamos cometer errores. No aún. Anthony mostraba una clara preferencia por la sangre de la fuente principal, y aun así jamás intentaba nada contra Jacob, contra su hermano, contra Nessy o contra mí. Con nosotros era serenidad pura, como si supiera exactamente quiénes éramos.
Por ahora, las manadas solo lo conocían por fotos.
No hubo reclamos. Solo comprensión.
El mundo podía esperar.
Esa tarde, llevé a los niños al río.
El sol era tibio, amable, y el murmullo del agua parecía acompasarse con la respiración de mis hijos. Elliot dormitaba tranquilo, mientras Anthony observaba todo con una atención casi reverente, siguiendo los destellos de luz sobre la superficie como si intentara descifrar un lenguaje antiguo.
Fue entonces cuando la sentí.
Leah se acercó sin ruido, como siempre había sabido hacerlo.
—Hola —dijo, deteniéndose a unos pasos—. No quería interrumpir.
—Nunca interrumpes —le respondí con sinceridad.
Sus ojos se posaron primero en Elliot y luego en Anthony, aunque este último lo miró desde la distancia, tranquilo, curioso.
—Son… hermosos —dijo finalmente—. Los dos.
Nos quedamos un momento en silencio, escuchando el río.
—Vine a despedirme —continuó—. Ya había visto a Elliot… y quería conocer a Anthony, aunque fuera así.
Asentí.
—Me alegra que hayas venido.
Leah respiró hondo.
—Me voy tranquila —confesó—. Saber que el Alfa quedará en buenas manos… que tú estás aquí…
Hizo una pausa.
—Hubo un tiempo en que Jacob y yo pensamos en huir. Ser una manada de dos.
Negó con la cabeza, casi sonriendo.
—Eso quedó muy atrás. Ahora es un hombre feliz. Casado. Con dos hijos muy lindos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Gracias —le dije—. Por decirlo.
Leah me miró con una sinceridad que pocas veces había visto en ella.
—Te felicito, Emma. De verdad.
Luego me contó que se iría a otro estado a estudiar. Que llevaba ya un mes sin transformarse. Que no había sido fácil, pero que por primera vez sentía que su cuerpo empezaba a obedecerle de nuevo.
—Quiero vivir como una mujer normal —dijo—. Tomar mis propias decisiones. Aunque me tome tiempo… aunque envejezca.
Se encogió de hombros.
—Es mi elección.
La abracé sin pensar. Ella dudó apenas un segundo antes de devolverme el gesto.
—Cuídate —le dije—. Siempre tendrás un lugar aquí.
Leah sonrió, una sonrisa suave, distinta.
—Lo sé.
La vi alejarse entre los árboles, más ligera de lo que la había visto en años.
Volví la mirada hacia mis hijos.
El río seguía su curso. El sol descendía lentamente. Y por primera vez desde que comenzó todo, sentí que el tiempo, al fin, había aprendido a respirar con nosotros.
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