Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 126
- Inicio
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 126 - Capítulo 126: La felicidad perfecta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 126: La felicidad perfecta
**Jacob**
Desde el nacimiento de los niños, la vida adquirió una nueva forma.
Una rutina distinta, más lenta y a la vez más intensa.
Decidimos quedarnos en casa de los Cullen durante las primeras semanas. No fue una decisión difícil: Carlisle necesitaba tener a Anthony y a Elliot cerca para monitorear cualquier cambio, cualquier patrón inesperado. Hasta ahora, todo iba dentro de lo previsto. Crecían rápido, sí, pero sanos. Demasiado sanos, si se podía decir así.
Las noches eran el verdadero reto.
Elliot dormía con facilidad. Tranquilo, apacible, como si el mundo ya le resultara familiar. Anthony, en cambio, era otra historia. Le costaba regular la sed, el cuerpo pequeño parecía debatirse entre lo que necesitaba y lo que todavía no entendía. La comida humana apenas la toleraba, y la frustración se le escapaba en llantos largos, intensos.
Algunas noches, Rosalie, Esme o Alice se ofrecían para quedarse con él hasta que lograba dormirse. Otras, Emma y yo asumíamos la guardia completa. No había quejas. Solo cansancio compartido… y amor.
Aquella noche, después de que por fin dejamos a los niños dormidos, Emma fue a darse una ducha.
Yo me quedé sentado en la cama, escuchando el murmullo del agua, dejando que el silencio me alcanzara por primera vez en horas. Cuando salió del baño, el vapor la envolvía como una segunda piel. Se secó con calma, sacó su pijama y empezó a vestirse frente a mí.
Y fue entonces cuando lo sentí.
Su cuerpo ya estaba completamente recuperado. Resultaba casi imposible creer que hacía apenas unas semanas había cargado aquella enorme barriga. La luz suave resaltaba cada curva, cada línea que conocía de memoria y que aun así lograba sorprenderme.
Tragué grueso.
Una punzada de deseo me atravesó el vientre bajo.
Emma alzó la mirada.
—¿Pasa algo?
—Nada —respondí con sinceridad—. Solo que eres muy hermosa.
Sonrió, despacio, con esa sonrisa que siempre sabía exactamente lo que provocaba.
—¿Por qué percibo un antojo?
—Porque claramente lo hay —admití.
Se acercó hasta mí. Sus ojos ardían con su propio deseo. Se subió a horcajadas sobre mi cuerpo y me besó.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato, ese calor antiguo, familiar, que nunca menguaba… solo crecía. Algo palpitó con fuerza bajo la tela de mis pantalones.
El beso se intensificó. Las caricias se volvieron más apremiantes. Mi boca reclamaba la suya con una necesidad casi salvaje. La ropa empezó a estorbarme.
Y entonces…
—Jacob… Emma…
La voz de Esme, suave, respetuosa.
—Creo que Anthony reclama la presencia de ustedes en este momento.
El calor descendió de golpe.
Emma se vistió rápidamente. Mi cabeza latía con una mezcla de frustración y resignación, pero no había espacio para reproches. Mis hijos estaban primero. Siempre.
Necesitábamos encontrar un momento a solas para nuestro amor físico, sí… pero no a costa de ellos.
Cuando llegamos a la habitación, Anthony lloraba desconsolado. Lo tomé de los brazos de Rosalie y lo acerqué a mi pecho. El sonido de mi corazón siempre lo calmaba. Poco a poco dejó de llorar.
—Ey… aquí está papá —le susurré.
Su sonrisa fue inmediata.
Me desarmó por completo.
Lo abracé con fuerza y besé su cabecita rubia, mientras Emma me observaba con los ojos brillantes, acunando a nuestro tranquilo Elliot.
Pronto Elliot dio señales de necesitar más, así que Emma lo tomó para amamantarlo. Las tres mujeres se retiraron en silencio, dejándonos espacio.
Los cuatro.
Nuestra pequeña familia.
Me senté en la mecedora junto a Emma, Elliot en sus brazos, Anthony acomodándose contra mi pecho hasta quedarse dormido. El balanceo era suave, constante. El mundo, por una vez, parecía estar exactamente donde debía.
No sé si existan otros escenarios de mayor felicidad.
Pero en ese momento…
Para mí, aquello era la felicidad perfecta.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com