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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 127

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Capítulo 127: Una noche para nosotros

**Emma**

El tiempo había empezado a moverse de una manera extraña desde el nacimiento de los niños.

Apenas había pasado un mes y, sin embargo, Anthony y Elliot ya daban sus primeros pasos. Sus cuerpos pequeños tenían la apariencia de niños de un año, curiosos, atentos, llenando cada rincón de la casa con una energía nueva y luminosa. La vida se había acelerado con ellos… y también nos había dejado exhaustos.

Ese fin de semana, Jacob y yo tomamos una decisión necesaria.

Una noche para nosotros.

Nos extrañábamos de una forma casi dolorosa, como si una parte de nuestra identidad hubiera quedado en pausa desde que los bebés llegaron. Los Cullen, felices de consentirnos, no dudaron en quedarse con los niños.

Bella y Edward pidieron cuidar a Elliot; Rosalie y Emmett, por supuesto, se apropiaron de Anthony, su consentido absoluto. Alice, Jasper, Esme y Carlisle se turnarían para ayudar, alimentar, cargar, mecer. Nadie se quedaba al margen; la paternidad se había vuelto colectiva.

Para Elliot dejamos leche materna cuidadosamente almacenada. No había manera de que aceptara fórmula. Anthony tomaba un poco de esa leche, aunque en menor cantidad; su verdadero desafío seguía siendo la sangre, esa sed intensa que aún estábamos aprendiendo a regular con paciencia.

Antes de salir, Alice se acercó a mí y me tendió una pequeña bolsa sin dar explicaciones.

—Aunque no puedo ver tu futuro ni el de Jacob —dijo con una sonrisa traviesa—, creo que necesitarán algo así.

Miré dentro y no pude evitar reír, sorprendida y algo avergonzada. Lencería. Agradecí, de todos modos; con Alice, nada era casual.

Nos despedimos de los bebés con besos y caricias.

—Que se diviertan —dijo Emmett—. Y por favor, no vayan a concebir más cachorritos. Primero hay que terminar de criar a los tres que ya tenemos.

Reí sin poder evitarlo. Me encantaba cómo hablaba de ellos como si fueran de todos, porque en cierto modo lo eran.

Jacob lo miró de reojo.

—¿No te cansas de hablar de la vida íntima de los otros?

—No —respondió Emmett, encantado—. Me divierte mucho. Además, ahora que ustedes están aquí, Bella y Edward han descansado de mí. Antes fueron Alice y Jasper… así funciona. —Se encogió de hombros—. Debo entretenerme de alguna manera.

Los aludidos entornaron los ojos casi al mismo tiempo.

—¿Y de tu vida sexual quién se burla? —protestó Alice.

—Jamás —respondió él con descaro—. Nunca me he avergonzado de mi ardiente compañera. Más de un siglo de… intensidad constante.

Rosalie ni siquiera levantó la vista. Seguía jugando con Anthony, inmune a las palabras de su esposo.

Finalmente salimos de la casa de los Cullen y condujimos hacia nuestra cabaña en la Push. El cielo comenzaba a oscurecerse y el mar murmuraba a lo lejos, como si supiera lo que nos esperaba.

Estando en la casa, no hubo tiempos para conversaciones ni preámbulos. Nada más cruzamos la puerta, un salvaje Jacob me aprisionó contra la pared y me besó como si llevara días conteniéndose, y en efecto así era. El beso no pidió permiso: ardió. Fue profundo, urgente, cargado de todo lo que había quedado suspendido en miradas robadas y noches interrumpidas. Su boca reclamó la mía con una mezcla de hambre y certeza, como si necesitara comprobar —ahora, de inmediato— que yo seguía siendo su refugio.

Yo rodeé su cintura con mis piernas, buscando anclarme a él, y su incipiente excitación palpitó contra mi intimidad, despertando en mí una respuesta inmediata, intensa, imposible de ignorar. Ese contacto nos arrancó un suspiro compartido, un sonido bajo y contenido que se perdió entre respiraciones agitadas. Mis manos subieron por su nuca; las suyas se afirmaron en mi espalda, marcando el territorio con una posesión que era amor y deseo en la misma medida.

Jacob me quitó la camisa que llevaba puesta con manos firmes, impacientes, y empezó a besarme por la mandíbula, descendiendo sin prisa por mis clavículas hasta mis pechos. Cada beso fue una chispa; cada caricia, una promesa que encendía la piel. Me despojó de la ropa interior con una devoción casi reverente, como si quisiera honrar cada segundo antes de perderse por completo. Yo, a su vez, lo desnudé sin miramientos, dejando al descubierto su bello pecho, su duro abdomen, los músculos bien formados de su torso y esa piel morena y cálida que siempre me había resultado irresistible. Mis manos recorrieron su cuerpo con ansias, memorizándolo una vez más, reclamándolo.

Pronto los pantalones y la ropa interior volaron por el suelo, olvidados. Y ahí, contra una de las paredes de nuestro hogar, Jacob me reclamó para sí. Fue una danza rítmica, instintiva, profundamente sincronizada; el choque delicioso de dos cuerpos que llevaban días anhelando reencontrarse sin límites. Nos movíamos al mismo compás, guiados por un pulso compartido que crecía y se tensaba, empujándonos a perder la noción del tiempo.

El mundo se redujo a sensaciones: el roce de la piel, el calor compartido, el vaivén que se intensificaba hasta volverse casi insoportable. Y entonces esa energía poderosa nos atravesó, dejándonos temblando, suspendidos en un instante donde todo desapareció salvo nosotros. El calor de él derramándose profundo en mí fue la culminación de ese encuentro largamente esperado, seguido de un silencio vibrante, cargado de satisfacción, de alivio, de plenitud.

Después vino el beso final, lento y envolvente, sellando la promesa que siempre nos encontraba de nuevo. Un beso satisfecho, sereno, como el suspiro que sigue a la tormenta.

—¿Un baño? —sugerí.

Asintió con una sonrisa.

—Un baño juntos —corrigió.

—Hay una lencería esperando ser estrenada —añadí, divertida.

—No te preocupes, amor —dijo él—. La veré… y luego la retiraré de tu hermoso cuerpo.

Sonreí ampliamente. Eso era exactamente lo que quería.

Esa noche no hubo sueño en la cabaña.

Solo dos almas y dos cuerpos recordándose, sin prisa, sin culpa, celebrando que, incluso en medio de la vida que crecía a nuestro alrededor, seguíamos siendo nosotros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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