Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 128

  1. Inicio
  2. Lobo solitario, de vuelta al amor
  3. Capítulo 128 - Capítulo 128: Fuego que reclama
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 128: Fuego que reclama

**Jacob**

No recuerdo haber sentido una urgencia así en mucho tiempo.

Ni siquiera cuando creí que iba a perderla.

Aquella noche, apenas cruzamos la puerta de la cabaña, supe que no iba a llegar a la habitación. La necesidad era demasiado cruda, demasiado viva. Emma era mía y yo era suyo, y el cuerpo lo entendía antes que la razón. La tomé contra la pared, como si el mundo pudiera desaparecer si la soltaba un segundo. Y ella no dudó. Me recibió con la misma hambre, con la misma decisión. Sus manos me buscaban como si llevaran días reclamándome, como si también hubiera estado contando las horas.

Era increíble cuánto amaba ese cuerpo.

Cuánto lo deseaba.

Con la piel aún tibia por la ducha que había dejado atrás, con ese perfume suyo que no necesitaba explicación, me perdí en ella. El aire parecía insuficiente, y el tiempo dejó de importar. Nuestros cuerpos se reconocían con una facilidad que me volvía loco: los gemidos bajos, los suspiros que rompían el silencio, la forma en que ella me miraba —abierta, ardiente, entregada— y me reclamaba también para sí. Nunca me había sentido tan deseado. Nunca tan completo.

Nos movíamos juntos, como si siempre hubiéramos sabido ese ritmo.

Como si nada más existiera.

El instante en que todo estalló fue poderoso, casi violento en su belleza. Esa energía que nos atravesó nos dejó sin aliento, suspendidos, temblando. Me quedé apoyando la frente en la suya, respirando su respiración, sabiendo que ese instante era irrepetible y eterno al mismo tiempo.

Luego vino la ducha.

Larga. Tibia. Satisfecha.

El agua resbalaba sobre la piel mientras las caricias volvían a empezar, más lentas, más profundas. Hubo risas, besos suaves, esa complicidad que solo existe cuando el deseo no necesita demostrarse. No era solo amor físico; eran dos almas conectadas de la manera más honesta que conocía.

Y la lencería…

Dios.

El cuerpo de Emma envuelto en esas pequeñas prendas fue una visión que todavía me incendiaba por dentro. Alice había ganado ese punto, sin duda. Tendría que encontrar la manera de agradecerle… aunque no estaba seguro de querer explicarle *cómo* había contribuido a la noche.

Amamos sin medida hasta que la madrugada se agotó.

Nos recorrimos sin prisa, como quien explora un territorio sagrado.

Nos quedamos sin fuerzas y volvimos a encontrarlas.

Cuando el sol entró por los ventanales, nos encontró descansando después del último encuentro. La abracé por la espalda, besé su cuello y le susurré:

—Te amo.

Ella se giró, me miró con esos ojos que siempre me desarman.

—Yo te amo.

El beso que siguió no dejó espacio para dudas.

Más tarde, al mediodía, pasamos por la casa de Billy. No preguntó nada; no hacía falta. Solo quiso saber cómo estaban los bebés. Sonrió al imaginar el día en que correrían por la playa, riendo, llenando su casa de vida. Yo también lo imaginé. Anthony travieso, Elliot siguiéndolo con paciencia. Y Billy en medio, feliz de no perderse nada.

Por la tarde regresamos a casa de los Cullen.

La sala estaba llena de juguetes, risas y restos de una batalla perdida contra manitas pequeñas y decididas. Apenas entramos, todos se levantaron. Yo alcé a Elliot; Emma tomó a Anthony. Las sonrisas lo dijeron todo: nos habían extrañado.

Emmett nos observaba con esa sonrisa suya, peligrosa.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada —dijo, alzando las manos—. Solo creo que me robaré a Rosalie un fin de semana. Tiempo de calidad, ya sabes.

Solté una carcajada.

—Ya que tu hijo me está robando a mi mujer…

—Anthony tiene el encanto de su padre —respondí, riendo.

Las risas se multiplicaron.

—Gracias, Alice —dije con sinceridad—. De verdad.

—Ya lo hiciste —respondió ella, mirando a los niños—. Esta casa volvió a llenarse de alegría gracias a ustedes… y a Bella y Edward.

Todo iba bien.

Hasta que Edward dejó de sonreír.

—Oh.

El silencio cayó de golpe.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Edward apretó la mandíbula.

—Está aquí.

Alice levantó la vista.

—Demetri.

Emma se tensó a mi lado.

—Con razón mi blindaje estaba inquieto —dijo, con los ojos verdes oscurecidos por la ira y el temor.

Salimos al patio.

Entre las sombras del bosque, una figura vestida de negro nos observaba.

Sus ojos no estaban en nosotros.

Pasaban de Elliot… a Anthony.

Y su sonrisa, cargada de ambición, me heló la sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo